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Opinión

  • | 2016/02/05 11:23

    El regreso de la social bacanería

    Esta frivolidad criolla, de moda nuevamente en La Habana, hace mucho daño.

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Fue un instante, más bien borroso. A veces los ojos engañan, pensé. Volví a verlo. Parecía un "vine", esos mini-vídeos de seis a ocho segundos. Estaba en el primer plano el ex alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, y su esposa. Lo saludaba alias "Iván Márquez" y luego, brevemente, alias "Timochenko". Se alistaban a cenar, según se percibía por la mesa al fondo. No me sorprendió ese encuentro. Tras la debacle electoral de octubre de la izquierda en la capital, Petro busca pista. Y nada mejor que meterse en el cuento de la paz. Tampoco me extrañó que los jefes de las FARC se sentaran a manteles con él - en otra hora severo crítico de su accionar terrorista-. Para la guerrilla cada reunión le suma puntos a su campaña por obtener legitimidad.

No, lo que me impactó fue el mesero cubano, vestido de negro y con corbatín; listo para servir, para atender los antojos de esos hombres del Secretariado, responsables de las muertes violentas de miles de colombianos.  Unos hombres, cuyo mayor legado para la humanidad fue transformar el secuestro en una actividad industrial, convertir cilindros de gas en armas de destrucción masiva y sembrar el campo colombiano de minas quiebra-pata.

Se ven demasiados tranquilos. Aún no se ha firmado la paz definitiva.  "Nada está acordado, hasta que todo esté acordado", dice el marco de la negociación. Las apariencias importan. Lo saben los negociadores del gobierno. Y es verdaderamente admirable como se han cuidado estos cuatro años de interminable convivencia para evitar situaciones embarazosas. Nunca se han desviado de la seria y compleja misión de representar los intereses de los colombianos.

Era inevitable, dirán algunos, que al acercarse el momento definitivo de los diálogos aflorara esa enfermedad ciento por ciento criolla de la social bacanería. Los síntomas van desde la obsesión de tomarse fotos con guerrilleros hasta compartir veladas al calor de unos tragos.

Hemos visto esta telenovela antes. En los 80, eran los periplos a Casa Verde para visitar a Jacobo Arenas. Pululan registros gráficos del llamado establecimiento conversando amenamente con los jefes guerrilleros. Era un espejismo: las FARC aprovecharían el cese al fuego bilateral para multiplicar sus frentes.

En las conversaciones del Caguán también fluyó el licor y la compinchería. Lo más selecto de la fauna nacional (y aun internacional) quiso estar presente. Ni  la intensificación de los secuestros disminuyó la curiosidad por la "insurgencia". Unos años después ese mismo lamentable espectáculo se replicó en Ralito, sede de las negociaciones con las autodefensas: miembros de la sociedad departiendo de tú a tú con comandantes paramilitares, aún armados y delinquiendo y asesinando a doquier.

Esos encuentros son contraproducentes. Incluso funestos. Envían a la organización criminal la señal que su comportamiento es aceptable. Que ya todo está perdonado. Es el pago anticipado de indulgencias.

No era recomendable en la Edad Media, menos ahora.

Por eso, es tan nefasta la reaparición de la social bacanería. No es el momento de satisfacer esa fascinación, casi fetichista, por conocer la vida de guerrilleros que dejaron sus familias para irse "al monte". Antes de conocer qué le gusta leer a alias "Pablo Catatumbo" (aparentemente revistas de farándula), preferiría escuchar si tiene remordimiento por ordenar la ejecución de los diputados del Valle.

No hay nada heroico en empuñar las armas. Heroicos los millones de colombianos, que enfrentados a las mismas desgracias y faltas de oportunidades, han optado por construir y no destruir.

En Twitter: @Fonzi65

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