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Opinión

  • | 2001/10/08 00:00

    El respiradero

    El Espectador era un respiradero por su condición de periódico liberal en el sentido filosófico y decimonónico de la palabra

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Cierran El Espectador; o, más exactamente, lo reducen a un periódico de circulación dominical. Es la dura ley del mercado: el diario perdía plata, y un diario es una empresa. Pero también es más que una simple empresa.

Que se cierre la empresa es ya de lamentar: más gente que se va a la calle en este país de desempleados. Se cierra también, y ese es tema para la nostalgia, un largo pedazo de la historia de Colombia: más de un siglo de publicación constante, sólo interrumpida por las prisiones del fundador Fidel Cano bajo la Regeneración conservadora a finales del siglo XIX y por la clausura decretada por la dictadura militar a mediados del siglo XX. Y se cierra además un respiradero: esa es la verdadera pérdida. Los colombianos ya no sabemos calcular el valor moral y político de los respiraderos, su necesidad para la vida humana. Y por eso nos estamos quedando sin ellos.

El Espectador era un respiradero por su condición de periódico liberal en el sentido filosófico y decimonónico de la palabra, vigilante ante los poderes y abierto a las opiniones; virtudes que se resumen en la palabra independencia, y que había conservado a medias incluso después de su adquisición por el grupo económico más grande del país, hace cuatro años. Independencia del poder político, y a alto precio: prisiones, destierros, cierres, incendios. La demostró en las épocas de los enfrentamientos partidistas, como lo hicieron también otros periódicos: y la siguió demostrando, casi en solitario, en el tiempo de las complicidades que se inició con el Frente Nacional: denunciando los abusos de los gobiernos (así fueran de su propio bando), la corrupción y la tortura, que otros negaban; señalando la podredumbre de los políticos, que otros callaban. Independencia de los poderes económicos, también a grandes costos: la práctica bancarrota a que lo llevó el retiro de la publicidad cuando su campaña contra la voracidad delictiva del Grupo Grancolombiano, que otros elogiaban. Independencia del poder criminal de las mafias, que muchos otros festejaban, y que pagó con la sangre de su director Guillermo Cano, asesinado por Pablo Escobar.

No quiero decir que El Espectador fuera el único, por supuesto: nadie es el único. Pero precisamente en eso consisten las libertades y el derecho a la diferencia de la democracia: en que nadie sea el único. Y con el cierre de El Espectador queda de casi único El Tiempo. Lo malo de que desaparezca El Espectador no es tanto la desaparición en sí misma cuanto que sólo queda El Tiempo. Y, parafraseando el Libro del Eclesiastés, “no es bueno que El Tiempo esté solo”.

Los monopolios no son buenos: si no lo son en el transporte aéreo, menos aún pueden serlo en el campo de la opinión y la información de prensa. El Tiempo, que no es tan buen periódico como sus dueños creen ni ha sido tan dañino como sostienen sus enemigos, será menos bueno y más dañino si se queda sólo en el campo, sin la rivalidad y la competencia de otro gran diario nacional. Ni los periódicos de provincia, por sólidos que sean, ni los semanarios (con el nuevo Espectador incluido), por mucho que circulen, pueden servir de contrapeso a la unipolaridad de El Tiempo. Y la radio es otra historia (ese oligopolio de sólo dos grupos que denuncia El Tiempo). Es cierto que desde hace unos años El Espectador no circulaba sino en Bogotá: pero seguía teniendo el peso y el empaque de un diario de ámbito nacional, y el prestigio de uno internacional. De modo que comparto la opinión que la Escritura atribuye al Dios Unico: no es bueno que El Tiempo esté solo.

Voy a ilustrar esto con un ejemplo personal sobre un tema marginal: el de los toros. Durante varios años yo escribí para El Espectador crónicas taurinas, y lo dejé cuando el diario de los Cano fue comprado por el Grupo Santo Domingo, cuyo excesivo poderío he denunciado siempre como peligroso (el monopolio, etc.). Llevé entonces mis crónicas a El Tiempo. Y me pagan mejor (siempre pagó muy mal El Espectador de los Cano: no entiendo por qué quebró); pero me publican 10 veces menos: ocho o 10 crónicas al año, en vez de las 60 ó 70 que sacaba El Espectador. Esa misma pérdida cuantitativa que ha afectado a los lectores aficionados a los toros va a reproducirse ahora en otros temas más graves. Y terminaremos todos respirando peor, y menos.
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