Domingo, 22 de enero de 2017

| 1989/05/15 00:00

EL RETRATO

Era el último sobreviviente de la Guerra de los Mil Días. La verdad es que en la Plaza de Ciénaga, la más hermosa de Colombia, no se movía una hoja de las bongas sin el consentimiento del general.

EL RETRATO

A pesar de que ya se estaba poniendo viejo, el general seguía siendo un hombre temible. Respetado, más bien. El pueblo entero se bajaba de la acera para darle paso, y era maestro del buen juicio para cuestiones de matrimonios, problemas de amoríos, asuntos de bautizos, compras de ganado y venta de cosechas.
Era el último sobreviviente de la Guerra de los Mil Días. La verdad es que en la plaza de Ciénaga, la más hermosa de Colombia, no se movía una hoja de las bongas sin el consentimiento del general. Tampoco pitaba el tren bananero, que resoplaba entre las plantaciones, si el general no habla dado su aprobación.
Tenía una cicatriz en el vientre y él la cargaba como una medalla. Era su trofeo más estimado.En las noches festivas del San Juan, bebiendo ron de Jamaica con hielo picado, el general relataba --con la voz estremecida por la emoción--que lo habían herido las caballerias enemigas en la heroica defensa de Riohacha. Las malas lenguas cienagueras, que abundaban, decían, sin embargo, que la herida la había adquirido el general en el hospital de Santa Marta, cuando lo operaron de apendicitis unos médicos gringos de la compañía bananera.
Los cienagueros más viejos, que no son muchos, recuerdan ahora que la verdadera tragedia del general, el drama sobre el cual se está escribiendo esta breve y fragmentada historia, comenzó el día en que sus amigos, más por halagarlo que por convicción, le dijeron que se metiera en la política.
--Usted es un hombre importante compadre--le dijo el boticario--. Y nosotros necesitamos alguien que nos represente en la Asamblea del Magdalena.
--Adhiero--dijo, con aire intelectual, el señor Locarno--. Esta región requiere de un hombre verdadero como usted, y no de esos mapuchines samarios.
El general, vestido de lino blanco, con una leontina que le cruzaba el estómago como un caminito de comején, pensaba en silencio y dudaba. Fue esa duda, quién lo creyera, la que terminó perdiendo al héroe de Ciénaga.
Durmió poco por aquellos días. Se le veía como meditabundo y zurumbático, distraído, y ya ni siquiera contestaba los saludos de la gente, que se inclinaba levemente a su paso.
Hasta que una mañana, mientras se tomaba el jugo de papaya del desayuno, y su mujer calentaba el ñame en la cocina, el general habló.
--¡Me lanzo!--dijo, con la voz firme que sus soldados le habían oído entre los disparos de La Humareda.
La voz corrió como una mala noticia, como corren los perros rabiosos, por Ciénaga. En el mercado, en el salón de billares, en el atrio, en el templete europeo donde el cura jugaba todas las noches su lotería de figuritas, la gente comentaba con entusiasmo el ingreso del general a la política. "¡Al fin vamos a tener diputado propio!", dijeron, con candor, las señoritas Henríquez.
Fue Bonett, el viejo, quien le abriólos ojos al general. "Lo primero que se necesita, compadre, para hacer una campaña política, es tener su foto en los cartelones", le aconsejó.
--Lo malo, compadre--replicó el general--es que en Ciénaga no hay fotógrafo. El único que había se lo llevó la frutera.
--Por eso, compadre--insistiá Bonett, el viejo--. Y sin foto no hay votos. Hablaron con los notables del pueblo, con el señor párroco, con las familias más antiguas, con los jóvenes más imaginativos. Hasta que por fin, a alguien, cuyo nombre por desgracia no registran los anales cienagueros, se le ocurrió la única solución posible: encargarle un retrato del general, hecho a lápiz, al pintor del pueblo, el mismo que retocaba los angelitos de yeso de la iglesia para la época de Semana Santa.
Así se hizo. Atronaba la banda municipal, tocando un valse de Strauss, el día que descubrieron la obra, con ron de caña y cohetes de colores. Pero, como dicen que no hay dicha completa, todo el mundo se dio cuenta de la catástrofe: el retrato era apenas un remedo del general. El pintor hizo lo posible, pero le quedó muy flaco, demasiado joven, el mostacho corto y el color de la piel --que en realidad estaba atezada por el salitre--era muy blanco en la pintura.
--No hay nada que hacer, compadre--dijo con desaliento, Bonett, el viejo--. Ese no es usted. Hubo refacciones, arreglos, remiendos. La cosa era cada vez peor. Hasta que un mediodía de sofocación el general desapareció. Su mujer sabía que estaba encerrado en el baño del patio, bajo los tamarindos. Al segundo día fue a buscarlo. Lo encontró sentado frente al espejo, mirándolo fijamente. Por el vidrio, la señora vio, con lástima, que aquel hombre implacable, oloroso a pólvora y a sangre de batallas, estaba llorando. A su lado, junto al espejo, el general había colgado la pintura.
--¿Qué haces aquí, mijito? --musitó ella, con dulzura.
El general se puso de pie y la miró a los ojos.
--Tratando de parecerme a ese maldito retrato --dijo él, y se derrumbó.

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