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Opinión

  • | 1989/04/10 00:00

    EL REY DEL CHICHARRON

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Con los vientos de marzo llegan malas noticias de Barranquilla. Mis amigos del Paseo Bolivar -emboladores, taxistas, vendedores de coco de agua, jugadores de chequitame llaman por teléfono para informarme, contritos y descorazonados, que se murió el Negro Adán.

Dicho así, con la frialdad desalmada de un despacho judicial, su deceso no debe parecerles importante a los lectores. Permítanme, pues, que ejerza ahora el aficio de los antiguos cronistas indianos, y recoja el suceso con pelos y señales, como a él le hubiera gustado.

Era un hombre descomunal, alto y gordo, que medía dos metros y pesaba casi doscientos kilogramos. Por ello debo advertir, antes de seguir adelante, que era más fácil saltárselo que darle la vuelta. Como su nombre lo indica, era negro retinto, pero no tanto como el futuro de este pobre país; tenia una cabeza cuadrada, demasiado grande para su cuerpo, a pesar de su tamaño, y una nariz redonda puesta como un pegoste en la mitad de la cara.

Para no hacer mayor abundamiento en estas minucias de fisonomía, agrego que en una ocasión, durante la incomparable mascarada del carnaval barranqui!lero, el Negro Adán montó en cólera, habló por radio, armó asonada e irrespetó a medio mundo porque sólo habia logrado clasificar de segundo entre los hombres más feos de la comarca.
Atribuía su derrota, vociferando con su vozarrón de catástrofe, a intrigas encaminadas a favorecer a su adversario, el ganador, que no sólo era feo, sino conservador y, por más veras, empleado público.

A estas alturas del relato se preguntarán ustedes, un poco desconcertados, y con razón, en qué consistía, entonces, la gracia del Negro Adán, si no era capaz ni de ganarse una competencia de malucos. Se los voy a decir, como en la vieja canción. Se los voy a decir.
Era el rey del chicharrón, emperador de la grasa, soberano del colesterol. Su casa tenía un patio enorme, de tierra, como esos patios barranquilleros que pintaba "Figurita", con plumilla, y con mujeres pilando el maíz para los bollos o escurriendo la ropa para plancharla.

Patio inmenso. En la mitad, hirviendo como si tuviera hipo, el caldero sobre un fogón de piedras. Y él, como un cíclope, sin cámisa, con la barriga regada por todo el cuerpo, con unos pantalones cortos de dril, dándole a la paila con el palote, revolviendo, como tallado en piedra de cantera, hablando sin parar, contando historias procaces, difundiendo chismes y consejas.
Su encanto no estaba en el chicharrón sino en la lengua y en el humor. La gente hacía cola, desde la puerta del corral, para comprar comida y oírlo. Por ese patio, en el que la brisa tibia del Caribe ululaba entre los matorrales de la cerca, desfiló la humanidad: presidentes de la nación, muchachas pizpiretas, patrón y obrero, grandes personajes y seres anónimos, jugadores del Junior y estibadores del terminal, menestrales de los talleres de mecánica, ancianas y jóvenes.

Se sabía, desde las cinco de la mañana, todo lo que había pasado en la ciudad la noche anteriór: a quién echaron de la casa por llegar tarde, cuál era la muchacha que había dejado a su marido por irse con un músico de acordeón, el nombre del último ladrón que se había alzado con buena parte del presupuesto municipal.
Hablaba a borbotones entremezclando rumores y carcajadas. Su risa se oia hasta Puerto Colombia. Era tan fuerte que, según dicen los viejos más viejos, los que conocieron a Cisneros y los buques de rueda, una vez tumbó un poste del alumbrado con una risotada.

Hasta el pie de su paila llegaban borrachos hambrientos, amantes a los que sorprendía la luz del alba, turistas impertinentes que le tomaban fotos, gerentes bancarios, y el Negro Adán hablando, hablando sin parar riéndose, cantando, unas canciones antiguas corno si fueran los espirituales de las negrerias del Misisipi. Era, a su manera, un maese de juglaria. Se bebia una botella de ron blanco de un solo trago.

Su patio vio desfilar a varias generaciones de barranquilleros.
A la mitad de ellos los mató con su colesterol. El aire de su vecindario olía a manteca frita y tocino. La gente, sin necesidad de preguntar, llegaba al patio, guiándose por aquella fragancia. Pasó tantos años dándole al caldero que, al final, tenía la piel tan dura que ya no sentía ni las salpicaduras del aceite caliente.

Era el pregonero número uno de las venturas y desgracias de lo que el Tuerto López llamaba "la mística grey". Ahora el pobre negro esta muerto. Los comedores de chicharrón del Cañón Verde, los degustadores de chuletas de la Calle Murillo y los golosos de Rebolo no saben para dónde van a coger. Ya se apagó el fogón. Alguien -una mano caritativa, quizás desmontó la paila.
No se sabe quien sé llevó el palote. La brisa de marzo sigue cantando entre los almendros del patio. Pero el Negro no está. Ya no habrá quien le diga "papi" a todos los clientes, aunque no los conociera.

El reino del chicharrón ha perdido a su soberano. -
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