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Opinión

  • | 2008/07/31 00:00

    El ruido y la furia

    El tono de la confrontación y de los ataques está subiendo peligrosamente en Colombia. Y más vale darse cuenta antes de que sea muy tarde.

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Hace poco más de un año escuché a Teodoro Petkoff, uno de los mayores opositores de Hugo Chávez en Venezuela — y probablemente el más lúcido—, en una conferencia sobre los medios de comunicación en su país. Petkoff, quien dirige el diario Tal Cual, hablaba entonces del inminente cierre del canal opositor RCTV (Radio Caracas Televisión).
 
Según él, ese caso era un ejemplo clarísimo de cómo se había polarizado la prensa venezolana durante el gobierno chavista. Decía que, a falta de una vida partidista sana, la contienda política se había trasladado a los noticieros, los medios impresos y la radio. Confirmé esta percepción de Petkoff conversando después con otros periodistas venezolanos: todos se quejaban sobre la libertad de expresión, el riesgo de publicar sus investigaciones y la violencia con la que sus ideas eran recibidas. En su país se habían acabado los puntos medios: o se era un chavista o se era opositor. “Qué afortunados somos en Colombia”, pensé entonces, “en nuestro país esas cosas no pasan”.

Creo que fui un poco ingenuo.

Recordé la situación de los periodistas venezolanos hace unos días, mientras leía una columna de Juan Gabriel Vásquez en El Espectador. En el texto, llamado "La muerte de la ironía", el escritor se quejaba de varios casos recientes de intolerancia. Específicamente de los ataques contra otro escritor, Mauricio Pombo, quien publicó en El Tiempo una columna —paródica y caricaturesca— burlándose de las marchas del 20 de julio pasado.
 
Pombo recibió una andanada de insultos de los lectores, por su broma incomprendida. Decía Vásquez al respecto: “Todo el incidente me ha parecido revelador de un síntoma grave de nuestro momento político: la perdida de ironía (…) Cuando uno piensa en los otros ámbitos de la vida donde la ironía no tiene cabida, se encuentra con ejemplos más bien inquietantes: la iglesia y las dictaduras”. Y Vásquez no podría tener más razón: en Colombia es cada vez más difícil opinar sin ser estigmatizado.

Cada vez que entro a las páginas web de Semana, Cambio, El Tiempo o El Espectador, me asombra la violencia de los comentarios de los lectores. Sobre todo frente a las opiniones de algunos columnistas políticos. Pienso en los casos de María Jimena Duzán, Felipe Zuleta o Claudia López, por sólo citar tres nombres. Muy pocos discuten las ideas de sus editoriales: la mayoría sólo los atacan o defienden irracionalmente y según sus propios parámetros.
 
El solipsismo es alarmante: casi nadie está dispuesto a escuchar lo que quieren decir, sólo quieren volcar en sus comentarios sus propios odios y frustraciones. Sé, además, que muchos de los columnistas han recibido serias amenazas  por sus opiniones. Quizás, podría pensar uno, es la política la que genera tantas pasiones. Pero no: me asombra —y volviendo un poco a la idea de Vásquez— como los columnistas que tratan de hacer humor también son atacados. Leo con sorpresa los comentarios enfurecidos contra los textos, llenos de humor negro e ironía, de Daniel Samper Ospina, Antonio Caballero o Eduardo Arias.

¿Será que sólo una minoría gregaria es la que participa en los foros de las páginas web? Me gusta pensar que sí. Pero lo cierto es que un espacio magnífico, que podría ser utilizado para una discusión sana, se ha convertido en el refugio perfecto para opinadores extremos, para fanáticos e incluso para criminales.

Ahora, es cierto que en Colombia hay unos temas sobre los que es mejor guardar un prudente silencio, pero la situación aún no es dramática: todavía hay espacio para toda clase de opiniones. Sin embargo el tono de la confrontación y de los ataques está subiendo peligrosamente. Y más vale darse cuenta antes de que sea muy tarde.
 
No me gustaría que en unos años nos pasara lo que me describió uno de los periodistas venezolanos. Él me contaba que a su país le ocurrió lo de la rana hervida “¿Cómo es eso?”, le pregunté. Me dio una explicación sencilla: si se coloca una rana en un recipiente con agua fría, ella se moverá tranquilamente. Si, por el contrario, el agua está caliente, tratará con todas sus fuerzas de salir. Pero si el agua está fría al principio y se va calentando poco a poco, la rana no percibirá la sensación de peligro. Tendrá la posibilidad de saltar, pero se irá adaptando y morirá.

Espero que en Colombia no empecemos a sentirnos cómodos en un ambiente que puede terminar por hervirnos.


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