Martes, 21 de octubre de 2014

| 2013/09/14 00:00

El sainete de las armas químicas

Con Obama, los enemigos de Estados Unidos vuelven a ver en ellos al inofensivo “tigre de papel” del que hablaba Mao Zedong.

El sainete de las armas químicas Foto: León Darío Peláez / Semana

No es cierto que todos deseen la paz, aunque así lo digan todos. Muchos prefieren con entusiasmo la guerra, que les es más productiva económicamente o más satisfactoria anímicamente, o las dos cosas. No me voy a poner a analizar una vez más la enredada siquis del expresidente Uribe, aquí en nuestra guerrita colombiana. Vean, a escala mayor, lo que está pasando en Siria.

En Siria hay una guerra civil que en dos años y medio ha dejado más de cien mil muertos y enviado a los países vecinos a varios millones de refugiados. Provocada desde dentro por los excesos locales de la dictadura de Bashar el-Assad, cuyo régimen, continuación del de su padre, va para los cincuenta años, y por la rebelión provocada (más o menos) por la versión local de las llamadas ‘primaveras’ árabes. 

Y atizada desde afuera por los intereses regionales de –por el lado de Assad– el Irán de los ayatolás, y –por el de los rebeldes– las monarquías petroleras aliadas de Occidente: Arabia Saudí, Qatar, etcétera. Y promovida en fin, a escala mundial, por los todavía llamados ‘grandes’: los que tienen asiento permanente y derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que son Rusia y China, protectores de Assad, y los Estados Unidos, Inglaterra y Francia, que desean desde hace cuatro años su derrocamiento.

Con el pretexto, que todavía se investiga, del uso de armas químicas contra los rebeldes por las tropas de Assad, el presidente Obama anunció su intención de intervenir con bombardeos “quirúrgicos” para destruir los sitios de almacenamiento de tales armas. (Los expertos –no los de Assad, sino los de sus enemigos– dicen que Siria tiene el tercer arsenal químico del mundo, detrás del de los Estados Unidos y el de Rusia).

Tras el anuncio, Obama tomó la precaución, sin antecedentes desde la Segunda Guerra Mundial, de someter la declaración de guerra a la aprobación del Congreso. Y en esas estaba cuando Rusia sugirió una salida: que el gobierno sirio ponga sus armas químicas bajo control “de la comunidad internacional”, es decir, en la práctica, de la ONU.

Inesperadamente Assad aceptó la idea: reconociendo así por primera vez no el uso, pero sí la existencia, de su armamento químico y diciendo que se inclinaba ante la diplomacia rusa, y no ante la amenaza norteamericana. El presidente ruso Vladimir Putin, por su parte, explicó que con su propuesta no pretendía defender el régimen sirio, sino la legalidad internacional frente a la “alarmante” costumbre de los gobiernos norteamericanos de intervenir militarmente en los conflictos internos de los países extranjeros. Y Obama, privado de su excusa para el bombardeo, se plegó a regañadientes.

Así, todos encontraron el modo de salvar las apariencias. Pero en la realidad se trata de una derrota del presidente Obama, que es el único que no gana nada en el trato. No solo eso, sino que su firmeza pierde toda credibilidad: ante sus adversarios republicanos, ante su propio pueblo belicoso, ante los enemigos de los Estados Unidos, que vuelven a ver en ellos el inofensivo “tigre de papel” de que hablaba en sus tiempos el presidente chino Mao Zedong. 

Y ante sus aliados, a los que deja en la estacada: Francia, que estaba encantada con la intervención, y sobre todo Israel, cuya política desde hace décadas incluye no solo la guerra contra Siria sino también, a través de esta, contra el más peligroso Irán.

En lo que toca a las armas químicas propiamente dichas, la salida propuesta es menos satisfactoria. Según dicen las agencias de prensa que dicen los expertos (pues en estos temas hay que opinar a partir de lo que nos dicen que dicen) la destrucción de tales armas puede tomar varios años, y requerir la presencia de nada menos que 70.000 soldados de alguna todavía no designada fuerza multinacional para proteger de la guerra civil siria a los mismos expertos que dicen eso.

Ah, sí: la guerra civil siria. Parece como si en la euforia despertada por el ingenio diplomático de Putin ese detalle se hubiera olvidado. En cuanto a la guerra civil siria, puede continuar en paz. 

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