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Opinión

  • | 2007/03/31 00:00

    El sancocho europeo

    La crítica que cabe hacerle a la Unión Europea no es que haya olvidado su historia, sino que no haya sabido olvidarla lo bastante.

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Se acaban de conmemorar los cincuenta años del Tratado de Roma, que dio origen a la Unión Europea, con una 'Declaración de Berlín' calificada de "floja". Y en cierto modo lo es. No tiene más mérito que el de estar firmada (aunque en algunos casos a regañadientes) por veintisiete países: con excepción de la egoísta Suiza, de la timorata Noruega y de la paranoica Serbia, todos los que caben en Europa, de Portugal a Estonia y de Irlanda a Grecia.

¿Y eso es poco mérito? Firman juntos, reiterando su propósito de unidad pacífica, veintisiete países que llevan tres mil años en guerra incesante de todos contra todos ¿y eso parece "flojo"? En medio siglo se ha venido edificando poco a poco, a partir de una rudimentaria "comunidad del carbón y del acero" entre Francia y Alemania, una poderosa unión comercial, económica, en buena parte monetaria y en algunos aspectos también diplomática y política que abarca la casi totalidad de ese hervidero de sangre que ha sido Europa desde el comienzo de la historia: una unión voluntaria (a diferencia de las forzosas que se intentaron antes, desde el Imperio Romano hasta el Tercer Reich de Hitler) y una unión igualitaria (en ella vale tanto la inmensa doble Alemania como el diminuto medio Chipre). Que digan lo que quieran: pero eso no es poco.

Mete la cucharada el Vaticano, que aunque está enclavado en el corazón de Europa no pertenece a la Unión, para decir por boca del papa Benedicto XVI que a ese sancocho europeo le falta la levadura: el cristianismo. Y que por no asumirlo como señal de identidad histórica, cultural y moral, Europa está cometiendo "apostasía de sí misma".

Creo que el Papa no ha entendido en qué consiste la Unión, o, más bien, no ha querido entenderlo. Con razón, desde su punto de vista: esa Europa unida es contraria a su oficio apostólico, que consiste en unificar no sólo a Europa sino al mundo entero bajo la tutela autocrática de la Iglesia de Roma, heredera del Imperio de los Césares.

Claro está que en la historia de Europa está el cristianismo. Pero también está la resistencia al cristianismo: una resistencia representada por el laicismo y por la democracia, ambos tradicionalmente condenados por la Iglesia, y que son precisamente los dos pilares fundamentales de la Unión Europea. Tanto el uno como la otra, tanto la separación de lo civil y lo eclesiástico como la desaparición del antiguo régimen de derecho divino, son frutos de la Ilustración, verdadera bestia negra de la Iglesia desde hace más de dos siglos. Es natural que al Papa no le guste una Unión construida sobre semejantes bases. Su lema mismo tiene que resultarle intolerable: "unidad en la diversidad". Tanto el cultivo de las semejanzas como el respeto por las diferencias; o sea, eso mismo que Benedicto XVI ha visto incluso como debilidades de sus predecesores en el trono papal y ha condenado bajo el nombre de "relativismo". Así que tiene razón cuando dice que al renunciar al dogma cristiano Europa está traicionando su propio pasado o por lo menos una parte de su propio pasado. Pero eso es justamente lo que se pretende. La Unión Europea es un sancocho, una mezcolanza de elementos diversos, una olla podrida de muchos alimentos distintos, y que no necesita levadura.

La crítica que cabe hacerle no es la de que haya renunciado a su historia, sino más bien la contraria: la de que no haya sabido olvidarla lo bastante. Que no haya podido desembarazarse por completo de los prejuicios mezquinos de la identidad excluyente, que son los mismos que el Papa disfraza de inmanencia, para abrirse hacia afuera de sí misma. El pleonasmo es deliberado. Abrirse hacia afuera, hacia los otros: no los prójimos y parecidos, sino los distintos y los forasteros (literalmente, los de afuera). La posición del Papa es lo más natural, por llamarla así: la más irracional, o prerracional, dictada por el primitivo cerebro de reptil que tenemos los humanos junto al otro cerebro, el de mamíferos más avanzados en la escala de la evolución. Por eso no está solo, sino que lo acompañan todos los partidarios de la exclusión (así se trate de exclusiones diferentes y que rivalizan entre sí: se parecen en que son propias sus razones distintas). Todos los antieuropeístas dentro de la propia Europa, por nacionalistas o por regionalistas. O por racistas. O por integristas religiosos.

Con lo cual llegamos a la prueba de fuego para la Unión Europea: la admisión de Turquía.
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