Miércoles, 1 de octubre de 2014

| 1993/03/08 00:00

El sapo en el escudo

Sin delatores desapareció también el terrorismo político de izquierdas en Francia y en Alemania

El sapo en el escudo

EN EL PROCESO DE DEVOLVERLE EFIcacia a la flaqueante justicia colombiana han decidido corromperla por completo. A las aberraciones de la negociación de penas y de los jueces sin rostro se suma ahora una perversión aún mayor: la delación, que se paga en dinero y perdones judiciales. Se usa, por el momento, para narcos y guerrilleros (o presuntos narcos y presuntos guerrilleros), pero ya el M-19, por su cuenta y riesgo, ha extendido la oferta de recompensas a quienes denuncien a los funcionarios corruptos. Pronto se agregarán a la lista otras conductas antisociales: raponeros, sindicalistas, adúlteros, judíos. ¿Por qué no? Veremos muchos nuevos ricos: ex asesinos premiados por entregar a sus cómplices, o simples "ciudadanos de bien" pagados por delatar a algún vecino sospechosamente rico o incómodamente protestador. El sapo, esa alimaña repugnante que tradicionalmente se identifica con el traidor, va camino de convertirse en el símbolo nacional. Era mejor el cóndor.
Los argumentos a favor de la delación -y de las otras novedades son dos. El ejemplo: los Estados Unidos e Italia la utilizan.
Y la eficacia: la delación funciona.
Es de suponer -de esperar que a los Estados Unidos y a Italia no se los escoge como ejemplo de moral, pues son tal vez los dos países más inmorales del mundo, sino de técnica jurídica. Pero habría que mirar qué exitos ha tenido allá el método, y lo cierto es que no son muy envidiables. En Italia, en lo que toca al crimen mafioso, los resultados son nulos: la Mafia es cada día más poderosa. Y en lo que se refiere al terrorismo político son, en el mejor de los casos, ambiguos: es verdad que la figura del "arrepentido" contribuyó al desmantelamiento de las Brigadas Rojas; pero éstas desaparecieron, más que por las confesiones y denuncias de los "arrepentidos", por lo mismo que los había llevado a arrepentirse: que las condiciones políticas y sociales que provocaron el surgimiento de las Brigadas Rojas ya no existían.
Por eso, sin delatores, desapareció también el terrorismo político de izquierdas en Francia y en Alemania. Y el problema es ahora, como en Italia, el de las Brigadas Negras, nazis o fascistas.
En cuanto a los Estados Unidos, la delación sólo ha funcionado en dos casos que se sepa. El del general Noriega, condenado por las revelaciones quela Fiscalía le compró a Carlos Lehder. Y el de un niño de nueve años a quien el presidente Reagan felicitó públicamente por haber denunciado a sus padres, peligrosísimos fumadores de marihuana.
Queda el argumento de que la delación es eficaz. ¿Para qué? Tal vez contribuya en la primera etapa del proceso contra un presunto delincuente: su captura. Tal vez sean posibles luego, gracias a las otras modernizaciones mencionadas, el procesamiento -con testigos sin rostro- y el veredicto -dictado por un juez sin rostro. Y para garantizar la condena se podría elevar a ley el procedimiento empleado contra el señor Jubiz Hazbum, injustamente encarcelado tres años por el asesinato de Galán: la fabricación de pruebas, que puede ser complementada con algo de tortura para obtener confesiones. Dicha condena, atendiendo al clamor popular, podría consistir en la muerte del reo. Se mejoraría así el aforismo jurídico formulado hace unos años por el fiscal militar coronel Ñungo: "Más vale ejecutar a un inocente que dejar libre a un culpable". Y sólo faltaría eliminar un último obstáculo: la defensa. Se podría seguir (como se hace ya en lo de los uniformes rayados) el ejemplo del Perú, donde jueces militares sin rostro, encapuchados, acaban de condenar a cadena perpetua a los abogados defensores de los terroristas de Sendero Luminoso, borrando de un fujimorazo un principio cardinal del derecho: que también los culpables tienen derecho a la defensa.
Por el camino de la delación se llegará exactamente a lo contrario de lo que se pretende: una justicia no sólo totalmente corrompida, sino absolutamente ineficaz. Delatores innominados entregarán a los presuntos culpables -pues la presunción de culpa sustituye a la de inocencia para que esbirros encapuchados obtengan de ellos confesiones bajo tortura o a cambio de promesas de rebajas de pena, mientras en torno testigos anónimos inventan pruebas falsas que pasan a la consideración de jueces desconocidos para que, en la clandestinidad, dictan penas de muerte.
Como en los tiempos tenebrosos de la Inquisición, sólo la ejecución será pública.

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