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Opinión

  • | 2007/06/30 00:00

    El secuestro, una lenta agonía

    Cesar Augusto Castaño cree que los crímenes más claros de lesa humanidad son el que da la muerte y el que arrebata la libertad, más inhumano aún el segundo que enjaula a la esperanza.

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La muerte en cautiverio de 11 colombianos, a quienes no quisiera llamar sencillamente diputados pues son seres humanos a quienes en ocasiones se les da un tratamiento etéreo, lleva a pensar en el secuestro como un arma de guerra erigida en contra de la sociedad colombiana. Este horrendo método de intimidación, es la expresión del resentimiento que anima a los grupos insurgentes, por tratarse de una búsqueda de reconocimiento negativo, ante los grupos víctimas de la violencia, con el objeto de doblegarlos, atentando contra la dignidad del cuerpo. Es en definitiva una venganza en contra de aquellos que profesan otros valores, además de ser una muerte maquillada, una insufrible maquinación y ofensa.

El rehén es un ser humillado en lo más intimo de su dignidad, porque su cuerpo es convertido en mercancía de canje, su dimensión humana es obliterada al ser convertido en objeto inerte, pasivo, desprovisto de iniciativa. Sufre por las condiciones a que es sometido, sufre, porque sabe que los suyos sufren. Sufre la temporalidad insoportable de los días que pasan sin la esperanza de un desenlace, que en el caso de los diputados Juan Carlos Narváez, Jairo Hoyos, Alberto Quintero, Edinson Pérez, Héctor Arizmendi, Javier Giraldo, Ramiro Echeverri, Rufino Varela, Carlos Charry, Carlos Barragán y Nacianceno Orozco, fue fatal.

Sobre la situación de los secuestrados en nuestro país, la Fundación para el Análisis y Estudios Sociales y la Federación de ONG “Verdad Colombia” publicaron el libro “El secuestro otra arma del terrorismo”. En este texto llama la atención, un artículo escrito por Elizabeth Burgos una historiadora y antropóloga venezolana, en el cual define la dramática posición de los plagiados por las Farc, como una de las más calamitosas en cuanto a derechos humanos se refiere. Entre los miles de secuestrados en el mundo, dice la autora, las condiciones a que están sometidos los rehenes colombianos es la más vejada. Separados de la familia, sin derecho a visitas ni a recibir noticias de sus seres queridos, viven en condiciones infrahumanas, sujetos a enfermedades, sin cuidado médico, sin otra ley que la irracionalidad de sus captores. La extraña sociedad de rehenes que han conformado los grupos ilegales en Colombia, prefigura la sociedad que ellos pretenden crear: aquella que existe en todos los regímenes totalitarios en donde el grueso de la población es convertida en rehén del poder.

Al momento de escribir estas líneas las Farc, muy seguramente, seguirán acudiendo a todo tipo de excusas para postergar la liberación de militares, policías y miembros de la sociedad civil secuestrados. El tiempo continuará entonces su inexorable marcha, mientras estos hermanos permanecen sumidos en la soledad y tristeza propia del cautiverio, algo que puede percibirse claramente en los escasos mensajes que les han permitido enviar a los suyos, palabras en las que se evidencia la humedad y la soledad con que fueron tejidas.

Sin embargo quienes están secuestrados, deben saber que la libertad última, la que reside en nuestro propio espíritu y lo configura, no puede sernos arrebatada por ningún tirano, que al hombre le es consustancial la libertad, tanto que, para ser humano, es forzoso ser libre. Sin embargo, esa libertad interior no es la última, sino la primera; previa a cualquier otra, como es previo a la libertad de movimiento, no estar encadenado, ni secuestrado. La libertad es tan intangible patrimonio del hombre que, mientras quede alguno que no sea libre y permanezca secuestrado, no seremos de verdad, libres, ninguno de nosotros. La libertad es lo contrario a la imposición, ella, ha de ser respetada, asimiladora de antagonismos, de luchas, en últimas, un bien comunitario y compartible, o la gozamos todos, o, en plenitud, no la gozará nadie.

Es necesario entonces continuar la lucha por la libertad de los cautivos, sea cualquiera su procedencia, evitando endurecernos frente al dolor ajeno pues al hacerlo dejamos solos aunque sea en espíritu, a cientos de familias dolientes ausentes de los suyos, a quienes la intransigencia les ha impedido reunirse de nuevo.
Para las familias a quienes les sobreviven seres queridos secuestrados, el consuelo no existe, o mejor aún, el olvido no existe.
 
Existe la anestesia del resto de los días que los distrae y los ocupa. Pero imprevistamente, algo - un portazo, un mal sueño, una llamada de medianoche - les despierta, y allí, a la cabecera, sigue el dolor: rutilante, inmarchitable y personal. El sueño de libertad de tantos secuestrados en Colombia, se convirtió en un laberinto del cual lamentablemente, aún restan muchas vueltas para encontrar la salida.

* Integrante Fundación “Jean François Revel”


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