Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2006/02/26 00:00

El secuestro perpetuo

El Estado tiene la obligación de moderar el sufrimiento de tantos ciudadanos que padecen el trato inhumano y la actividad criminal de las Farc

El secuestro perpetuo

Después de pasar más de siete años secuestrado por las Farc, murió en cautiverio, por causas desconocidas, un tocayo del Che, el mayor Ernesto Guevara. Esta terrible muerte -mientras la madre adolorida implora a los guerrilleros que le devuelvan siquiera los restos del oficial desaparecido- se ha sumado al cuarto aniversario del secuestro de Íngrid Betancourt,y ambos

episodios han servido al menos para que se vuelva a discutir la necesidad urgente de un acuerdo humanitario. Así como el Alcalde de Bogotá, en una actitud que lo honra, ha organizado jornadas a favor de los secuestrados, todos deberíamos presionar para que haya un canje -por razones de compasión, no de conveniencia política- entre guerrilleros presos y personas secuestradas.

Hace unos cuatro años, en una posición intransigente de la que ahora me avergüenzo, sostuve que no se deberían intercambiar secuestrados por secuestradores, ya que esto solo, estimularía la toma de rehenes, y que el único camino para resolver el problema era rescatar a los secuestrados mediante la intervención de la Fuerza Pública. Después, y a raíz de la muerte de Gilberto Echeverri y Guillermo Gaviria (ex gobernadores de Antioquia), asesinados brutalmente por las Farc durante un desastroso operativo de rescate del Ejército, recapacité: dadas las condiciones del país, y si tenemos todavía un rastro de sensibilidad, tenemos la obligación de apoyar un acuerdo humanitario.

Creo que ante la impotencia de las autoridades para rescatar con vida a los secuestrados, el gobierno no puede permitir que cientos de ciudadanos inocentes estén condenados a una pena que cada vez se parece más a una cadena perpetua. Ni Pastrana, el superficial, ni Uribe, el mano de piedra, fueron capaces, en ocho años de declaraciones frívolas o furibundas, de devolverles la libertad a los secuestrados. El Estado tiene la obligación de moderar el sufrimiento de tantos ciudadanos que padecen ese trato inhumano como consecuencia, ante todo, de la actividad criminal de las Farc, pero también por la incompetencia del gobierno para protegernos. Ya que el Estado no nos puede proteger ni rescatar, está en la obligación, al menos, de atenuar el dolor. El canje de guerrilleros presos por secuestrados -Israel nos lo enseña- no es una derrota, aunque sí es una declaración tácita de que no hay otra manera razonable de disminuir el sufrimiento de muchos inocentes.

En estos días, por razones de trabajo (soy editor en un fondo universitario), me ha tocado leer y releer un documento capaz de conmover al más intransigente. Se trata de las cartas y el diario que escribió Gilberto Echeverri durante su secuestro (que duró más de un año, hasta que el nuevo comandante del Ejército, el general Mario Montoya, organizó el rescate que terminó en tragedia). Allí Echeverri Mejía, ex ministro de Defensa, se refiere una y otra vez, lleno de ilusiones y esperanzas, a las muchas gestiones que hacía Alfonso López Michelsen por conseguir que el gobierno y las Farc accedieran a un intercambio humanitario digno y rápido. El ministro de Gobierno de entonces, Fernando Londoño, fue el peor palo en la rueda de ese acuerdo, por su actitud recalcitrante y su verbo pendenciero.

Gilberto Echeverri, un hombre bueno que trabajó toda la vida por mejorar las condiciones de vida de los colombianos, recibió en pago varios tiros de fusil de las Farc y, después de su muerte, el desdén arbitrario de la Gobernación de Antioquia, que se ha negado a reconocerle a la viuda siquiera una indemnización por los años de trabajo de su marido al lado del otro gobernador asesinado. Esa es la imagen perfecta de este país, que se repite igual en el asunto del intercambio: barbaridad salvaje de la insurgencia, y desdén indolente de las instituciones. Criminales por un lado, y funcionarios sin compasión ni respeto por las leyes, por el otro.

Gilberto Echeverri, en las dolorosas páginas escritas desde la selva -que se publicarán en abril- deja en claro varias cosas: la experiencia del secuestro es devastadora para el directo afectado, y si se puede peor para su familia; para atenuar este sufrimiento, equivalente a una tortura de años, las autoridades deben iniciar un rescate sólo si hay buenas esperanzas de sacar con vida a los secuestrados, y si no lo pueden hacer así, deben acceder a un acuerdo humanitario. Mientras esto se produce, y como la guerrilla no permite las visitas de los familiares (a diferencia de lo que ocurre en las cárceles con los guerrilleros, que además saben su fecha de salida por cumplimiento de pena), el gobierno está obligado a que al menos las emisoras de radio, que son el único contacto entre familiares y secuestrados, puedan emitir todos los días y con buena señal el único asidero a la vida y a la esperanza que tienen los rehenes: los mensajes de los seres queridos. El gobierno francés ha propuesto a las Farc un plan de acuerdo: por ahí debería empezar, y concluir cuanto antes, el intercambio humanitario. Sería, además, un primer paso para hacer menos despiadado este conflicto colombiano que ya parece eterno.

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