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Opinión

  • | 2006/04/15 00:00

    El sentido que pincha

    “Así hagamos filas eternas frente a la embajada estadounidense y así permitamos que la Policía de inmigración nos esculque hasta los intestinos, nunca dejaremos de ser una amenaza”, dice María Antonia García de la Torre, a propósito del debate sobre migración en Estados Unidos.

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Los inmigrantes mexicanos se aventuran por el desierto, en travesías que duran varios días, huyen despavoridos de una tierra que los ahuyenta con su silencio. Prefieren ser empleados de supermercados, recoger y distribuir carne a las 4 de la mañana, barrer los baños de los restaurantes en Estados Unidos, antes que volver.

Lo que ocurre allí es sólo un síntoma de la migración que ocurre en todo el sur del continente. Más en unos países que en otros, pero la situación es igual de dramática y fuera de control. Se habla en Colombia de cuatro millones de inmigrantes, dentro de los cuales podría haber un millón de profesionales radicados en otras tierras, dada la imposibilidad de ejercer su profesión acá. Los médicos y los abogados llegan a países del primer mundo y asumen su condición de bachilleres (tienen que volver a estudiar allá para que validen sus títulos) y se dedican a curar y a defender a norteamericanos, a españoles, a italianos, sin que nadie acá suene las alarmas.

La revista literaria New Yorker relata hace unas semanas la historia de un peruano que decide irse a Estados Unidos porque recibe una “Green Card” como premio de una lotería. Lo único que le dice a su madre antes de entrar a Inmigración es “No sé por qué me voy”. Los permisos de trabajo se rifan en América Latina como si se tratara de bonus que el Gran Hermano les otorga a la masa que clama por poder vivir y trabajar en Norteamérica. Y sería una estupidez recibir ese bonus y rechazarlo. Por eso, este hombre viaja con su esposa. Ambos trabajan durante años como empacadores en un supermercado.

Es cierto que muchos cortan su vida de un tajo y se van a Estados Unidos porque eso es lo que manda la sociedad, porque no perseguir el ‘sueño americano’ es perder el tiempo, porque sólo nacemos y crecemos en países como Colombia, México, Venezuela, para prepararnos para competir por una visa y vivir “un verano en Nueva York”.
Todos nuestros esfuerzos se enfocan hacia ese objetivo, porque ni siquiera contemplamos la posibilidad de hacer acá más que un pregrado –una maestría en Colombia es inútil–. Todos, con pocas excepciones, queremos irnos. No nos sometemos a medios tan extremos como los balseros provenientes de Cuba, como los mexicanos que se exponen a los francotiradores en la frontera, no botamos a nuestros hijos al agua para distraer a la guardia costera italiana mientras abandonamos Albania. No, pero creo que es sólo porque Colombia no limita con Estados Unidos.

Huimos de nuestros países presos del temor, para encontrar sólo hostilidad y muros en esas naciones que consideramos un asidero. Haya dictaduras o no, haya gobiernos de extrema derecha o de izquierda panfletaria, haya censura de prensa o niveles de violencia, de pobreza y de desempleo alarmantes, todos quieren migrar. Todos quieren dejar de ser “nativos” para volverse “forasteros”. Y un muro sólo evidencia las verdaderas intenciones de Estados Unidos con esos países que llama “amigos” cuando trata de firmar con ellos tratados de libre comercio.

Los inmigrantes, cuyo destino debate estos días el Senado estadounidense, han abandonado sus tierras porque ya nada es seguro, ni siquiera sus propias vidas. Recuerdo el inicio de un artículo en Newsweek, decía que uno sabe cuándo su país se va a desmoronar cuando no puede estar seguro ni en su propia casa. Si fuera así, habría que reconocer que Colombia no es más que boronas, no es más que millones de individuos prestos a dejarlo todo sólo para encontrarse con un muro, más o menos soterrado que el que pretende dividir a México y a Estados Unidos.

Sara Endrizzi, habitante de Mezzolombardo, un pueblo al norte de Italia, recuerda esos días en los que no había albaneses feos, mal vestidos y ladrones. –En esos tiempos, podías salir a pasear por la noche e ir a comer un helado sin miedo de que te robaran el celular–. Como resultado de su percepción, a todos los albaneses se los trata de ladrones (los que llegan a costas italianas como polizones suelen robar tomates y patillas de los huertos para sobrevivir) y sólo pueden firmar contratos de arrendamiento a cuatro años. Su ropa, lejos de alcanzar los estándares Armani, los delata a la distancia y los expone al repudio de hombres que escupen en la calle y les gritan en dialecto trentino –¡gitanos de mierda! ¡Vuelvan a su casa que no queremos que nos contagien de sida!–”.
Y así, una gran mayoría de los habitantes del primer mundo trata a los del tercero como si se tratara de un intruso en una propiedad privada. Es curioso que miren a los latinos con desconfianza. Les interesa que haya tránsito de personas y de mercado de allá para acá, pero impiden con indignación el ingreso de suramericanos a sus ciudades.

Está claro que estamos en el “sentido que pincha”, del peaje. Y así paguemos lo requerido, así hagamos filas eternas frente a la embajada estadounidense, así tengamos que sonreír frente a un funcionario francés de la embajada que no pareciera saber que la lengua nacional de Colombia es el español, así permitamos que la Policía de inmigración nos esculque hasta los intestinos, nunca dejaremos de ser una amenaza. Ojalá que quienes buscan visa para vivir el ‘sueño americano’ no tengan que regresar con el rabo entre las piernas, y tal vez con la respuesta que no supo responder el peruano: ¿por qué me voy?
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