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Opinión

  • | 2013/11/16 00:00

    El sí de Mockus

    Pocas cosas son tan populares en Colombia como criticar al Congreso.

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Pocas cosas son tan populares en Colombia como criticar al Congreso. Cuando se reniega de los políticos, y casi siempre se trata de los congresistas, a la “galería” le gusta que los traten de ratas, sapos y lagartos. Su mala fama no parece tener fondo y, tristemente, estos epítetos no son inmerecidos. Nuestro Congreso desde hace rato es una vergüenza. No sólo este, que ya no disimula su estilo de legislar a punta de chantaje y trueque de beneficios, al que ya le resbala su propia crisis de legitimidad.

El gran problema es que el Congreso, con todo y su inmundicia, será el escenario que en la práctica hará posibles o no las reformas que les den carne a los acuerdos que se firmen en La Habana entre el Gobierno y la guerrilla. En eso tiene mucha razón Claudia López en la carta que les envía a los dirigentes de la Alianza Verde, que ya tiene una respuesta de Antanas Mockus, quien dice que irá al Senado, si es que otros líderes lo secundan. 

Tan crucial será el papel del Congreso para la paz, que por algo Álvaro Uribe ha enfilado sus baterías para lograr tantas curules como le sean necesarias para obstruir cualquier cambio social que se tramite por allí. Uribe no busca una curul para atajar eventuales beneficios para desmovilizados de las FARC ni para cuidar sus tres huevos, como demagógicamente les vende a sus electores. 

A lo que Uribe realmente le teme es a una ley de desarrollo rural que signifique romper el poder atávico de los latifundistas, o que se hagan reformas políticas que garanticen un verdadero pluralismo, o que se apruebe un mecanismo de verdad histórica que cuente quién hizo qué durante estos años de guerra. 

La agenda del país posible que se está pactando en La Habana le causa erisipela al uribismo porque su proyecto es anclar a Colombia en el pasado, en el estatus quo que hizo posible una guerra perpetua. Y si Uribe va al Congreso, es a sabotear cualquier intento de reforma con las mañas que ya le conocemos. 

Por eso que Mockus y un grupo de intelectuales y líderes sociales jugados por la paz y la modernización del país le apuesten a una renovación del Congreso reviste la mayor importancia. Si, ya sé que es una vieja fórmula que le viene como anillo al dedo a ese puñado de jefecitos personalistas que nunca han sido capaces de construir colectividades y que hoy, no por casualidad, están juntos en la Alianza Verde. Pero eso no la invalida. 

Un movimiento de opinión puede llenar de ideas y contenidos un debate electoral donde abundan la mermelada y la marrulla. Puede ayudar a superar el derrotismo de una opinión pública que ve con grima los partidos y que repudia la clase política. Puede ser un incentivo para que los movimientos sociales que han marcado la agenda del país este año tengan mayores espacios de representación. Puede romper la polarización que tiene embrutecido el debate público. Y puede hacer, si tiene éxito, un contrapeso real a la politiquería que reina no sólo por los lados del uribismo, sino también por los de la descuadernada Unidad Nacional. 

Las elecciones de marzo deberían ser el escenario para crear, como los propios Verdes lo han dicho, un frente amplio por la paz. Una gran coalición donde estén también el Polo Democrático, los liberales y otros partidos, y que garantice que, sea quien sea el próximo presidente, los acuerdos de La Habana se hagan realidad. Y, de paso, que la política y el Congreso recuperen algo de la dignidad perdida.


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