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Opinión

  • | 1997/05/26 00:00

    EL SIGLO PERDIDO

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Perdimos los colombianos, lastimosa e imperdonablemente, el siglo XX? Me temo que sí. Es ésta, en todo caso, la certeza amarga que le deja a uno, después de leerlo, el último libro de Carlos Alberto Montaner. Titulado No perdamos 'también' el siglo XXI y dedicado a Hernán Echavarría Olózaga ("que batalló como nadie para que no perdiéramos este siglo que se nos acaba con bastante pena y muy poca gloria"),su autor ha llegado a Colombia esta semana para presentar su obra en la Feria del Libro; obra dura, útil, amena, pacientemente pedagógica, destinada a enterrar nuestros mitos más empecinados, a barrer viejas enajenaciones y a abrirnos los ojos. Si es que al fin somos capaces de abrirlos. ¿De quién es la culpa de que los latinoamericanos estemos como estamos? Montaner se apresura a decírnoslo en las primeras páginas de su libro. La culpa la tienen las ideologías. Todas: las de izquierda y las de derecha; el marxismo y su variante (vegetariana, la llama él) de la socialdemocracia, el fascismo, el keynesianismo, la democracia cristiana. De este colapso son responsables tanto las ideas de un Perón como las de un Fidel Castro, la del PRI o la de Getulio Vargas, la de Alan García o la de Daniel Ortega. ¿Qué tienen en común? En primer lugar, el hecho mismo de ser ideologías. Es decir, construcciones teóricas, simples supuestos, "una idea sobre cómo funcionaba el mundo, y una idea sobre cómo debía funcionar". Todas ellas han pretendido explicar nuestra pobreza por un despojo (del tercer mundo por los países ricos o, en el orden interno, de los pobres por los ricos). Este diagnóstico, que polariza al mundo entre víctimas y victimarios, entre explotadores y explotados, se convirtió en lugar común, en una hegemonía de pensamiento propagada por toda suerte de políticos, catedráticos, escritores, periodistas y religiosos. Y algo peor: determinó políticas de Estado. Todas estatistas, dirigistas, planificadoras. Y todas fracasadas, por supuesto. Entre nosotros, colombianos, esta explicación de nuestra pobreza y sus consiguientes terapias, aunque se vistan de ideologías diversas y admitan toda suerte de matices, son comunes a personajes tan variados como el presidente Samper, Alfredo Vázquez Carrizosa, Guillermo Perry, Agudelo Villa, Horacio Serpa, Abdón Espinosa, Antonio Caballero o al cura Pérez, para no hablar de una cantidad de monseñores, de muchos profesores y políticos y de casi todos los columnistas de El Espectador. Todos ellos consideran el dirigismo como la única manera de reparar desigualdades y llaman capitalismo salvaje lo que se deje al arbitrio del mercado y de la iniciativa privada, sin ver que el salvaje es el sistema que hemos tenido, caracterizado por la hipertrofia del Estado, la corrupción, el clientelismo y el despilfarro. Este, según Montaner, no es ya, en América y en el mundo, un pensamiento de estremecedora vanguardia, como lo creen sus exponentes, sino, al contrario, un pensamiento viejo, refutado por la realidad. Las fórmulas dirigistas y proteccionistas, ensayadas durante 40 años en nombre de la teoría de la dependencia, dejaron a nuestros países en la pobreza de siempre. Y en cambio nadie, ninguna potencia colonial o imperialista, impidió a Taiwan, Hong Kong, Corea o Singapur convertirse, en menos de 30 años, de países más pobres que el nuestro, en naciones del primer mundo, ni nadie le impide a Chile que lo sea en poco años. Montaner recuerda en su libro las seis condiciones que son comunes a los países que han llegado a la prosperidad. Ninguna de ellas, por cierto, las cumple un país como Colombia: la existencia de un real Estado de Derecho que "garantice el ciclo de inversiones- producción- beneficios- inversiones"; la creación de un capital humano a través de la instrucción, la capacitación, los valores culturales; una administración honorable y de calidad que realice sus transacciones mediante concursos transparentes; estables equilibrios macroeconómicos con una moneda sana, estricto control del gasto público, ausencia de déficit fiscal y de inflación; apertura a las inversiones extranjeras, al libre comercio y a la competencia; armonía entre el gobierno, las empresas y los centros de enseñanza a fin de que estos no resulten islotes académicos y empíricos al margen de la sociedad.¿Tenemos un real Estado de Derecho que suministre seguridad jurídica a propios y extraños? Mejor será reír. El nuestro es un país donde el 98,3 por ciento de los delitos quedan impunes. La instrucción y la capacitación, por obra de una burocracia pedagógica, es paupérrima. La administración pública, corroída por el clientelismo y la corrupción, no tiene nada de transparente. Déficit fiscal, gasto público desbordado y una inflación testaruda son la negación de un equilibrio macroeconómico. Y todo se ha hecho ahora para ponerle frenos a la apertura y a la libre competencia. Universidad, gobierno y empresa son entes divorciados entre sí, de modo que es hoy por hoy impensable establecer entre ellos un proyecto común. Tal es la razón de que hayamos perdido el siglo XX, según la acertada visión que recoge Montaner. Ojalá su libro pueda servirle de evangelio a quienes quieran remediar este mal rumbo que llevamos.
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