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Opinión

  • | 2017/03/31 08:09

    El signo de la cruz en la empuñadura de la espada

    El terrorismo, como una forma de infundir miedo en el corazón de las sociedades, se encuentra explícito en los cimientos de un catolicismo perverso.

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Colombia no es un pueblo de marchas. Y no lo es porque el “World Happines Report” nos ubica en el puesto 33 de las naciones más felices del planeta, superada sólo por Dinamarca, Suiza, Noruega, Finlandia e Islandia, entre otros países cuyo Producto Interno Bruto es 40 veces superior al nuestro. La felicidad y las protestas no se llevan de la mano porque la felicidad suele suprimir ese otro “sentimiento de intenso enfado que provoca un acto que consideramos injusto, ofensivo o perjudicial” y que, generalmente, es la definición que el DRAE le da, en su primera acepción, al concepto de “indignación”. El amor iguala, solía decir un antiguo profesor de la Universidad de Cartagena. Y saco lleno no dobla, repetía una vecina.

Las razones de esa apatía se pueden rastrear, como la corrupción, desde el mismo momento en que los españoles pusieron su bota conquistadora en las nuevas tierras y empezaron ese proceso de cambiarles a nuestros indígenas las pepitas de oro por espejos y las tierras por biblias. Al final, nos recuerda Eduardo Galeano en una de sus memorables sentencias, los españoles se quedaron con el oro y las tierras y los indígenas con los espejitos y el libro “sagrado”.

La sumisión y el uso feroz de la fuerza han hecho siempre parte de este negocio, de otra manera no se podría explicar la presencia del catolicismo en espacios donde el cabro era un dios, los orishas tenían sus numerosos santuarios y las deidades indígenas los suyos. La sumisión sigue siendo hoy uno de los aspectos más valorados del cristianismo porque es leída bajo la lupa de la redención, el respeto y la fe. Sumisión y acatamiento son  hermanos siameses que llevan consigo las llaves del  Reino de los Cielos, un lugar al que nadie ha ido pero del que todos los cristianos hablan.

Si analizamos el asunto desde esta perspectiva, encontramos que el terrorismo, como otra forma de infundir miedo en el corazón de las sociedades, se encuentra en los cimientos de un catolicismo perverso. Cielo e infierno no son sólo coacción pura, sino también terrorismo psicológico para encauzar a los pueblos en una misma dirección y bajo los mismos preceptos. En política se practica desde tiempos inmemoriales. Y desde Alejandro Magno, pasando por los grandes emperadores romanos y dictadores como Stalin, Hitler, Kim Jong-il y guerreros como Gengis Kan, hasta llegar a déspotas de la política latinoamericana como Augusto Pinochet, Alfredo Stroessner, Estrada Cabrera y Rafael Leónidas Trujillo Molina, el mecanismo ha sido estruendosamente exitoso.

En Colombia se puso de moda en las décadas de 1940 y 1950 durante los gobiernos conservadores de Ospina Pérez y Laureano Gómez, y desató una violencia física que nos ha seguido hasta el presente. En los 1980 y 1990 fue encarnada por los poderosos carteles de la droga y reconocidos políticos que trenzaron alianzas con estos para obtener posiciones de poder. Pero ningún gobierno de la historia política colombiana le ha ganado en perversidad al del expresidente y senador que hoy programa marchas para acabar con el legado de Santos, que no es otro que haber convencido a la guerrilla de las FARC de abandonar la política de las armas para hacer política con discursos e ideas.

No nos debería sorprender, entonces, que el país del “Sagrado Corazón” haya sido gobernado por verdaderos y sanguinarios déspotas, llevados al poder por una masa de votantes profundamente religiosa que cada domingo llena las iglesias para la bendición del cura o del pastor, pero que mira al prójimo por encima del hombro y practica las tesis del sálvese quien pueda y del ojo por ojo. Tampoco nos debería sorprender el último ranquin del “World Happines Report”, que nos ubica entre las naciones más felices del mundo. No olvidemos la sentencia de Karl Marx “sie ist das opium des volkes” (“La religión es el opio de los pueblos”), pues en una traba eterna como la que vive Colombia desde la Colonia cualquier cosa es posible.

Twitter: @joaquinroblesza/ Email: robleszabala@gmail.com

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