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Opinión

  • | 2006/02/12 00:00

    El silencio de Belisario

    Aunque como Presidente, Belisario era supremo comandante del Ejército, no era ni mucho menos un experto militar, sino un poeta

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Veinte años después de los acontecimientos, el aniversario de la tragedia del Palacio de Justicia se le devolvió a Belisario Betancur con una particular virulencia. He sido la primera en criticar la forma como el ex presidente egoístamente resolvió meter, cual avestruz, la cabeza en la actividad cultural para alejarse de toda presencia política. Con el paso del tiempo, sin embargo, he entendido que con su actitud, Belisario se hizo una especie de haraquiri, de autolapidación. Se mandó a enterrar vivo, aunque los años más recientes le hayan sonreído en el otoño de su vida con un nuevo amor y con una autoridad de protagonista en materia de artes y de letras. ¿Por qué insiste en guardarse su versión sobre los hechos del Palacio de Justicia para unas memorias póstumas, como se dice que planea? Hasta la ministra de Comunicaciones de la época, Noemí Sanín, dijo en una reciente entrevista que trataría de "convencerlo" de que rompiera su silencio. Los familiares de los muertos y desaparecidos, encabezados por el respetabilísimo ex ministro Carlos Medellín, lo acusan públicamente de cobarde. Las versiones de los magistrados sobrevivientes no dejan duda de que la acción militar de la retoma del Palacio dejó muy graves interrogantes. Y Belisario, mientras tanto, se mantuvo callado en este nuevo aniversario, y sólo atendió a los medios para hablar de un tal "club de Madrid", mientras en Bogotá los hijos de los magistrados inmolados y de los desaparecidos de la cafetería, clamaban por vigésimo año consecutivo justicia, a los cuatro vientos. He llegado a la conclusión de que Belisario nunca pudo superar el estado de shock en el que lo dejó sumido su papel de mandatario de la época de la tragedia. Y quienes le exigen que hable, creen equivocadamente que el presidente sabe cosas que todavía no se le han revelado al país. Lo dudo. El operativo de recuperación de Palacio se basó en una absoluta falta de control que sorprendió hasta al propio presidente. Belisario tenía dos opciones: ordenar el operativo o negociar, y es muy fácil decir hoy, 20 años después, que si hubiera escogido el segundo camino, habría sido menos grave, porque nada peor que lo que pasó habiendo escogido el primero. Para empezar, en Colombia siempre han sido rivales la Policía y el Ejército. Y dada la orden de proceder, la primera entró al Palacio por el techo, y el segundo, con tanques, a través del primer piso. Como todas las tragedias de las guerras, el operativo que desencadenó esta no tuvo tiempo de planearse, de diseñarse, de consultarse ni de ejecutarse con cuidado. Se desbordó y quedó en manos de docenas de acciones individuales. Unos disparaban, otros caían desde helicópteros, otros avanzaban con tanques, otros accionaban cañones, granadas, volaban puertas y avanzaban hacia lo indescriptible: la muerte de los rehenes. Y ello muy probablemente por cuenta de un fuego cruzado entre los del techo, los del primer piso y los guerrilleros, como hay varios recientes ejemplos con costos políticos enormes. En Estados Unidos, el caso Waako, donde la fiscal Janeth Reeno fue responsable de un operativo para desalojar una secta religiosa, que se convirtió en un incendio que dejó más de 200 muertos, en su mayoría niños. O como el caso de una escuela en Chechenia, o de un teatro en Moscú, en el que los operativos dejaron una catastrófica cifra de víctimas fatales. Es el riesgo de toda acción militar en la que coinciden tanques, balas y civiles. Desde luego, Belisario no dio la orden de matar a los magistrados. Y si se dice que pudo haber evitado que volaran la puerta que produjo el fatídico desenlace, no veo a un Ejército torpe, enfrentado a una guerrilla aun más torpe y asustada, dudando entre volar una puerta para recuperar el dominio del edificio o preguntarle al Presidente de la República si era mejor timbrar o golpear amistosamente. En la época no había celulares. El presidente de la Corte, Reyes Echandía, intentó infructuosamente comunicarse por teléfono fijo con el presidente, pero en cualquier manual de secuestro lo primero que aconsejan es que se debe impedir la comunicación entre los rehenes y el responsable de tomar las decisiones finales del rescate o la negociación. Aunque en su calidad de presidente, Belisario era supremo comandante del Ejército, no era ni mucho menos un experto militar, sino un poeta. Estoy segura de que los acontecimientos lo sumieron en un estado catatónico, aumentado ocho días después con la tragedia de Armero. Era imposible que él previera el desenlace de los acontecimientos, la improvisación militar y el ciego desespero de quienes creían "estar salvando la democracia, maestro". Belisario ni siquiera sería capaz de explicar la desaparición de la gente de la cafetería. Por eso pienso que lo que ha hecho todos estos años es ahorrarse el oso de no poder decir algo distinto de lo que todos los colombianos, o sabemos, o intuimos, que pasó. ENTRETANTO?¿No habrá alguien que le explique a la pobre Almabeatriz que si según ella, las contraseñas que expide la Registraduría bajo su dirección no dan garantías para votar, menos pueden darlas para reclamar las cédulas de ciudadanía?
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