Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/06/26 00:00

El síndrome de los 13 balazos

Al presidente Pastrana también lo está marcando su propio síndrome de los 13 balazos, sólo que el suyo debe llamarse de los narcocasetes

El síndrome de los 13 balazos

Ad portas de un acuerdo para superar definitivamente el episodio del referendo y de la revocatoria del Congreso, vale la pena reflexionar sobre las razones que han mantenido la institucionalidad del país en vilo durante varias semanas en medio de una gran terquedad del primer mandatario.

La explicación puede estar en el llamado síndrome de los 13 balazos. Con este nombre se conoce el fenómeno que llevó a Ernesto Samper a gobernar cuatro años sin dejarse caer, a pesar de enfrentar las más graves críticas que pocas veces un Presidente de Colombia había enfrentado en la historia. Para muchos de los que todavía se preguntan cómo lo logró, cuando cualquier otro ser humano en sus circunstancias seguramente habría cedido ante los cuestionamientos morales de la opinión aceptando dejar su cargo o por lo menos sucumbiendo ante una fuerte depresión sicológica, la respuesta está ahí: en el síndrome de los 13 balazos.

Ese día, hace 11 años, en el muelle nacional del aeropuerto El Dorado, Ernesto Samper recibió 13 balazos cuando un asesino disparaba contra el dirigente José Antequera. El milagro fue que uno solo de esos balazos no hubiera acabado con su vida.

Una persona que, como él, logró sobrevivir a 13 balazos, jamás volvería a ser la misma de antes del atentado. Y su comportamiento durante el escándalo del 8.000 así lo puso en evidencia. Dominado por el síndrome mencionado, Samper debió tener presente en todo momento que después de las heridas recibidas, nada de lo que pudiera pasarle podía haber sido más grave. Es como si la Providencia, debía creer él, le hubiera salvado la vida para enseñarle cuán cerca se puede estar de la muerte, frente a lo cual todo lo demás se vuelve insignificante. Hasta tambalear en la silla presidencial ante el descubrimiento de cómo y quiénes lo sufragaron. Desde luego no tenemos la respuesta precisa, pero muy seguramente si Samper no hubiese conocido esa raya que separa la vida de la muerte, lo más grave de su existencia habrían sido los episodios del 8.000, que hubieran puesto a prueba su templanza de una manera más contundente y con unos resultados muy diferentes en su actitud de aferrarse a toda costa al poder.

Al presidente Andrés Pastrana también lo está marcando su propio síndrome de los 13 balazos, sólo que el suyo debe llamarse más apropiadamente el síndrome de los narcocasetes.

Temo no equivocarme al afirmar que los momentos más difíciles de la vida de Pastrana pudieron haber sido los días siguientes a la publicidad de los mencionados casetes, cuando el país reaccionó con incredulidad ante lo que ellos sugerían que había pasado en la campaña presidencial, y más bien volcó su indignación contra Andrés, a quien se acusó de hacer una pataleta de candidato derrotado.

A partir de ese momento Pastrana vivió largos momentos de angustiosa soledad, apenas rodeado por un par de amigos y, por cuenta de un hábil manejo del gobierno de entonces que nos hizo creer que Andrés estaba dedicado en Estados Unidos a “echar pestes” de Colombia, acusado hasta de apátrida.

Humillado, rechazado, tremendamente solo, esos penosos días marcaron desde entonces la vida política de Andrés Pastrana y cambiaron sus valores.

Pero a pesar de semejante adversidad, poco a poco los hechos acabaron dándole la razón. El desarrollo del proceso 8.000 hizo que los colombianos movieran el péndulo a su favor, hasta que después de perder en la primera vuelta contra Serpa terminara ganando la Presidencia en la segunda.

Ese triunfo lo llenó de algo que sus enemigos llamarían prepotencia y sus amigos una terca seguridad en sí mismo, que en la práctica significa una gran certeza acerca de sus juicios. Desde entonces Andrés Pastrana cree que sabe más que todo el mundo. Solo, en el desierto, cuando nadie creía en él, el que en el fondo tenía la razón era precisamente él. Y fue la extensión de este sentimiento la que lo llevó a la bochornosa terquedad que casi se traduce en su propia revocatoria.

En los comentarios a sus allegados queda confirmado de qué manera lo dominó el síndrome de los narcocasetes: “Acuérdense de que en ese episodio nadie creía en mí y yo tenía la razón”, se dice que les ha recordado en varias oportunidades durante estos últimos días. Por fortuna, en este caso parece haber imperado la sensatez del presidente Pastrana, mediando la impresionante autoridad y astucia políticas del ex presidente César Gaviria. (Ah! Lástima que en Colombia no exista la reelección presidencial!...).

Frente a las altas mareas que produjo la posibilidad de revocar el Congreso, este episodio debe servir para que Pastrana reflexione sobre el síndrome que lo aqueja, habiéndolo convertido en el Presidente más solo de cuantos lo han antecedido y a su gobierno en uno de los más herméticos y distantes de la historia.

Entretanto… ¿Qué diablos será lo que aconseja el consejero presidencial Jaime Ruiz Llano en este gobierno?

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