Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2004/07/04 00:00

El sueño de un policía

No hay derecho a que en Colombia todavía los policías en buen uso del retiro sean mirados con desconfianza. Gustavo Gómez escribe sobre el vía crucis de un ex agente que no ha podido cumplir el sueño de su vida.

El sueño de un policía

Yo quería ser policía. Y también astronauta. Pero más policía. De niño nunca soñé con ser una especie de Rosso José. Yo no quería ser el mejor oficial-policía del mundo; ni mayor, coronel o general. Aunque las traducciones mexicanas de las series de televisión gringas hablaban de ellos como 'oficiales', yo admiraba y envidiaba profundamente a los agentes de policía, los de la patrulla, los de barrio, los que le ponían el pecho a la acción, los que habían jurado "proteger y servir". Hubiera dado todo por ser un McCord como el de Área 12 o un Renko igual al de Hill Street Blues. Pero no se pudo. Cuando comencé a estirarme, me alejé de la aséptica televisión norteamericana y me acerqué a la nuestra, la de la cruda realidad, y descubrí que, aquí, en Locombia, a los agentes no les alcanza el sueldo para vivir como las personas valerosas que son, que se las ven a gatas para pagar colegios, agua y luz, y que viven en los mismos barrios de la escoria que persiguen. Que aunque la quincena no dé para comprar la pipeta de gas para su casa, en el trabajo siempre habrá un desalmado dispuesto a tirársela por la cabeza repleta de muerte.

Hace unos días conocí a otro soñador. Fue agente de policía por 20 años, cuando los agentes eran agentes, y no como ahora, intendentes o subintendentes, o qué sé yo. Aún usa uniforme, pero no el verde casi militar de nuestros policías, sino un tono crema de cierta empresa de vigilancia con la que se gana la vida honestamente. Pero no es lo suyo. Yo quería ser policía, él no; yo quería ser policía y no lo fui, él sí.por necesidad. Un tío, agente pensionado, lo llevó al comando de Pasto en 1981 y lo convenció de hacerse policía. Lo recibieron de inmediato porque era bachiller y en esa época la oficialidad estaba obsesionada con subirle el nivel académico a la Fuerza. Hizo el curso en Barranquilla, y lo mandaron a Bogotá, donde, después de tenerlo un tiempo en las calles, decidieron aprovechar su bachillerato en tareas de oficina. Allí conoció a una buena amiga que lo puso a estudiar. En los ratos libres sacó adelante un título técnico. Y la amiga, que cada vez era más amiga, le pidió que siguiera estudiando y lo animó a matricularse en ingeniería. Lo hizo, y se graduó. Comenzó el vía crucis: pasó los siguientes años haciéndoles las tareas administrativas a muchos oficiales que lo exprimieron para quedarse ellos con los honores, y, además, tuvo que lidiar con la envidia de los otros policías, que no le perdonaron el 'delito' del estudio.

Desde que se retiró de la policía está en la lucha de cumplir el sueño de ejercer su carrera. No ha podido. Le sucede algo que es una vergüenza para este país: muchas empresas no están interesadas en vincular ex agentes de policía. Desconfían de ellos, piensan que están repletos de mañas, dudan de su rectitud y honestidad. Y se lo han "cantado" de frente, sin rodeos: cuatro veces ha presentado entrevistas con petroleras y ha superado las pruebas físicas y técnicas, pero siempre hay un gerente o administrador que lo veta por haber sido agente. Ha tratado de ser jefe de mantenimiento en dos hoteles, pero lo que le dijeron en uno lo resume todo: "¡Huyyyyy... usted es policía!". Ni siquiera se toman el trabajo de verificar su comportamiento y hoja de vida con la institución. Fue policía. Es policía para siempre. Está marcado.

Mientras en otras latitudes el hecho de haber estado en las calles, de haber portado el uniforme, de haberse expuesto a la muerte es garantía de respeto y de un futuro laboral después del retiro, aquí, en esta deliciosa republiqueta tropical, los ex agentes son vistos con desconfianza, tratados con distancia y laboralmente segregados.

El hombre que me contó esta historia es un tipo honesto. Lo sé porque yo sí les creo a los policías y, sin perder de vista a las manzanas podridas que hay en todo canasto, les guardo el respeto que este país les debe. Y como escribí esta columna no para contar el sueño que no pude cumplir sino el sueño que mi amigo no ha podido vivir, quisiera que me escribiera a mi e-mail alguien que pueda aprovechar en una empresa su preparación y honestidad, y que me diga que va a recibirlo, que va a entrevistarlo y que va a sentirse orgulloso de tener entre sus empleados a un policía. Ese es ahora mi sueño.

*Editor de la Revista SOHO

ggomez@soho.com.co

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