Domingo, 22 de enero de 2017

| 2008/10/04 00:00

El taxista expiatorio

No es posible mostrar que se paraliza el país ante el asesinato de un niño. Un país en el que se asesinan, en medio de la indiferencia general, a cientos de niños al año.

El taxista expiatorio

Todos los noticieros del martes por la noche le dedicaron la totalidad de su tiempo a una sola noticia: el asesinato de un niño de 11 meses por su padre en Chía. Los presentadores y las presentadoras ponían sus caras más compungidas, soltaban sus comentarios más cursis, daban a sus voces los acentos más patéticos, con trémolos y todo. Clamor nacional, decían. Dolor en Chía, en Colombia y en el mundo. Hacían declaraciones los vecinos, los transeúntes, las autoridades locales y nacionales. El Fiscal General de la Nación abandonó por un momento sus investigaciones de la para-política, de la narcopolítica, de la farcpolítica, para salir en pantalla a llamar "hiena" al presunto asesino y pedir para él 60 años de cárcel. El presidente del Congreso propuso que se hiciera un referendo para instaurar la cadena perpetua. Se organizaron marchas de protesta, con banderas de Colombia y camisetas blancas. El gobernador de Cundinamarca ofreció recompensas en metálico. A las calles salieron procesiones de niños de colegios con velas encendidas y cánticos religiosos. "Los colombianos no se reponen de la pérdida de Luis Santiago", se lamentó un locutor. Otro clamó: "¡Que nos devuelvan a Luis Santiago!". Otro pidió que se recogieran firmas para la pena de muerte. El Gaula entró en alerta general. Un alto oficial de la Policía, interrogado sobre los planes de contingencia de la Fuerza Pública para enfrentar la tragedia, respondió:

—Vamos a hacer una misa campal.

Y la televisión (y supongo que la radio también) siguió azuzando la histeria colectiva, hasta el punto de que el habitualmente demagógico Presidente de la República consideró necesario calmar un poco los ánimos de quienes ya estaban pidiendo el linchamiento público del presunto asesino. Y salió al aire para decir que aunque el crimen era "una afrenta a la Nación" no se podía olvidar que "Colombia nunca ha sido amiga de la pena de muerte".

¿Que no? Ese mismo día se habían sabido detalles sobre no menos de treinta "ejecuciones extrajudiciales" y "falsos positivos" con desaparecidos asesinados en Ocaña, Montería y Popayán, y en varios pueblos de Antioquia y Sucre.

Después de los anuncios publicitarios, que son sagrados, la alharaca prosiguió. Los noticieros empezaron a hacer un recuento detallado de lo que llamaron el calvario de la madre del niño asesinado, de la tía, de los vecinos del barrio, de todo el pueblo. Fueron convocados juristas, curas, expertos siquiatras para que dieran su opinión sobre esta "sociedad enferma" en la que los padres son capaces de matar a sus hijos (y los hijos a los padres, no lo olvidemos, y los hermanos a los hermanos). Les recomendaron a los padres que les prohibieran a sus hijos ver en la televisión noticias y pornografía.

Por algo lo dirían los expertos: ese mismo noticiero en el que estaban participando era pura pornografía. Para completar el espectáculo, el Presidente de la República decidió asumir de nuevo el protagonismo presentándose en Chía para hacerse filmar con la familia (materna) del niño Luis Santiago, acariciándole la barbilla a una niñita: "La querida Carolina, con la mamita de ella, con los abuelitos, con el pueblo colombiano, con el señor alcalde, con el apreciado gobernador...".

Pero además de oportunista y pornográfico, el montaje me pareció grotescamente desproporcionado. No es posible mostrar que se paraliza de golpe el país entero ante la noticia del asesinato de un niño: un país en el que se asesinan en medio de la indiferencia general cientos de niños al año (en lo que va corrido de 2008, nada menos que 123 menores de 4 años). Un país en el que se obliga a millares de niños a trabajar en las minas de carbón o en los burdeles de turismo sexual, en donde hay paramilitares que confiesan tres mil asesinatos pero son extraditados por delitos de contrabando, en donde cada día se destapan diez nuevas fosas comunes clandestinas, en donde la violencia genera mil quinientos refugiados diarios. No recuerdo en la televisión colombiana nada parecido desde la catástrofe de Armero, hace más de veinte años. Pero al margen de que aquella noticia sí tenía verdaderas dimensiones de tragedia (veinte mil víctimas, cuando esto de ahora, al fin y al cabo, es sólo un niño muerto), el gobierno de entonces tenía un interés inmediato en hacer olvidar los cadáveres todavía humeantes de la sangrienta toma y contratoma del Palacio de Justicia. Y por eso también fue explotada pornográficamente la agonía de la niñita Omaira ("nuestra querida Omaira", como la llamaba en la televisión el presidente de la época.

¿Qué será lo que oculta esta vez el despliegue inusitado de los noticieros?

Porque no puede ser que se hayan puesto de acuerdo los presentadores de noticieros y los juristas y los políticos y los siquiatras y los vecinos de Chía y el Presidente para castigar colectivamente a un taxista culpable de asesinar a un niño. Y convertirlo, literalmente, en el chivo expiatorio de todos los pecados del pueblo de Colombia.
 

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