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Opinión

  • | 1989/07/10 00:00

    EL TELEFAX, LA CICLA, PEKIN

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"¿Quién puede ver las estrellas con las luces encendidas?" (Ray Bradbury)
El teléfono, como lo escribí alguna vez en esta misma página, acabo con las viejas y hermosas ventanas que servían de medio de comunicación en el vecindario.Pero como todo el que la hace la paga, ahora el telefax esta acabando con el teléfono. Bien hecho: el que a hierro mata no tiene derecho a morir en su cama.
Algún perspicaz, de esos que nunca faltan, dice que el telefax es la venganza de Gutenberg contra la tecnología, porque despues de tantas maravillas, de tantos inventos y hallazgos, de tantos descubrimientos y avances, de tantos japoneses estrechandose los ojos en los laboratorios, hemos desembocado en el telefax, que no es mas que la consagración -otra vez, como en los tiempos de Maguncia- de la letra, la palabra impresa, la tipografía.
Mc Luhan pronosticó que el mundo sería, como lo es, una aldea universal, una especie de San Bernardo del Viento pero descomunal, en el que no habría secretos ni misterios. Huxley llamaba al planeta un caserío global. Es lo mismo que dice mi madre, que no es tan culta como ellos, pero tiene más sentido común. "El mundo es un pañuelo", dice ella, asombrada."Basta con doblarlo en cuatro partes para que las puntas se encuentren".
Ahí está, para no ir muy lejos, el ejemplo de China. La nación más poblada de la Tierra decide un día sublevarse en una plaza que tiene nombre de poema, en el corazón de Pekín. Se llama Tiananmen, que quiere decir puerta de entrada al cielo. Y como si fuera aquí mismo, a la vuelta de la esquina, las noticias nos llegan en oleadas, en ventarrones, cada minuto. Aunque el gobierno, que cree ingenuamente en el triunfo de los decretos sobre los satélites, prohiba la transmisión de informaciones. Nada detiene las comunicaciones. Ni un carro blindado ni la cultura milenaria de Confucio.
Pero también es verdad que la poesía está por encima de todo, más allá de la guerra y del satélite, a salvo de los cañonazos, al otro lado de los soldados que disparan contra la muchedumbre y de los estudiantes que piden democracia. La poesía, que es la más bella condición del hombre, es lo único que explica este episodio prodigioso que escuche la otra mañana.
Desde Bogotá,haciendo malabares de técnica y talento profesional, unos periodistas lograron comunicarse telefónicamente con la embajada colombiana en la capital china. Entrevistaron a quince estudiantes de ciudades tan diferentes como Soacha, Cali, Sonsón y Sincelejo, que estaban becados en Pekín y tuvieron que refugiarse en la embajada, acosados por el tiroteo callejero.
Uno de ellos era una muchacha antioqueña, doctora en lenguas modernas.Los reporteros radiales la pusieron, al aire, en comunicación con su madre en Medellín.
-¡Mamita! --exclamo la joven, emocionada, al oir la voz tan familiar al otro extremo del mundo.
Su madre, con un nudo en la garganta, le dijo:
-Mi amor:¿ recibiste los brasieres que te mande con Tita?
Los que estabamos oyendo, maravillados, aquel diálogo en público, no pudimos aguantar una sonrisa: el imperio más viejo de la historia se está desmoronando a pedazos, su hija se encuentra allí, en el corazón de la tormenta, y los habitantes del planeta entero desean saber que es lo que pasa en Pekín, pero a aquella señora paisa, poeta hasta la médula, poeta de la vida, lo único que le importa es saber si su niña recibió los brasieres hechos con telas antioqueñas que ella le mando.
La poesía, así el telefax se empeñe en acabar con ella, es eso.
Es, por ejemplo, la historia que Vicente, Durán y Urrutia me hicieron contarles de nuevo, a la hora del almuerzo, un lunes reciente
Era un campesino cordobés, de los que siembran arroz en las cienagas donde anidan las garzas. Un día mi compadre Felipe Espítia Petro fue a Lorica a registrar a su hijo en el colegio del padre Bersal. Lo matriculó y le consiguió una pieza en la pensión de los Violita. El muchacho, que era un garañán de dos metros y terco como todos los hombres de su estirpe, se empeño, sin oir razones, en que necesitaba una bicicleta para ir de la casa a la escuela. Eran veinte cuadras, muchas para andar a pie, pocas para andar en carro. En la vitrina del almacen de los Sanchecé, padre e hijo miraban una cicla reluciente. El viejo se negaba a comprarla. El hijo lloraba a moco tendido, agarrado de la pared, hipeando con ganas.
-Cómprele la bicicleta al muchacho, compadre Felipe --intervino Eugenio Sánchez, que había visto la discusión.
-¿Cuanto vale? -pregunto el padre con desconfianza.
-Tres mil pesos - le dijo el comerciante.
-Con esa plata -comento aquel campesino socarrón- me compro una vaca.
-Me gustaría ver a su hijo- lo reconvino Sánchez, sonriente- llegando al colegio montado en una vaca.
-Y a mí me gustaría verlo a usted -dijo Felipe- ordeñando esa bicicleta...
Contra eso, contra el sabor verdadero de la vida, contra un hombre como Felipe Espítia Petro o como la señora de los brasieres de Medellín a Pekín, no hay telefax que valga. La ciencia se estrella. Se revienta la tecnología.¡ Viva Gutenberg, abajo el telefax!
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