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Opinión

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Hace unos cuantos días el diario El Tiempo publicó a toda página un relato del doctor Carlos Obando Velasco, antiguo ministro, antiguo embajador, y hombre serio. Decía Obando que hace siete años los entonces jefes del DAS y de la Dijin, generales Miguel Maza Márquez y Oscar Peláez, ordenaron un atentado contra él en el que por milagro no perdió la vida, pero sí un ojo. Los acusados se limitan a encogerse de hombros: Maza dice que no sabe quién es Obando, y Peláez dice que no se acuerda. Y ahí para la cosa. Nadie investiga: ni los organismos policiales de investigación, ni la Fiscalía, ni los periodistas investigativos. Nadie opina siquiera. Y Carlos Obando queda como un imbécil. No lo es. Es algo mucho más raro en Colombia. Un hombre que tiene el valor civil de denunciar por tentativa de asesinato a dos generales de la Policía. Y nadie le hace caso. Es grave. Es grave, en primer lugar, el atentado contra Obando, y los curiosos detalles que según su relato lo rodearon: la volatilización de la denuncia presentada en su momento en un juzgado y en un CAI de la Policía; la desaparición de los testigos del atentado; la evaporación del que Obando designa como autor material del atentado: un tal "teniente Paredes" del DAS, del que nadie sabe nada. El propio Obando, antes de recibirlo, y de recibir de él dos o tres tiros, se cercioró de que efectivamente trabajaba en los servicios secretos del Estado. Pero el general Peláez dice que no lo recuerda con el peregrino argumento de que por esos servicios pasa mucha gente. Y es grave que pase tanta gente por los servicios secretos sin que lo sepa nadie. Pero más grave todavía es que el frustrado y nunca investigado atentado contra Carlos Obando formara parte, tal como él lo denuncia, de una trama de tinieblas urdida por los generales Peláez y Maza Márquez, jefes de la Dijin y del DAS, para encubrir otro exitoso atentado anterior: el que le costó la vida al vencedor anunciado de las elecciones presidenciales de 1990, Luis Carlos Galán. Porque a Obando intentaron matarlo por haberse negado a retirar su testimonio favorable a Alberto Hubiz Hazbum, asesino 'oficial' de Galán según los dos generales, cuya inocencia sólo fue reconocida al cabo de tres años de prisión. Nadie les ha pedido cuentas a Maza y a Peláez por su extrañísimo empeño en inventar a toda costa un falso culpable del asesinato de Galán, en contra de todos los testimonios (como el de Obando) y de todas las evidencias (salvo las fabricadas por sus propios servicios). Nadie ha intentado averiguar por qué, al empecinarse en condenar a Hazbum, Peláez y Maza estaban protegiendo al asesino verdadero. Y si sabían quién era, no lo han dicho. O bueno, sí: han dicho que era Pablo Escobar, el cual lo negó siempre. En el reciente libro de Gabriel García Márquez cuenta Alberto Villamizar que el célebre narcotraficante, que reconocía sin empacho otros delitos de sangre, insistía en su inocencia con respecto al asesinato de Galán: "Al doctor Galán lo quería matar todo el mundo", decía, "pero yo no podía oponerme". Sin embargo, sigue siendo lo más cómodo, lo más fácil, culpar a Pablo Escobar de todos los crímenes cometidos en su tiempo, desde el holocausto del Palacio de Justicia hasta los 14 balazos que recibió el actual presidente Ernesto Samper por abrazar al dirigente de la Unión Patriótica José Antequera precisamente en el momento en que los servicios secretos lo estaban matando. Tan fácil, tan mecánico resulta acusar a Escobar de todos los muertos, que hasta García Márquez le achaca en su libro la muerte del abogado Guido Parra, asesinado precisamente por sus enemigos: los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), ese grupo narcoparamilitar que mataba gente en Medellín con la financiación del cartel de Cali y la coordinación de la Dijin y del DAS y del Bloque de Búsqueda. Ahí está lo más grave de todo. En Colombia nadie quiere saber de verdad quién mató a quién. Por eso no se investiga -ni por la Fiscalía, ni por la prensa- el atentado contra Carlos Obando. Por eso el actual presidente Samper no intenta investigar quién asesinó a un par de millares de dirigentes y militantes de la UP y le dejó a él, de pasada, 14 tiros en la barriga: porque ni siquiera las propias víctimas quieren saber de verdad qué les pasó. Y un país que no quiere averiguar por qué le pasa todo lo que le pasa se merece que le pase lo que le pasa.
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