Martes, 24 de enero de 2017

| 2000/11/13 00:00

El tiempo de los demás

Gran vanidad asiste al que abusa del tiempo ajeno y se proyecta a épocas que no le pertenecen.

El tiempo de los demás

Una de las cosas más respetables es el tiempo de los demás. Y no me refiero solamente a ese recurso no renovable de cada minuto, de cada hora y de cada día, que si perdemos es a voluntad, pero que no queremos que nadie nos lo haga perder.

Respetar el tiempo ajeno no es solamente no interrumpir en lo cotidiano sino tampoco irrumpir en el turno de otros, en la época, si se quiere, de los que vienen después. Cada cual y cada generación tiene su propio tiempo, el cual pasa, como pasa todo lo que discurre en este mundo. No hay épocas mejores, aunque los modernos siempre se consideren privilegiados. Y cada época debe dejarse a sus actores.

La oportunidad que tienen ‘los otros’ de desempeñarse a su modo es, sin ir muy lejos, la razón potísima de nuestra muerte. Morimos para dejar espacio y muy seguramente para permitir la evolución y el progreso. Una modalidad bien común del orgullo humano es la de querer perpetuarse, la de no pasar, la de proyectarse, bien sea en la descendencia o en obras perdurables. Fue el poeta Horacio, quien proclamaba el non omnis moriar o ‘no moriré del todo’, referido a que gran parte de él mismo evitaría el sepulcro, sin duda muy valido de su obra literaria.

Pero así como se debe permitir que otros vivan su propio tiempo, hay que dejar vivir en el presente a todos. Y no solamente, y con plenitud de derechos, a los jóvenes sino también a los mayores, a los que un comentarista local de temas urbanos ha llamado “los viejos habitantes de Bogotá”. No es posible decir que se construye una ciudad acomodada a la juventud, desestimando la opinión y la calidad de vida de quienes aún pertenecen al mundo de los vivos. Y es el estar vivo, así sea como un modesto hombre de la calle, lo único que, al parecer, puede reclamar una generación perdida, como es hoy la de los mayores y ancianos, en época de juventudes vanidosas de serlo y ansiosas por imponerse.

En concordancia con que otros vivan el futuro, lo más lógico es permitir que las definiciones que correspondan a su tiempo las tomen esas generaciones que han de venir y actuar en circunstancias harto diferentes. De ahí que resulte tan inapropiado que un funcionario de hoy convoque a una consulta popular para tener efectos el día de mañana —y un día de mañana bien lejano—, concretamente 15 años más tarde.

Una convocatoria de esta naturaleza no puede menos de ser demandada ante las autoridades judiciales, por medio de alguna acción cívica, como extralimitación de funciones. Y como si fuera poco, desnaturaliza la esencia constitucional de la consulta, sin duda creada para resolver asuntos inmediatos de la administración, aunque el desentendido constituyente del 91 se limitara a enunciarla.

La impaciencia juvenil de un mandatario local, que ya luce barbas blancas, no puede llevarnos a los que no estamos en el rito de su adoración (ni caemos postrados ante imágenes que son manchas de humedad), a épocas futuras bajo la coyunda de su ánimo dominador. Otros vendrán, por fortuna a suplirlo y otros decidirán, por sí mismos, si esta ciudad hechiza de las bicicletas habrá perdurado y si el transporte público se habrá solucionado de tal manera que pueda prescindirse de la circulación de vehículos no colectivos.

Deberían pronunciarse el Consejo de Estado o la Corte Constitucional sobre este abuso relativo a la vigencia del mandato. Sobre esta convocatoria a una consulta para el más allá. Sin ir muy lejos en la comparación, parecería como si alguien se lanzara de candidato a un puesto de elección, no para el período inmediatamente siguiente, sino para otro muy posterior, predeterminando las decisiones populares. Gran vanidad asiste al que abusa del tiempo de los demás y se proyecta, por medio de leyes, para épocas que no le pertenecen.

Quién sabe si el juicio de la historia, ese sí en el más allá del tiempo, sea favorable a discutibles obras, a gastos hoy no suficientemente medidos ni cuantificados, a conveniencias o inconveniencias de transformaciones, hechas para el momento actual y para las cuales hubiera sido necesaria una consulta popular. Preguntarle, por ejemplo, al ciudadano, si prefería un transporte humeante y de superficie, en lugar de emprender la obra del tren metropolitano. Por el contrario, todos fuimos sorprendidos con el gigantesco proyecto de transporte público, como nos sorprende cada día el asalto obstructivo de las calles e intersecciones de la ciudad.

La ventaja del tiempo es que pasa. Ya sólo le restan dos meses al actual fujimorato bogotano, que, de paso, ha dejado cercados de contratos a los sumisos candidatos a sucederle, para cuya financiación están escanciados los fondos. Lo cual demuestra que se gobernó abusivamente, abarcando un tiempo que correspondería a los otros.

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