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Opinión

  • | 1996/02/26 00:00

    EL TIEMPO SE ACABO

    AMBOS BANDOS SE EQUIVOCAN: SAMPER NO SE CAE A LOS SOMBRERAZOS, NI SE QUEDA SI NO HAY UN JUICICO DE VERDAD

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LA DENUNCIA DE FERNANDO BOTERO precipitó los acontecimientos en catarata, y los ojos de los colombianos miran ansiosos al presidente Samper para ver cómo demonios se sale de un embrollo que parece a todas luces inmanejable. El despelote cada vez coge más cara de volverse general, radical y, lo más grave, irreversible.
Algunos sectores los gremios, entre otros proponen que el Presidente se tome una licencia temporal, solución que me parece una locura. Aparte de que los intereses del presidente en ejercicio y el presidente suspendido chocarían con una fuerza colosal, el conflicto podría ser aún mayor en caso de que Samper fuera absuelto de sus cargos y golpeara en la puerta de la Casa de Nariño para reasumir sus funciones.
La nueva tónica del gobierno, de querer arrastrar a De la Calle en su destino, cualquiera que sea, demuestra que la fórmula de los gremios es impensable.
Otro grupo poco serio es el de aquellos que han dicho desde el comienzo que intuyen o tienen lo que llaman "la certeza intima " de que Samper es culpable de lo que se le acusa. Ellos no tienen derecho a pedir ahora su cabeza, argumentando que el ambiente es demasiado espeso para seguir gobernando, pues el clima está enrarecido gracias a que sus tesis hicieron carrera, sin que hubiera una demostración judicial previa.
Lo curioso de todo esto es que los colombianos nos hacemos matar por el derecho al debido proceso para cualquier criminal de baja estofa, pero no hemos sido capaces de escuchar la defensa del Presidente de la República. Yo sí la quiero oír. Al menos por curiosidad. Me parece insólito que el juez definitivo sea Fernando Botero, porque no tengo elementos de juicio para establecer qué hay de cierto o de falso en su teatral y explosiva confesión.
El fiscal Alfonso Valdivieso dijo el jueves pasado que el juez del Presidente tiene que ser el Congreso y, eventualmente, la Corte. Sin embargo la gente cree mucho más en el propio Fiscal que en las otras dos instancias. La combinación perfecta sería la de utilizar el juez que la ley señala, pero con la presencia del Fiscal como garantía de seriedad del proceso.
Un mecanismo que podría funcionar sería que el Fiscal le entregue al Congreso, muy pronto y en público, todo lo que tenga contra el presidente Samper y que diga cuál es su conclusión sobre todo el asunto. Y que el país oiga la defensa del Presidente y saque sus propias conclusiones, para que arran que un debate rápido y serio, a la vez jurídico y político, sobre la responsabilidad del Presidente por los nexos del narcotráfico con su campaña electoral.
Si hay una fórmula legal que lo permita, me encantaría ver al propio Ernesto Samper defender su caso ante el Congreso y controvertir a la luz del día todas las acusaciones en su contra, con detalles de modo, tiempo y lugar. La instalación de las sesiones extras puede ser esa ocasión.
Para que ese proceso tenga algún grado de credibilidad la desprestigiada Comisión de Acusaciones tendría que limitarse a trasladarle el expediente a las plenarias, endosando las valoraciones del Fiscal, para arrancar un verdadero juicio, público y político. Entiendo que existen los mecanismos jurídicos para respaldar esta maroma.
El Congreso se convertiría, así, mucho más en un escenario de discusión nacional con base en pruebas reales aportadas por la Fiscalía que en una instancia investigativa, que es lo que la gente teme. Con la supervisión de la Fiscalía y de la opinión pública, sería muy difícil que hubiera un fallo contra toda evidencia. Y, aun en el caso de que lo hubiera, una absolución amañada sería rechazada de manera automática por la gente, y el Presidente caería de su cargo sin remedio.
Pero el tiempo se acabó y el país está demasiado radicalizado. Para unos, la suerte está echada v una fórmula como ésta le daría oxígeno a un Samper moribundo. Para otros, esto le otorgaría una ventaja a los enemigos del Presidente, lo que implicaría su crucifixión y la muerte de su gobierno en medio del escarnio público.
Pero vale la pena hacerles un llamado a unos y a otros. A los ingenuos que crcen que el presidente Samper está a punto de salir a sombrerazos, recordarles que cuando los gobiernos mueren de asfixia no caen fulminados en el acto, sino después de una agonía larga y dolorosa que acaba por hacerle daño a todo el mundo.
Y a los defensores a ultranza del gobierno que están practicando una resistencia ciega y de trinchera habría que hacerles ver que la ingobernabilidad se va haciendo irreversible, aun si las acusaciones son injustas. Por ese camino lo único garantizado es la pérdida inevitable del poder, y en esa dirección se ha avanzado más trecho del que ellos mismos alcanzan a sospechar.
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