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Opinión

  • | 1999/05/31 00:00

    EL TIRANO AMABLE

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con un maluco parecido a Stroessner, fue Hernando Santos, a mi modo de ver, un dictador.
Quizás para sus amigos, es decir, la alta cúpula social y política, el dictador bueno, con el que han soñado
algunos pensadores políticos. Pero no desde el gobierno, ni ejerciendo el poder directo sobre tropas o
dependencias administrativas, sino desde la dirección absoluta del gran imperio periodístico, que ya en 1934,
describió Juan Lozano como una "tiranía resentida". ¿Qué tan bueno era Hernando Santos? Tanto como se
haya dicho y sin entrar a juzgarlo en su conciencia, era, por lo pronto, muy bueno con los suyos, los cuales
se volcaron a su muerte en afectuosas palabras, de la llaneza de quien deja razones domésticas en la nevera
de la casa. Y así aparecieron en el periódico familiar vocablos como: 'Nando', 'Nano', 'Gran tío', 'abuelo',
'Peluso', respetables apelativos privados, que hizo públicos, por estos días, una familia ya del todo
encajada en la vida nacional. Se pasó de bueno Hernando Santos, también, con los presidentes de
Colombia, desde el general Rojas, a quien el liberalismo se apresuró a apoyar, porque destronaba al titular
constitucional del partido contrario. Todos los últimos presidentes fueron en cierta forma suyos, como se lo
confesó en insólita ocasión a Lorenzo, con excepción, dijo, de Belisario Betancur. A López Michelsen lo
rescató del borde del abismo y a Samper le preparó la salida, y luego la permanencia, y luego nuevamente
la salida y finalmente la permanencia en el poder. Bueno fue con toreros y artistas amigos y con todos
aquellos y aquellas que se sometieron a su férula paternalista. Promovió a los que quiso y desestimó a los
que no se avinieron con él. Se le veía tan sencillo como dominador, irónico, cínico, descomplicado, pues no
tenía problemas consigo mismo ni con los suyos. Otros los tenían con él, o en cierta forma dependían de
su incierta voluntad. Fue el gran déspota _dicen que amable_ de esta segunda mitad del siglo en Colombia.
Bueno y llevadero lo fue para sus colaboradores cercanos, por la calidez del trato y la bonhomía que
trasuntaba su misma figura de gordo bonachón y dicharachero. Debió ser un buen jefe, sin duda. "Eso lo
lloran", como reza la canción vallenata. Lástima de Hernando Santos, tan amigo de sus amigos. Tan dueño
de su periódico, tan señor de la vida nacional. Lorenzo no fue cercano al gran director. Fue, más bien,
contradicho por él gratuitamente y su contradictor. Si se me pregunta por Osuna, el caricaturista, pienso
que contribuyó a resaltar su figura, colocándola en su sitio dentro de la escena política. Extrayendo de un
relativo anonimato gráfico aquella maciza cabeza, su enorme expresión superdentada, sus ojos
achinados y los dos mechones tipo Ben Gurion. Pierden mucho las caricaturas con la desaparición de
este hombre, que vivió también en aquel mundo imaginativo. Santos mismo, un poco a la defensiva, solía
decir que le molestaba no salir dibujado, que "se ponía furioso" si no lo sacaban, así fuera como "el supremo
desorientador de la vida colombiana" (frase que pertenece, más bien, a la descripción que de El Tiempo y
de Eduardo Santos hacía Juan Lozano y Lozano, en 1934). Descansa ya en paz quien nos antecede en la
suprema definición de lo humano. No se esperen de este columnista frases hipócritas. Fue, no me cabe la
menor duda, un colombiano eminente. Fue el otro Santos, y me refiero al magnífico parangón que hizo
Antonio Caballero de Eduardo y Hernando Santos, en esta misma revista. Y yo agregaría que fue el otro
'Tío' para quien se irá consolidando como el principal heredero de la dirección periodística, Enrique Santos
Calderón. Con el fallecido director, de cuya tiranía tuve algo que sufrir sin haber trabajado nunca a su
lado, sólo me une la condición humana de morbilidad y mortalidad. Y me angustia su partida. El poeta
latino, que vivía en una quinta cerca de Roma, reflexionaba sobre la muerte en hermosos hexámetros,
como estos que pobremente traduzco: "La pálida muerte con el mismo pie golpea en la choza del
pobre y en la torre del que reina". Qué falla.
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