Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2009/05/27 00:00

El TLC y el patrioterismo

Al tratar el TLC como un asunto de orgullo nacional se ha impedido una discusión seria sobre los pros y contras de firmar el trato.

Gabriela Perdomo

La agenda económica de Colombia ha estado fuertemente concentrada en asegurar tratados de libre comercio en los últimos años, lo que no es nada raro; decenas de países están haciendo lo mismo. Lo que sí es extraño es la manera como se está abordando el tema. Poco a poco, los acuerdos comerciales, especialmente el posible Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, se han convertido en tema de patriotismo puro.

O más bien patrioterismo. En Colombia no hay un debate serio sobre por qué y para qué se necesita el TLC con Estados Unidos. Más bien, la narrativa oficial es que este es un asunto de supervivencia y que Colombia “se merece” que se apruebe el acuerdo comercial, como si este fuera un derecho fundamental del país.

La tontería de este argumento se hizo evidente el año pasado, durante la campaña presidencial en Estados Unidos, cuando una encuesta informal del periódico The Economist mostró que Colombia era el único país en Latinoamérica—y casi que en el mundo—en donde más gente apoyaba al republicano John McCain que al demócrata Barack Obama. Decenas de lectores comentaban en la página web de la revista que apoyaban a McCain porque “Obama está en contra del TLC”, y entonces concluían que “no quiere a Colombia”.

Es decir, el mundo entero estaba emocionado y conmovido por la llegada de un mulato a la Casa Blanca, por el fin de la era de Bush, por la victoria de un hombre joven e inteligente que llegaría a liderar al país más poderoso del mundo; un momento histórico de enormes consecuencias. Pero en Colombia lo que importaba era que llegara a Washington un Presidente que apoyara el TLC.

Sin denigrar los esfuerzos que se han hecho a favor del tratado—hay quienes creen honrada y firmemente en los beneficios del TLC para el país—es hora de reconocer que la propaganda oficial ha distorsionado el tema del acuerdo con Estados Unidos, evitando que haya una discusión seria al respecto. En el afán por convertir el TLC en un asunto de orgullo nacional se han acallado las voces de decenas de críticos que tienen argumentos válidos y suficientes para impulsar una verdadera discusión sobre los pros y contras de firmar el trato.

El punto más discutido en público, y el más delicado de las discusiones con el Congreso de Estados Unidos que aún no aprueba el TLC, es el de la seguridad de los trabajadores y las organizaciones sindicales. Como lo temían los seguidores de McCain, entre los demócratas hay reservas frente a la aprobación del tratado porque creen que en Colombia no se garantizan los derechos de los trabajadores y que los sindicalistas corren peligro de ser asesinados. Lo cual es cierto.

El tema es espinoso y altamente político. Como toca un nervio de la realidad nacional, mucha gente cree que al apoyar el TLC frente a la intromisión de los congresistas estadounidenses, es apoyar al país. Pero ahí es cuando se pierden otros argumentos que también deberían hacer parte de la discusión sobre los beneficios y desaciertos de las negociaciones del acuerdo.

Uno de los críticos más vocales contra el acuerdo comercial es Joseph Stiglitz, premio Nóbel de Economía y antiguo jefe del Banco Mundial, quien lleva años advirtiendo de las injusticias del TLC colombiano. Entre otras cosas, Stiglitz ha denunciado el interés de las compañías farmacéuticas americanas en asegurar la protección de sus patentes en este acuerdo para que las medicinas genéricas—las más baratas que sí pueden pagar la mayoría de los colombianos—no les hagan competencia y salgan del mercado.

Como la firma del TLC se ha convertido en una bandera del presidente Álvaro Uribe, y su gobierno le ha invertido tanto tiempo, recursos y propaganda al asunto, la mayoría de los colombianos asumen que el acuerdo debe ser bueno para el país. Por antonomasia, quienes se oponen al tratado, tratan de criticarlo o quieren reabrir la discusión sobre sus beneficios son vistos como enemigos de la Nación. Ya se vio el año pasado, cuando el Presidente acusó a miembros de la oposición de ser “traidores de la patria” y “hablar mal de Colombia” por reunirse con congresistas estadounidenses para tratar el tema de los sindicalistas asesinados.

Firmar tratados bilaterales es una prioridad para el gobierno. La semana pasada entró en vigencia un tratado bilateral con Chile. Esta semana el parlamento canadiense discute la aprobación de un TLC con Colombia. El Presidente Uribe va a viajar a Ottawa a principios de junio con la esperanza de que pueda firmar el pacto.

En medio de tanta firma, todavía hay tiempo para reabrir la discusión sobre la necesidad de firmar estos acuerdos y decirle realmente al país quién gana y quién pierde con ellos. Porque esa es la parte que no hemos oído, y no hay propaganda que valga para negar que es una pregunta válida. ¿Quién va a salir perdiendo?


*Gabriela Perdomo es periodista e investigadora del centro de estudios de opinión pública Angus Reid Global Monitor (www.angus-reid.com).

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