Martes, 17 de enero de 2017

| 2005/12/03 00:00

El trabajo intelectual

Me viven invitando para que dé, gratis, charlas en colegios (privados), conferencias, gratis, en universidades (privadas), oraciones inaugurales, artículos...

El trabajo intelectual

No hace mucho tiempo quise escribir un artículo sobre uno de los actores que más me han impresionado siempre: Michael Caine. Para hacerlo, empecé mirando en Google lo que había sobre él y allí encontré los libros que ha publicado, los libros que se han publicado sobre él, toda su filmografía (incluidas las películas iniciales, en las que figura como simple extra), y los montones de comentarios que su larga carrera ha generado. Para escribir, como se sabe, hay que leer. Y para escribir sobre un actor, hay que volver a ver sus películas. Después de la biblioteca de Babel de Google, busqué en las bibliotecas de Medellín. No encontré su autobiografía ni su estudio sobre consejos de actuación (Actuando en el cine), por lo que pedí por Amazon ambos libros. Con los portes de correo, más un ensayo sobre el acento cockney (el típico de Caine) del que me antojé en el último minuto, el paquete me costó como 90 dólares, digamos 200.000 pesos. Con las películas tuve más suerte. Entre los alquiladeros privados y el Colombo, encontré una docena de películas en las que Caine hace el papel estelar. Pero faltaban tres que para mí eran fundamentales: Alfie, del 66; Educando a Rita, del 83, y una muy reciente, El americano impasible, que es de 2002. Las pedí. Digamos que entre alquileres y compras me gasté otros 200.000 pesos. No voy a contarles lo que me he gastado en la vida tratando de aprender inglés (y todavía no sé bien), ni el tiempo que he pasado dándole golpes de dedos a un teclado (desde los viejos cursos para secretaria de la Remington). Tampoco voy a contar el tiempo que me gasté leyendo los libros de Caine o repitiendo sus películas (al fin y al cabo, esto fue un placer). El caso es que al fin, después de ver y de leer y de pensar, escribí unos 15.000 caracteres sobre Caine (que es como el triple de este artículo) y envié el resultado a una revista colombiana especializada. La revista, unos meses después, muy gentilmente, publicó mi nota. Es decir, sé que la publicó, aunque todavía no he recibido el ejemplar en papel que me prometieron. Lo que sí recibí fue un correo electrónico en el que se me pedía que les cobrara. Para hacerlo, primero, debía rellenar una especie de Propuesta del Proveedor, y luego, una factura. En ambas debía especificar el valor total de mi trabajo: 25.000 pesos. Creí que era un chiste, creí que al menos a la cifra le faltaba un cero a la derecha. Llamé por teléfono. No, la cifra era correcta, me dijeron. Espero que no me consideren muy maleducado si les cuento que ahí se me salió un grito: "¡¿Veinticinco mil pesos!", y luego un comentario: "Eso es ofensivo, es mejor que no paguen, cuesta más el papel, por favor, ¿ustedes creen que uno vive de limosnas? Con mucho gusto le dono los 25.000 a la revista." Al otro día me volvieron a llamar. Que iban a ponerle un uno antes del 25. Yo acepté la cifra, aunque con mis gastos previos saliera perdiendo, por escribir el artículo, unos 275.000 pesos. Un día de estos que tenga ganas de invitar a alguna mujer arisca a un restaurante, les mando la factura. Lo anterior es sólo un ejemplo de lo que se paga en Colombia por el trabajo intelectual. En general es ad honorem. Me viven invitando para que dé, gratis, charlas en colegios (privados), conferencias, gratis, en universidades (privadas), discursos en ceremonias de grado (de universidades privadas), oraciones inaugurales en congresos de profesionales, artículos para revistas de dermatólogos y abogados... Cuando tengo que desplazarme de ciudad, casi siempre me preguntan:"¿Pero usted va a estar en Bogotá (o en Cali o en Popayán), cierto?" Para no tener que pagarme el pasaje. Y tengo una pareja de amigos abnegados que ya le pusieron un letrerito al cuarto de huéspedes: "Habitación de H", porque nunca me pagan el hotel y a ellos les toca hospedarme. Recuerdo que hasta cuando Gonzalo Córdoba vino a salvarme de la ruina (en Cromos), yo trabajaba como editor de una revista universitaria. Cada tres meses me pagaban un millón y medio, menos deducciones, que era apenas un poco más del salario mínimo, pero sin prestaciones. Y por una columna que en esa época tenía en El Colombiano, me cancelaban 18.000 pesos por cada una, pero eso sí, a 90 días. Ya sé que hay quienes piensan que una columna como esta no debería valer mucho más de 18.000 pesos (o quizá menos, es inútil que me manden correos haciendo el chiste). También sé que Florence Thomas (causándonos un gran daño) no le cobra a El Tiempo sus aguerridos y útiles artículos feministas. Por eso he resuelto buscarme un empleo de 48 horas semanales, de 8 a 12 y de 2 a 6. Y que no sea con salario integral, sino con prestaciones, a ver si algún día puedo jubilarme. Espero que me paguen por hacer algún trabajo manual o verbal o físico o lo que sea. Estoy oyendo propuestas. Es más, creo que ya acepté. Porque aquí no se vive del trabajo intelectual. ¿Y los libros, y las traducciones? Ah, otro día les cuento de los libros y de las traducciones. No quiero deprimirme.

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