Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1993/07/19 00:00

EL TRECE DE JUNIO

EL TRECE DE JUNIO

POCOS ARTICULOS HAN SUSCITADO TANTO interés y controversia como el documento de carácter histórico titulado "Itinerario de un golpe de Estado" y publicado en nuestra edición 579, al conmemorarse los 40 años del golpe del 13 de junio de 1953. A la Dirección de SEMANA han llegado varias cartas, muchas de ellas- elogiando el documento y algunas otras con versiones diferentes o aclaratorias sobre los sucesos de esa jornada. Publicamos tres de esos mensajes, por considerarlos los más significativos e importantes. La primera de las cartas nos fue enviada por el senador Enrique Gómez Hurtado, quien nos adjuntó apartes de un testimonio redactado por el propio Laureano Gómez desde su exilio en Nueva York un mes después del golpe. La segunda es un anticipo del libro que prepara Lucio Antonio Pabón Gaitán, hijo del entonces ministro de Gobierno Lucio Pabón Nuñez.. El tercer mensaje es una carta de María Consuelo Urdaneta de Zarama, que aclara el día en que fue tomada la foto de Urdaneta y Rojas, publicada por primera vez en nuestro artículo.

LA VERSION DEL HIJO DE LUCIO PABON
Fue sorpresa para todos los miembros del gabinete, cuando fueron convocados por el señor Presidente titular a Consejo de Ministros el día 13 de junio de 1953 en horas de la mañana. Iniciado el consejo de ministros el Presidente Gómez les anunció que en las primeras horas había asumido la Presidencia de la República y que él consideraba que ese gabinete era el mejor que había tenido la República en todos los tiempos. Luego, después de una breve intervención, le pidió al ministro de Guerra, doctor Lucio Pabón Nuñez, que preparara el decreto dando de baja al general Rojas, y por lo tanto retirandolo del cargo de comandante general de las Fuerzas Militares.
El Ministro de Guerra le expuso las mismas razones que le había planteado el 5 de junio de 1953 al Presidente titular. Le dijo, además, y le advirtió al presidente Gómez que el general Rojas gozaba de gran prestigio entre las Fuerzas Armadas, y que darlo de baja y destituirlo podría ocasionar una rebelión militar y de la Policía Nacional. Le manifestó muy claramente al Presidente que ante la tremenda situación del país, con el liberalismo en la subversión, el conservatismo ospinista y alzatista en la oposición, lo único que le quedaba al gobierno era el apoyo de los ejercitos de tierra, mar y aire y la Policía Nacional. Que si echaba a Rojas se perdería tal respaldo. Le dijo el ministro Pabón Nuñez al presidente Gómez: "Que él como casi todos los conservadores de su generación consideraba al señor Presidente más que un jefe, como un padre, y que el señor Ministro de Guerra, que no es incondicional de nadie, lo sería de Laureano Gómez, pero que en este caso estaba cometiendo un grave error y que si había destituido a su excelencia el designado encargado de la Presidencia por las mismas razones, él, el ministro de Guerra tenía que compartir la misma suerte que el Presidente encargado".
El presidente Gómez no refutó ninguno de los argumentos expuestos por el señor ministro de Guerra, Pabón Nuñez, parecía "un hechizado", insistió en la baja y destitución del general Rojas y destituyó del cargo de ministro de Guerra al señor don Lucio Pabón Nuñez. Encargo del despacho de Guerra al ministro de Obras Públicas, doctor Jorge Leyva, quien manifestó que el general Rojas Pinilla, vestido de everfit (de traje civil) no era más que un mamarracho. Según los libros citados y los testigos, es decir, los mismos miembros del gabinete, algunos ministros, le expusieron al señor presidente Gómez puntos de vista parecidos a los que había planteado el doctor Pabón Nuñez y el doctor Urdaneta Arbelaez, pero Laureano no acataba ningún razonamiento.
LUCIO ANTONIO PABON GAITAN
DEBATE SOBRE UNA FOTO
En el interesante artículo "Itinerario de un golpe de Estado" encuentro algunas inexactitudes. Por ejemplo el subtítulo: "Rojas despide a Urdaneta el 14 de junio, a las puertas de Palacio". La leyenda no es cierta. Dicha fotografía es anterior al 13 de junio, por lo tanto carece de interés histórico, al menos para el tema del artículo. La verdad es que consumado el golpe del general Rojas -o del doctor Lucio Pabón como lo asevera SEMANA-el presidente Urdaneta salió para su casa hacia las siete de la noche, desde donde oyó por radio, con dolor de patria, la alocución del general Rojas. Al negarse por razones de conciencia a reasumir el mando como reiteradamente se lo pedían los jefes civiles y militares, salió de Palacio, a pesar de su enfermedad, a donde no se habría quedado aun "in artículo mortis".
MARIA CONSUELO URDANETA DE ZARAMA
LA VERSION DE LAUREANO
A mi total retiro llegó un día la noticia de que se había descubierto una inmensa conspiración. Como unitor figuraba el señor Felipe Echavarría, conocido hombre de negocios sin vinculaciones con la política. Con la noticia de la conspiración, circuló también la de que el presunto responsable se le había obligado a confesar aplicándole "ciertos procedimientos" que hicieron necesario el que se llevara a una clínica a hacerle curaciones. (...)
Con justificada alarma por que semejante atrocidad hubiera ocurrido en la capital de la la República y en la vecinda inmediata del Palacio Presidencial, tuve ocasión de hablar en las horas de la noche de la fecha de mis informaciones, con el ministro de guerra, señor Pabón. Estaba cierto que reaccionaría a los estímulos de pura doctrina, porque me era descocido el abismo de su alma. Expúsele que la tortura repugnaba a nuestra conciencia y que aún en el supuesto de que el acusado fuera el mas empedernido de los criminales no podía serle aplicada. Le agregué que los ministros eran los ojos del Presidente, que su deber era adquirir un conocimiento directo de los hechos para formarse un criterio objetivo y transmitirlo al designado, quien estaba fuera de la ciudad (...)
Como primer paso para obtener la sanción, creí que el jefe de Estado debía ejercer la facultad discrecional conferida por la Constitución de separar del Ejército o de cualquier puesto de la administración a los funcionarios indignos de la confianza del gobierno. Así lo manifesté al designado (Roberto Urdaneta) cuando me visitó para tratarme del asunto, y le agregué que el llamamiento a calificar servicios no representaba una sanción; porque si el retiro es por buena o por mala conducta eso lo establece en seguida un tribunal, según los reglamentos. (...) Surgió entonces la objeción de que no eran conocidos los responsables y debía procederse a una investigación. Pregunté quien la haría y se me respondió que miembros del Ejército, procedimiento aceptable para las acciones penales; pero sostuve que la acción administrativa del Presidente y el Ministro no puede depender de ese tramite.
El designado estuvo de acuerdo en que los responsables debían ser retirados del Ejército. Después me hizo saber que ese resultado se obtendría al terminar una investigación, hecha siempre por el Ejército, pero para la cual había fijado el plazo improrrogable de 10 horas que se cumplía en la mañana del 12 de junio. No ocurrió nada durante aquel día y por la noche el ministro Azuero me dijo que en la respectiva sección militar desconocían la orden de investigación y el plazo, y además no tendrían por que cumplirlo, pues allí sólo obedecían a sus reglamentos y a sus jefes inmediatos. Si la orden había sido dada, su desconocimiento me demostró que el designado ya no ejercía el poder supremo.
Entonces vi cubierto de oprobio la República bajo el mando conservador. El liberalismo, contra cuyas injusticias protesté tantas veces, esta infamia no la había cometido. Si se la toleraba ahora, cuando el alto personal del gobierno conocía lo ocurrido, cuantos abusos, delitos y atropellos se habían cometido a sus espaldas recibían una tácita aprobación comprometiendo su responsabilidad ante los contemporáneos y la historia. (...)

Comprendí que había llegado una de esas horas en que se descubren las convicciones y se prueban los carácteres.
Colombia no podía pasar a ser un país bárbaro e inicuo sin que ocurriera algo y ese algo sólo era ya la prisión del Presidente de la República. Fuí entonces al Palacio para hablar con el designado. Le manifesté mi opinión nítida sobre el dilema que se confrontaba.
Ante el incumplimiento del plazo de 10 horas mi posición fué muy concreta.
El ministro de Gobierno no tenía conocimiento de que el delito había sido cometido por un organismo del Ejército. La responsabilidad administrativa recaía sobre su jefe (el general Rojas Pinilla) porque lo supo y lo consintió o lo ignoraba, debiendo haberlo sabido.
Le dije que la honra del país y el prestigio de nuestra causa imponía que se le llamase a calificar servicios. No insinuaba que el lo hiciera porque veía que después de los últimos sucesos, sobre todo el banquete de los militares y la solución del conflicto entre el ministro de Guerra Bernal y el jefe del Ejército, desfavorable al primero, se descubría en el designado una imposibilidad para tomar ese camino. "El hombre para hacerlo soy yo", añadió "Mis escasos servicios no han compensado los honores recibidos de la patria y en guarda de su honor y del prestigio de mi causa no puedo doblegarme ante las amenazas".
El designado observó que el golpe de Estado no dejaría de producirse. Repliqué que era peor aceptar la iniquidad para que no ocurriera. (...)
El golpe militar ante todo fue contra la Constitución, de cuyas facultades hice uso legítimo y justificado. Frente a mi conducta inobjetable los militares insurrectos, que violaron sus reiterados juramentos de acatamiento a las leyes y a las autoridades, han tomado la execrable posición de perjuros. La República vive horas negras y tristes. Su principal desgracia no consiste en haber padecido la conjura de apetitos torpes y oscuros. Su grande infortunio fue que a la hora de la crisis moral fallaron aun aquellos ciudadanos a quienes la nación rodeaba de respeto y había conferido los honores supremos. Olvidados de todo deber, de todo decoro, se precipitaron a tenderse en el polvo para que fuese facil al usurpador poner la bota sobre sus cabezas. -

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