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Opinión

  • | 2011/04/25 00:00

    El "twitterrorismo" de Álvaro Uribe

    El prolijo prontuario de sandeces trinadas por el exmandatario no solo choca, sino que reviste una enorme peligrosidad para sus víctimas.

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El domingo pasado, nuevamente el procaz Álvaro Uribe, dando rienda suelta a su habitual ligereza verbal en Twitter (que aquí denominamos previamente “la dialéctica uribista del delirio terrorista”) se despachó en adjetivos, esta vez en contra del columnista de Semana León Valencia, tachándolo de “exmatón” y “exterrorista”.
 
El motivo para estos graves insultos fue, como ya es comstumbre, la ira desenfrenada que le produce al exmandatario cualquier cuestionamiento del particular “emprendimiento” de sus hijos.
 
Bien leída, la columna de León Valencia no acusa de nada a Tomás y Jerónimo Uribe. Simplemente hace un recuento de la sospechosa vinculación de los dos jóvenes y prósperos empresarios con doce (¡12!) grandes escándalos de corrupción y nexos con personajes non sanctos durante los últimos años. El escrito también los exhorta a algo más que razonable, un “ejercicio de verdad: la conformación de una comisión especial de investigación que indague uno por uno los acontecimientos y pueda hacerse a una visión completa de la historia de Tomás y Jerónimo”.
 
Resulta a todas luces reprobable que el expresidente, también como ya es costumbre, en lugar de desvirtuar con pruebas las sospechas -de público conocimiento- que rodean a sus hijos desde hace tiempo, o de rendir las solicitadas cuentas, recurre sistemáticamente a la argucia ad hominem, es decir, al desprestigio personal de sus críticos y no a la refutación de sus argumentos. Todos los colombianos seguimos a la espera de las pruebas de la pulcritud patrimonial de Tomás y Jerónimo, en especial de su tan anunciada declaración de renta, que nunca divulgaron.
 
Es por todos conocido el pasado de León Valencia. Él mismo decidió contarlo con lujo detalles en una obra autobiográfica (“Mis años de guerra”, Norma, 2008) de inmenso valor humano, histórico y literario. Es de dominio público su antigua militancia como dirigente del ELN, que nada tiene que ver con las andanzas de los jóvenes Uribe. Dilma Rousseff y José Mujica fueron guerrilleros, y hoy son los presidentes democráticamente elegidos de Brasil y Uruguay. Me pregunto si Álvaro Uribe estaría dispuesto a dispensarles el mismo trato de “ex matones” por su pasado subversivo.
 
El desafortunado incidente en la red social, se vio precedido por otro la noche del Jueves Santo, cuando Álvaro Uribe “retweetió” un mensaje en contra del Presidente Juan Manuel Santos, llamándolo el “Judas” colombiano. En esta ocasión, según explicó, el trino no fue de su responsabilidad sino de hackers malintencionados que le infiltraron la cuenta.
 
Francamente el ex mandatario, además de ofender la inteligencia de los colombianos, acusa una falta de imaginación inigualable a la hora de inventar excusas. Por lo demás, el artilugio le resulta bastante cómodo: ¿cómo podremos en adelante saber si, cuando increpa a alguien por Twitter, en realidad fue él, los hackers o el “equipo de personas” que le manejan la cuenta quienes lo hicieron? Con sello gana él y con cara pierde el resto del país.
 
No sé si León Valencia piensa denunciar penalmente al expresidente Uribe, pero está clarísimo que la ligereza de sus últimas afirmaciones las enmarca como mínimo en el tipo penal de injuria, y eventualmente en el de calumnia (ambos no pueden concursar respecto de la misma afirmación). Decirle a alguien “exmatón” equivale en el contexto colombiano a endilgarle el delito de homicidio, y hasta donde yo sé no existe condena judicial ejecutoriada en contra de León Valencia por ningún asesinato. Por eso estamos a la espera de que el exmandatario se retracte o, en su defecto, presente las pruebas idóneas para demostrar su acusación (apuesto a que muchos no saben que según el DRAE, un “matón” es una persona “jactanciosa y pendenciera”. Supongo que este sería un buen argumento para lavarse las manos en un proceso judicial, pero resulta muy claro cuál es el significado corriente entre los colombianos, en el uso, de la palabra).
 
La peligrosidad que reviste la intemperancia verbal de un sujeto que tiene cerca de 400.000 seguidores en Twitter salta a la vista. El prolijo prontuario de sandeces trinadas por Álvaro Uribe no solo molesta y es una afrenta de pésimo gusto a la investidura presidencial, sino que pone en peligro la integridad y la vida de las personas de las que denigra porque las estigmatiza ante la opinión pública. El verdadero móvil de Uribe Vélez con sus trinos agraviantes es acallar la voz del periodismo crítico e intimidar a quienes tienen el coraje de denunciarlo.
 
María Teresa Herrán publicó recientemente un libro (“¿Acallar la opinión?”, Taller de Edición, 2011) sobre la absolución de Alfredo Molano en el caso contra los Araújo. Allí llama la atención sobre un tema crucial para la democracia: la “espiral de silencio”, teorizada por Noelle Neumann, que se produce cuando la libre opinión es coartada por la amenaza de sanciones desproporcionadas que terminan por redundar en la autocensura de los miembros de una sociedad.
 
En el caso de Alfredo Molano, el uso temerario de la acción penal (mecanismo de control social de extrema gravedad) en su contra por parte de los Araújo, como herramienta de intimidación, era obvio desde el comienzo. El columnista se vio absurdamente envuelto en un proceso judicial que duró varios años, por un escrito donde no acusó de nada a un solo sujeto identificable, siendo que la responsabilidad penal por injuria y calumnia exige un sujeto pasivo individualizado.
 
Es cierto que urge establecer medidas de control y sanción para evitar el uso temerario de los delitos de injuria y calumnia como instrumentos para silenciar la opinión de los periodistas. Sin embargo, esta actitud garantista no debe llegar al extremo de promover, como lo ha venido haciendo internacionalmente la FLIP, la abolición de ambos tipos penales. El poder devastador en contra del buen nombre de las personas que tienen quienes cuentan con una amplia audiencia para la difusión de sus ideas, como los columnistas y los ex presidentes para solo dar dos ejemplos, debe tener límites. La injuria y la calumnia, bien entendidas, son el muro de contención que el ordenamiento jurídico erige en favor de los ciudadanos, para proteger su buen nombre cuando es puesto públicamente en entredicho sin justificación.
 
Para terminar, expreso mi solidaridad a León Valencia quien, según contó recientemente en La W, ha sido objeto de amenazas contra su vida por su valiente denuncia periodística de la situación en Arauca. La posibilidad de desenmascarar a los corruptos nunca ha sido favorable para la seguridad personal de los periodistas, pero es un pilar indispensable de cualquier democracia.
 
@florezjose en Twitter - http://iuspoliticum.blogspot.com

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