Sábado, 30 de agosto de 2014

EL VALOR DE LOS TOREROS

| 1993/06/07 00:00

EL VALOR DE LOS TOREROS

por ANTONIO CABALLERO

El valor de César Rincón incluye siempre todas sus consecuencias.

SE DA POR SENTADO QUE LOS TOREROS son valientes. Y todos lo son, como lo puede certificar cualquiera que haya visto, desde detrás de la barrera, el aterrador ojo maligno de un toro bravo de 500 kilos. Pero ese valor cambia de modo y de matiz de un torero a otro. Y verlo en cada uno es ya todo un espectáculo. Los hay que tienen un valor tranquilo, suficiente, que no requiere alardes para hacerse notar. Es, por ejemplo, el valor de Joselito. Seco, limpio, natural. Un valor sin esfuerzo que le permite volcarse lentamentse con la espada sobre el morrillo ensangrentado y sobre los pitones afilados de los toros una tarde tras otra, como si eso fuera lo normal, como si no pasara nada. Nadie sale de los toros comentando: "Qué valiente ha estado Joselito", porque eso se da por hecho: no necesita comprobación ni comentario.
El valor del joven Chamaco, en cambio, es casi exactamente lo contrario: se nota muchísimo. Es un valor teatral, circense, de trapecista. Chamaco se provoca en sí mismo un trance de valor, como ciertos místicos, a fuerza de maceraciones de la carne, conseguían inducir un estado de éxtasis durante el cual se ponían a levitar. En su trance de valor, Chamaco se pone a torear. Y, repito, se nota muchísimo, como si se golpeara el pecho. Pero no es Chamaco quien controla su valor, sino el valor el que arrastra a Chamaco. Se podría hablar de "valor pánico" como se habla de su contrario: el terror pánico. De rodillas en un charco de la Maestranza de Sevilla, bajo la lluvia, Chamaco cabalga en su valor desaforado y le da cinco muletazos a un colorao. De solo verlo de lejos ya quedamos exhaustos.
El valor de César Rincón es otro más, distinto. Es el valor del estoicismo. Un valor que viene de la cabeza y de la voluntad: de una decisión intelectual y moral. Rincón es más valiente cuanto más lo necesita, porque desde el primer momento, de entrada, ha decidido fríamente que se va a hacer matar sí es necesario. Por eso lo cogen los toros, cuando lo cogen, como le ocurrió en esta feria de Sevilla: porque ha resuelto que no le importa que lo cojan. Así puede esperar a pie firme, sin que le tiemble un músculo, la larga acometida de un toro del Marqués de Domecq que viene como un tren, desde muy lejos. Y por eso es capaz de provocar la embestida de un toro de Núñez para matarlo recibiendo, dándole todas las ventajas y a sabiendas de que el toro, pronto y entero, y que además le ha avisado un par de veces, lo va a coger. La cogida, y esa irreparable consecuencia que tienen a veces las cogidas de los toros, y que es la muerte, figura, si es necesario, en los proyectos de Rincón. Nadie tiene que decirle: "Oye, que te va a coger". Lo sabe perfectamente. Y no le importa. El valor de Rincón incluye siempre todas sus consecuencias.
Otra modalidad del valor es la de Manolo Díaz, el nuevo Cordobés. Es un valor desenfadado y alegre, que no se da importancia, hecho de irrespeto y de insolencia. ¿Que viene el toro? Pues que venga. Viendo torear al Cordobés sin darle importancia al toro, como si fuera un amigo de infancia en vez de un enemigo de muerte, el espectador siente una especie de cosquilleo de risa, porque se trata de un valor comunicativo, contagioso. Por eso el público está tan fácilmente con el Cordobés desde que se abre de capa en el ruedo: porque su valor expansivo hace que todos nos sintamos también valientes.
Espartaco tiene su propia clase de valor, no transmisible. Tiene el valor de Espartaco, en el sentido de que tenerlo forma parte de las funciones y responsabilidades propias de ser Espartaco, como forma parte de las obligaciones del capitán de un barco la de tener el valor de hundirse con su barco si es el caso. Los capitanes de barco están ahí para eso.
En cuanto al valor de Jesulín de Ubrique... No, no me gusta el valor de Jesulín, innegable pero angustioso y sofocante. Como el de un niño que camina al borde de un precipicio y nos ahoga la voz en la garganta, porque hablarle sería tal vez peor.

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