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Opinión

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Los moralistas piensan que basta con que Samper se caiga, y ya está. Una bonita salida a la colombiana, rápida y casi indolora -salvo para Samper-, un solo acto lustral y catártico que nos deje a todos limpios, cansados pero contentos, con la satisfacción de haber cortado por lo sano. Pero ¿qué les hace pensar que lo sano empieza ahí, justo en el borde de acá de la cabeza cortada de Samper? Está bien que se caiga: se lo merece, así sea solamente por inepto: un presidente que tiene que dedicar todos sus esfuerzos a defenderse de las consecuencias de los errores cometidos cuando era candidato no debe ser presidente. Pero eso no basta. Si Samper se cae, si Drenuncia, si lo meten preso, si lo extraditan con grilletes a una cárcel de Estados Unidos para que allá lo ejecuten con una inyección letal, las cosas no cambian. Samper no es una causa, sino un síntoma. Lo grave no es Samper.Lo grave no es que los dineros ilícitos de los narcos (o sus dineros lícitos: eso está todavía por aclarar. ¿Eran dineros de la droga, o de Drogas La Rebaja? ¿Y son más lícitos los dineros provenientes de la evasión de impuestos? Que se consulte a los especialistas en derecho tributario), no es que los dineros ilícitos de los narcos hayan entrado a la campaña presidencial samperista, como han entrado a tantas. También eso es solo un síntoma de que han entrado a todo el país. Sin ir más lejos, a través de esa misma campaña, ya lavados por ella (y previamente lavados por los bancos, según viene a descubrir ahora la Fiscalía), entraron tanto a los honrados fabricantes de camisetas como a los más respetables medios de comunicación. ¿Cómo se yo si lo que me paga esta revista por escribir este artículo no viene de los dineros ilícitos invertidos en publicidad política pagada en las pasadas elecciones? Pues el dinero ilícito no solo financia cosas ilícitas, como la cruda compra de votos, sino también cosas lícitas, como los anuncios. Si en dinero de la droga entran a Colombia 5.000 millones de dólares anuales ¿a dónde creen que van? Pues a todas partes. Lo que se gasta en campañas electorales es menos del uno por mil.Pero el problema no son tampoco los dineros de los narcos, por grande que sea su abundancia. Antes de ellos ya existía la corrupción, y lo único que han hecho es multiplicarla. Y tampoco la corrupción es el problema. Existe en todas partes, siempre ha existido, y es incluso posible que sea necesaria para que las cosas no estallen, como es necesario el aceite en las máquinas. Ni siquiera las dimensiones de la corrupción son el problema. En su tiempo, el presidente Turbay prometió que "reduciría la inmoralidad a sus justas proporciones" (no lo hizo: era solo una promesa electoral), pero tampoco es ese el problema.El problema es que solo una pequeña minoría de los colombianos se interesa por el moralismo de los moralistas, por la suerte de Samper, por los dineros de su campaña, por la corrupción y por la inmoralidad. Solo una pequeña minoría de los colombianos tiene acceso a esos lujos: pues el marginamiento de la gran mayoría es tan grande que tanto la capacidad de corromperse como la de escandalizarse ante la corrupción son un lujo. El problema no es la pequeña minoría que se agita y discute y politiquea y leguleyea, sino el vasto país marginado al que esa agitación no le importa, porque no lo afecta. El problema sigue siendo el que describió Diego Montaña Cuéllar hace ya muchas décadas: el divorcio entre el país formal y el país real. La caída de Samper, o la permanencia en su cargo, pueden parecer fundamentales a los ojos del pequeño país formal, pero no pasan de ser una anécdota para el país real, que sigue igual al cabo de tantas décadas perdidas de agitación estéril. Ese vasto país que ni siquiera se enteró de que dos 'padres de la patria' estaban en huelga de hambre (por o contra Samper: ni el país formal lo supo a ciencia cierta dentro del torbellino de noticias; y al tercer día ya ni siquiera les tomaban fotos) porque para él lo habitual, lo cotidiano, lo normal, sigue siendo el hambre.
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