Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2008/02/23 00:00

El verdadero encanto del conservatismo

Borges decía de Suiza algo que yo no podía creer: que la mayoría de los suizos no se sabían ni el nombre del presidente de la república.

El verdadero encanto del conservatismo

Escribo desde Zürich porque Colombia y Suiza cumplen 100 años de amistad y el gobierno helvético ha invitado a un grupo de periodistas colombianos a recorrer el país.
 
Mi imagen de Suiza, incluso cuando la veo con mis propios ojos, está filtrada por recuerdos literarios. Este montañoso y arrugado corazón de Europa ha sido un asilo benévolo para escritores de muchas partes del mundo, desde el gran Voltaire (que se refugió en la "república de Ginebra" y pasó buena parte de su vida en el pueblecito fronterizo de Ferney), pasando por Stefan Zweig, James Joyce, Elias Canetti, hasta llegar a Jorge Luis Borges, quien decía que Ginebra era "una de mis patrias" y está enterrado allí. Hay además dos escritores suizos que han dejado obras capitales: Las confesiones, del ginebrino Rousseau, marcaron una pauta de franqueza descarnada para toda la narrativa autobiográfica moderna, y algunas novelas de Robert Walser (Jakob von Gunten, El ayudante, Los hermanos Tanner), llenas de melancólica ironía contra su laborioso país natal, son para mí unas de las más grandes del siglo XX.

Pero este no ha sido un viaje literario, sino una mezcla completa de política suiza y política exterior, economía y banca, gastronomía, transportes, tecnología y turismo. Muchos, sobre todo los extranjeros, insisten en presentar a Suiza como un país conservador, y quizá lo sea, pero en el mejor sentido de la palabra, pues aquí el adjetivo "conservador" no se puede confundir con lo que esto significa en Colombia: mojigatería sexual, defensa de los privilegios de la propiedad de la tierra, y fanatismo religioso. Aunque el calvinismo haya sido inventado en Suiza, los puritanos más recalcitrantes tuvieron que emigrar al nuevo mundo, incómodos quizá porque aquí manda desde hace mucho un espíritu religioso de convivencia y tolerancia. Y también la animadversión por las dinastías y las alcurnias de familia desterraron de aquí, desde hace ya ocho siglos, a todos los nobles y reyezuelos por herencia de sangre.

Ser conservador, para un suizo auténtico, es defender algunas tradiciones que durante siglos han servido como un medio probado de convivencia pacífica. Las buenas maneras, el orden meticuloso, la puntualidad, el lubricante social de la cortesía, la higiene personal y la limpieza de las cosas y de los lugares, el cumplimiento y la discreción en los negocios, el preciso uso de las armas (aunque lleven siglos en paz, desconfían de la condición humana y les parece mejor estar preparados para la guerra), cierta reserva en la expresión de las emociones personales, son algunas de estas tradiciones que, según los suizos, merecen ser conservadas. Qué abismo, entre nuestra gritona, sentimental y vulgar telenovela tropical, y este sobrio drama privado del centro de Europa. Su verdadera dificultad, ahora que un partido de extrema derecha ha obtenido el 30 por ciento de los votos en las últimas elecciones, es cómo conciliar la inmigración musulmana, en cierta medida intolerante, con su secular tradición de tolerancia religiosa. Es muy triste que también un tercio de Suiza haya caído en la tentación xenófoba, pero no creo que esta peste los llegue a dominar.

Borges decía de Suiza algo que yo no podía creer: que la mayoría de los suizos no se sabían ni el nombre del presidente de la república. Es verdad. Mientras las tres sílabas que más se pronuncian en los periódicos colombianos tienen una be al final, una ri al centro y una u al principio, nadie en Suiza nos ha dicho quién es el presidente y yo ni siquiera estoy seguro de si es hombre o mujer. Lo que sí sé es que hay siete gobernantes en la cúpula, que cada uno de ellos es igual a los otros, que dos o tres del grupo son mujeres, y que cada dos años se turnan el mando sin que por esto el elegido se crea superior a los demás. Decía arriba que los suizos aman la puntualidad y quizá no haya peor descortesía que hacerlos esperar. Pues bien, nuestro presidente perpetuo, de cuyo nombre no quiero acordarme, en su reciente visita a Davos, hizo esperar más de dos horas a una de estos siete, en función de ministra de exteriores. Esa es la calidad y el conocimiento de Europa que tienen los asesores (Montesinos siniestros) que rodean al primer mandatario de Colombia. Y si eso es con un país del grupo de facilitadores, cómo será con los demás.

En el último poema del último libro que publicó en vida, Los conjurados, dedicado a Suiza, Borges decía otra cosa sobre este país: que los suizos habían tomado "la extraña resolución de ser razonables". Es quizá el más hermoso elogio que se les haya hecho nunca, pues pocas cosas hay tan asombrosas como que se haga lo que parece obvio. Añadía el argentino: "Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades". Borges profetizaba que tal vez algún día el mundo entero sería como Suiza. Aunque tengamos que esperar, no los siglos, sino los milenios que nos llevan de ventaja, ojalá tenga razón.

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