Opinión

  • | 2001/05/07 00:00

    El voto, el veto y el roto

    Si alguna razón había para estar en el Consejo, era para defender el interés nacional en un momento tan delicado para el país

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No es la primera vez que votamos contra los gringos: durante los últimos 20 años, nada menos que tres de cada 10 votos de Colombia en la Asamblea de la ONU han sido opuestos al de Estados Unidos. Más aún: nuestro récord ha sido igual bajo los tres presidentes entreguistas (Barco, Gaviria y Pastrana) que bajo los dos tercermundistas (Belisario, que nos metió a los Noal, y Samper, que nos metió en el lío).

De lo cual se infieren tres cosas. Una, que a los gringos no les importaba cómo votara Colombia. Otra, que los presidentes de Colombia no se fijan cómo votan. Y otra, que algo raro ocurrió en el caso de Gaza y Cisjordania.

Lo raro fue que el voto se produjo en el Consejo de seguridad, que nuestra dependencia de los gringos es hoy mayor que nunca, y que el asunto era delicado para Estados Unidos. Menos raro fue en cambio que el gobierno de Colombia no hubiera caído en cuenta de estos detalles.

La Asamblea General de la ONU es un foro democrático de 189 países para decidir sobre las cosas que no importan. El Consejo de Seguridad es un club donde cinco potencias y otros 10 figurones se reúnen para no decidir sobre las cosas que importan. Hasta el final de la guerra fría, los gringos y los rusos se alternaron la nadería de 279 veces en imponer sus vetos; pero a partir de entonces, Estados Unidos trata de parecer conciliador y evitar, por eso, el veto.

De modo pues que, a diferencia de las cinco ocasiones anteriores, Colombia ha debido pensar que entraba en aguas profundas al postularse al Consejo. Primero, porque le iba a ser más difícil mantener su distancia de Estados Unidos. Segundo, porque tiene rabo de paja a la hora de aprobar o rechazar acciones o intervenciones multilaterales asociadas con la vigencia de los derechos humanos, la restauración de la paz o la guerra contra el narco.

Si alguna razón había para estar en el Consejo, era precisamente para defender el interés nacional en un momento tan delicado para nosotros. Y el “interés nacional”, según el clásico de Jervis, no puede traducirse sino en uno de cuatro votos: el voto moral, el responsable, el de conveniencia o el de reciprocidad.

—El moral es el voto más hermoso. Se hace por convicción, por defender la justicia, sin cálculos ni toma-y-dacas. Es un voto simbólico que da respetabilidad y que tarde o temprano retribuye la opinión mundial. Colombia podría haber dicho que creía en la causa palestina, o que no compartía la intransigencia de Sharon, o que es legítimo amparar a un pueblo inerme, o aun que Barak y Clinton estuvieron a punto de pactar la comisión investigadora hace apenas unos meses. Pero esta no fue la explicación de la Cancillería.

—El voto responsable se da cuando la decisión final depende del país. Si en el Consejo no hubiera veto y si la votación estuviera 7 a 7, Colombia habría decidido la presencia o ausencia de observadores en Palestina. Pero esta no era la situación.

—El voto de conveniencia no es bonito pero es el que usan los países serios en defensa de sus “intereses vitales”. Los observadores de la ONU en Gaza y Cisjordania no son un interés vital para Colombia; y si lo fueran, no es claro que el precedente de la Resolución nos conviniera (¿una misión internacional solicitada en forma unilateral por la guerrilla?). En todo caso, esta tampoco fue la explicación de la Cancillería.

—El voto de reciprocidad se usa en asuntos que no sean vitales o de principios, a cambio de apoyo en asuntos vitales para el país. Pero desafortunadamente para Colombia y para Palestina, el apoyo de Estados Unidos para Colombia es hoy más importante que el de Palestina.

En vez de alegar una convicción, una responsabilidad, un interés vital o una reciprocidad, el gobierno de Colombia se limitó a explicar que “así habíamos votado antes muchas veces”. O sea que no pensamos que Estados Unidos se fuera a molestar. Lo cual es una disculpa vergonzante y exactamente opuesta al coro de consignas contra el ‘‘imperialismo” y por la “soberanía” que en estos días oímos de la Comisión Asesora, del Partido Comunista y hasta de Enrique Gómez. ¡Oh mi país de babas!
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