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Opinión

  • | 2014/05/09 00:00

    Un Déjà vu y los falsos ganadores

    Si nos limitamos sólo a votar por quien las encuestas dicen que va a ser el ganador sin estar de acuerdo con sus tesis y programas, debemos atenernos a las consecuencias de haber traicionado nuestra conciencia.

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Cuatro años atrás, cuando nos aprestábamos para las elecciones presidenciales viví un incidente que me motivó a escribir una columna; hoy la voy a reproducir haciendo los cambios necesarios, porque como casi todo en Colombia, poco ha cambiado en lo que se refiere a prácticas electorales de los votantes. 

Cuando se está en época electoral, son frecuentes las conversaciones sobre la intención de voto con amigos, familiares y hasta con desconocidos. Una de estas conversaciones la sostuve con el conductor de un taxi en días pasados y tuve la sensación de estar viviendo un Déjà vu, pero no era así, han pasado cuatro años y la conversación fue casi idéntica a la anterior. 

El hombre en cuestión, inició con un comentario sobre la situación de nuestro vecino país y con este tema como pretexto, empezó nuestra conversación política que fue derivando hacia la intención de voto. Me manifestaba que a él le gustaba Peñalosa, por su transparencia, honestidad, nueva manera de hacer política sin pelear, por su trayectoria, y su capacidad de ejecución, etc. Cuando me hizo este comentario, quedé convencida de que lo siguiente era confesarme que iba a votar por él y se lo pregunté abiertamente, segura de que la respuesta iba a ser afirmativa. Pero no. Me argumentó que aunque Peñalosa era el de su preferencia, no iba a votar por él. ¿La razón? Pensaba que no iba a ganar y él era un ganador; nunca se apuntaba a los perdedores. Traté de hacerlo reflexionar, creo que dije todo lo que debía decir, sobre el voto a conciencia y demás, pero no oía razones y continuaba insistiendo en que él era un ganador y no un perdedor. 

Dejé de insistir. Me bajé del taxi y seguí pensando, preocupada, en su manera de razonar, que muy posiblemente, es la misma de muchos otros. Estos autoproclamados ganadores, no se dan cuenta de que al ganar, están perdiendo. Si no votan por el candidato de su preferencia, sino por el que está adelante, están traicionándose a sí mismos. Si este candidato llega al poder muy seguramente no va a llenar sus expectativas pues votó arrastrado por la marea de la mayoría, únicamente para no enfrentarse a la sensación de ser un perdedor momentáneo.

La gran lección que me deja este incidente, es que nos podemos convertir en falsos ganadores, simplemente por no entender que nuestro voto es importante y contribuye para cambiar un resultado. Ganar no es simplemente habernos alineado con el que aventaje al contrario por un determinado número de votos. Ganar es lograr que el candidato con el cual nos identificamos triunfe para que pueda llegar al poder y aplicar su programa de gobierno. Esto lo ha dicho Peñalosa hasta la saciedad. Él no quiere ganar por ganar. Quiere ser presidente para poder aplicar su programa de gobierno y producir los cambios que tanto se necesitan.

Ganar verdaderamente es contribuir con nuestro voto a que el país y todos los ciudadanos que lo componemos, mejoremos e iniciemos el camino del progreso que tenemos tan aplazado. Si el candidato de nuestras preferencias no resultara ganador, pero hemos sufragado a conciencia, ahí sí acepto lo que dice Maturana de que “perder es ganar un poco”. Estaría ganando nuestra democracia, nuestra tranquilidad de espíritu, entre otras ganancias más sutiles, como la satisfacción personal de haber actuado de manera correcta.

Leyendo la prensa de hoy, específicamente el periódico  El Tiempo, me doy cuenta de que estamos sumidos en una podredumbre más fétida de lo que somos capaces de percibir los ciudadanos de a pie. Me doy cuenta de que lo que se cuece debajo de esa empalagosa olla enmelocotada de mermelada es más pútrido de lo que se ve a simple vista. Los rumores y las acusaciones de los últimos días, la incendiaria columna de Londoño Hoyos y su correspondiente regaño por parte del editor de El Tiempo, nos está demostrando que la politiquería y la corrupción están muy enquistadas en todas las capas del poder político de lado y lado.

Mi voto será por Peñalosa; entre otras cosas, porque está mostrando que se puede hacer política de una manera distinta, más limpia y porque tiene un programa de gobierno coherente con su vida y con su pasado como dirigente. Ya ha demostrado que sí puede hacerlo bien, que puede gobernar para dar bienestar a todos los ciudadanos por igual y que el interés general primará sobre el particular.  Y estas, no son cosas menores.

Si nos limitamos a votar por quien las encuestas dicen que va a ser el ganador sin estar de acuerdo con sus tesis y programas, debemos atenernos a las consecuencias de haber traicionado nuestra conciencia. Como dijo en el siglo XIX el político y orador estadounidense, Robert Green “en la vida no hay premios ni castigos, sino consecuencias”. Por lo tanto mi amigo el taxista, y otros que voten motivados por la ambición de sentirse ganadores, pagarán las consecuencias de su acto, muy seguramente teniendo que soportar un gobierno que no llenará sus expectativas.

iliana.restrepo@gmail.com
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