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Opinión

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Claudia López es un fenómeno político y es la figura más refrescante de la política colombiana. La semana pasada ganó una consulta interna del partido al Senador Antonio Navarro, otro líder descollante de la política nacional en el último cuarto de siglo. Y vale la pena hacer un paralelo entre los dos.

Navarro fue fundamental en el diseño de la actual constitución, llevó su organización desde la lucha guerrillera hasta la vida civil y tuvo una gran oportunidad de cambiar la correlación de fuerzas políticas en el país y renovar la política colombiana. Pero no lo logró.

En alguna conversación Navarro reconoció la incapacidad que tuvieron los miembros de su generación y de su equipo político para prolongar la composición de fuerzas de la Constitución de 1991 que había asestado un golpe casi letal al bipartidismo. En aquel momento, Navarro confió en la lectura que hacía Alvaro Gómez sobre el establecimiento y menospreció el poder de las reglas del juego político.

Las reglas de la constituyente de 1991 desbarataron el bipartidismo, pero en lugar de producir algo mejor generaron algo mucho peor, un sistema político degradado y corrompido que en cada elección se ha ido envileciendo más. De nada han valido las perdidas de investidura, la eliminación de la inmunidad parlamentaria y el juzgamiento por la Corte Suprema de Justicia, normas todas aprobadas en la Constitución de 1991 y que han hecho de Colombia el país con más congresistas y políticos castigados y condenados en América Latina (y quizás en el mundo).

El problema con la lectura de Navarro y Gómez, fue creer que lo importante era castigar a los corruptos, pero no modificar el sistema que genera la corrupción. La renovación en la política no se produce castigando a algunos, porque mientras subsistan ciertas condiciones aparecerán otros iguales o peores. Tal como sucedió con los hijos de muchos de los políticos que pronto fueron castigados por las nuevas reglas y cuyos herederos resultaron peores al aliarse con paramilitares y narcotraficantes para obtener el poder.

Claudia López, en cambio, tiene claro, clarísimo, que si no se cambian las reglas su estrella política será igual de promisoria y de incierta como la de Navarro en su momento. Claudia sabe que de nada sirve sacar a los corruptos sino se generan condiciones para que entren los honestos y capaces. El cambio político en Colombia será producto de un cambio en la correlación de fuerzas, no del número de partidos. El pluralismo no consiste en tener 5, 10 o 20 partidos, sino en que esos partidos representen realmente cosas distintas. Y para representar cosas distintas, deben hacer política en forma diferente. Y eso es justamente lo que hace Claudia. Ella no solo piensa distinto, sino que actúa diferente.

La Senadora del Partido Verde es frentera, de verdad, no al estilo uribista que es frentero para insultar pero huidizo para asumir responsabilidades. En un país acostumbrado a la hipocresía, el estilo de Claudia rompe con los paradigmas tradicionales y permite que a las cosas se les llame por su nombre. En una sociedad donde todo el mundo se queja de la corrupción pero nadie la denuncia, Claudia se ha atrevido a denunciar y arriesgar con ello incluso su vida..

Mientras los partidos tradicionales asumen que el pragmatismo es la forma natural de conseguir votos y hacer política, con lo cual las alianzas con la corrupción y la ilegalidad se han convertido en la manera permanente de adquirir el poder político, Claudia apela a los intereses de los jóvenes, de los sectores emergentes, de las clases medias hastiadas y limitadas en su crecimiento por la corrupción con que se tropiezan cada día.

Por todas estas razones, Claudia López más allá de traer vientos frescos a la política colombiana, se ha convertido en un verdadero huracán.

Ex viceministro del Interior
@JuanFdoLondono

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