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Opinión

  • | 2017/08/01 07:15

    La quinta de Uribe

    Si todos los otros candidatos no entienden que se están enfrentando a un monstruo político y que, por esa razón, deben agruparse bajo una sola bandera, Uribe repetirá la hazaña de 2002, llegará al poder, y será por quinta vez consecutiva, el factor determinante en la elección presidencial.

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Las últimas cinco elecciones presidenciales en Colombia, cada una a su manera, han sido definidas por las Farc. Por supuesto, con esto no me refiero a que el candidato ganador haya sido aquel que simpatizaba con las tesis de la guerrilla. Todo lo contrario. Desde las elecciones del 98, los votantes colombianos le hemos dado la victoria al que haya puesto sobre la mesa la estrategia más convincente para manejar el conflicto con la insurgencia.

Empezamos eligiendo a Andrés Pastrana, un candidato joven que a decir verdad no pintaba nada mal. Además de ser en cierta forma una expresión de rechazo al Gobierno de Ernesto Samper, que había llegado al Palacio de Nariño financiado por los narcos, el sufragio por Pastrana representaba un claro mandato del pueblo para dar un giro en la estrategia. El recién elegido presidente llegó hasta a volárseles a sus escoltas para ir a reunirse con Tirofijo en un campamento y empezar a recorrer, a partir de ahí, el camino de la negociación que terminó en un verdadero fracaso.

Como de esa reunión en adelante, Pastrana básicamente manejó su proceso con las patas, para el final de su mandato la situación era crítica. Los colombianos creíamos entonces agotada la posibilidad de negociar con las Farc y no veíamos en ellas voluntad de paz. El secuestro, la extorsión, el desplazamiento y el narcotráfico estaban disparados y, como si fuera poco, el proceso del Cagúan había servido para poner a la guerrilla en la mejor situación militar de toda su historia. Semejante desastre de gobierno, un país inundado de guerrilleros, y un odio generalizado en la gente hacia todo lo que oliera a insurgencia, tuvieron como consecuencia la primera elección de Álvaro Uribe en 2002. La consigna para el nuevo mandatario era clara: “Ya Pastrana trató por las buenas y no pudo. Entonces ahora hágale usted por las malas”.

Hay que decir que, así como fue Pastrana de incompetente negociando la paz, fue de efectivo fortaleciendo el Ejército con los recursos gringos del Plan Colombia. Uribe, que tenía perfectamente claro para qué había sido elegido, se dedicó a usar ese ejército que heredó de su antecesor para recuperar la seguridad en el país. En esa materia, debe reconocerse, se vieron resultados que tal vez nadie esperaba. La primera administración de Uribe fue tan efectiva matando guerrilleros y recuperando territorio, que en 2006 su apoyo popular sin precedentes, y una que otra triquiñuela, le permitieron cambiar la Constitución y volverse a presentar como candidato en unas elecciones que por supuesto ganó de sobra. Ya convertido en un fenómeno electoral nunca antes visto, y con millones de votantes escriturados a su nombre, el capital político de Uribe le alcanzó para que el nuevo presidente fuera el que él quisiera. Y así fue como elegimos en 2010 a Santos para que siguiera con la tarea de salvaguardar y fortalecer la política de Seguridad Democrática, y le diera la estocada final a las Farc.

Fue una sorpresa, para unos grata y para otros amarga, que Santos trazara una hoja de ruta distinta a la de la confrontación armada y se embarcara en la misión de buscar la paz por la vía negociada. Por ese cambio de opinión, Uribe decidió atravesársele a Santos en todo. ¡Y sí que ha tenido éxito! No obstante, en 2014, el presidente logró reelegirse. La promesa y la esperanza de la paz se impusieron en las urnas y Uribe, aun cuando logró dividir al país en dos, no pudo poner presidente.

(Este cuento me hace pensar que la última vez que unas elecciones presidenciales en Colombia no giraron en torno a Uribe, o a lo que Uribe dijera que se debía hacerse con las Farc, yo probablemente estaba aprendiendo a montar bicicleta o viendo Mi Pobre Angelito. Para entonces, Steve Jobs se acababa de inventar el IPod, yo tenía un VHS, no existían YouTube ni Facebook, íbamos en Harry Potter I y Amparo Grisales apenas tenía 45 tiernos años).

Aun cuando muchos han resaltado que una de las ventajas de este proceso de paz es que, por fin, los colombianos vamos a poder escoger a un presidente porque nos identificamos con sus ideas y no por lo que proponga hacer con las Farc, yo creo que todavía estamos lejos de ese panorama.

El proceso de paz aun está consolidándose, está muy biche. Todavía falta mucho camino por recorrer, muchas leyes por aprobar, y lo que está en juego no es de poca monta. Puede sonar fatalista, pero creo que los candidatos que realmente se la juegan por la paz, deben unir sus fuerzas, todos, dejar sus egos y saber a quién se le están enfrentando. No piensen por un segundo que Uribe va a buscar que se den debates en armonía. La estrategia será la misma que le ha permitido escoger el presidente desde hace 16 años: las Farc serán el enemigo, y él el gran salvador.

Como dije antes, la implementación del acuerdo toma tiempo, y hacer la paz es difícil. El resultado no es tan inmediato ni tan tangible como mostrar filas de cadáveres. Así las cosas, si todos los otros candidatos no entienden que se están enfrentando a un monstruo político y que, por esa razón, deben agruparse bajo una sola bandera, Uribe repetirá la hazaña de 2002, llegará al poder, y será por quinta vez consecutiva, el factor determinante en la elección presidencial.

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