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Opinión

  • | 2002/06/02 00:00

    Elecciones: el dilema de guerra o paz

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Los comicios del 26 de mayo resumen el triunfo del abstencionismo, la elección en primera vuelta del candidato de la disidencia liberal, el fracaso y derrumbe de los partidos tradicionales y la necesidad de construir una fuerza democrática de oposición con opción de gobierno.

Sólo votaron 46 de cada 100 potenciales votantes en medio de múltiples presiones armadas, de un sistema electoral que clama una reforma democrática, de financiaciones inequitativas de las campañas y de cierto unanimismo de los grandes medios de comunicación en torno al candidato ganador.

El triunfo en primera vuelta del candidato liberal disidente Alvaro Uribe Vélez refleja el desespero del país por la guerra y la esperanza de resolver este conflicto por la vía de la seguridad y el orden tras el fracaso del proceso de paz del gobierno saliente con la guerrilla de las Farc.

Las advertencias reiteradas sobre la inviabilidad de una guerra total y el peligro de cerrar los espacios democráticos, limitar los derechos humanos y aumentar la asistencia militar extranjera, no fueron considerados en el momento de votar por parte de los colombianos y colombianas que eligieron al nuevo Presidente.

Los partidos tradicionales, responsables de la profunda crisis del país, se siguen derrumbando como dos torres gemelas en medio de la desbandada de sus dirigentes y con muy pocas probabilidades de evitar el colapso.

El Partido Conservador se diluyó en el proyecto político del nuevo Presidente y, por primera vez en la historia, un candidato disidente del Partido Liberal derrota al candidato oficialista.

La izquierda democrática no colmó todas las expectativas, requiere una profunda revisión de su política de alianzas y de la construcción de movimiento para asumir el reto de llenar el vacío de una oposición crítica y constructiva. El reto es ganar espacios de poder local y regional en la perspectiva de ser gobierno, si cuenta con las garantías necesarias para esta gestión política.

En todo caso, la paz vuelve al centro del debate público y demuestra que más allá de las agendas electorales y los discursos y acciones de guerra, el país sabe que el único camino viable para la paz es el diálogo y la solución política.

El triunfo de Uribe Vélez y su primer discurso como Presidente electo no cambia la preocupación por la suerte del país, aun cuando sugiere diversos elementos de análisis:

Propone una mediación internacional para volver al diálogo con los "grupos violentos" sobre la base de rechazar el terrorismo y de un cese de hostilidades que, se entiende, debe ser bilateral. Ahora hay propuestas del nuevo Presidente, de las Farc que incluye la desmilitarización de los departamentos de Caquetá y Putumayo, si el escenario es el diálogo en medio del conflicto, otra del ELN con su convención nacional y una propuesta de los sectores de la sociedad civil que participaron en el reciente Congreso Nacional de Paz y País y que plantea un urgente acercamiento humanitario entre el nuevo gobierno y las Farc en el exterior para restituir la confianza en un nuevo proceso a partir del pleno respeto de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.

La intervención del Presidente electo destaca el "corazón grande" y minimiza u oculta la "mano firme" (un millón de personas vinculadas al conflicto armado y nueva ley de seguridad nacional) y asume un lenguaje inusitado de reconciliación y humildad contrario a la dureza de la campaña. Es posible que sea el resultado de la persuasión internacional y la necesidad de mejorar la imagen ante el mundo o de una aceptación de la necesidad de buscar soluciones más democráticas y menos militaristas. Los hechos determinaran cuál es el camino.

Las iniciativas de paz, las organizaciones de derechos humanos y los movimientos sociales tienen la responsabilidad de actuar para incidir en la agenda de guerra o paz del nuevo gobierno y la carta de navegación la ofrece el llamamiento de Paz y País recientemente aprobado.

La comunidad internacional comprometida con la cooperación para la paz y los derechos humanos debe contribuir a garantizar la existencia de una sociedad civil actuante y participante para que persista el Estado social de derecho y no modelos autoritarios y antidemocráticos.

La insurgencia y el nuevo gobierno pueden evitar un derramamiento de sangre innecesario si frenan las ofensivas y contraofensivas que suelen anteceder el comienzo de un nuevo período presidencial y si logran un acercamiento humanitario para excluir a los civiles de la guerra en la perspectiva de restaurar un proceso serio y sostenible.

*Director de Paz Colombia
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