Martes, 6 de diciembre de 2016

| 1992/09/28 00:00

Elecciones presidenciales

Nadie ha dicho por qué es bueno que la Presidencia sea simplemente una chanfaina que palanquea en Bogotá un protector de pereiranos

Elecciones presidenciales

EN UN PAIS CON LOS PROBLEMAS TREmendos de Colombia hay muchas cosas serias y graves de qué hablar. Pero los colombianos, con nuestro certero genio para lo grotesco, hablamos siempre de lo más estupido. Ahora andamos enzarzados en la disputa bizantina de saber si quien de verdad eligio al actual Presidente de la República fue un muchachito de 16 años traumatizado por el asesinato de su padre, o un multimillonario exportador de cafe llamado "Figuritas" y conocido por su inclinación a conseguirles chanfaina en Bogotá a sus coterraneros de Pereira.
Las dos posibilidades son ridículas. Como método para escoger al gobernante de un país, los dos superan en pintorresquismo al que usaban los indios araucanos, que consistía en poner a los candidatos a cargar un grueso tronco sobre los hombros: el que aguantara más, ese era el jefe. Si es verdad que al presidente César Gaviria lo elegimos así, deberíamos esforzarnos -por pudor- porque no lo supiera nunca nadie.
Pero no, al contrario: todo el mundo interviene a gritos en el magno debate. Un parlamentario escribe un libro, publicado por una universidad, para sostener la tesis de que al actual Presidente lo nombró por recomendación un amigo de la familia del difunto candidato Luis Carlos Galán. El amigo -Gustavo Gaviria dice que no: que el se limitó a escuchar el clamor del pueblo y a
traducirselo al hijo adolescente de Galán, Juan Manuel, quien a su vez lo proclamó desde el borde de la tumba. El muchacho, por su parte, tercia desde París para afirmar que la idea de designar a César Gaviria se le ocurrió a el solito, y no se la consultó ni siquiera a su mamá. Intervienen en la querella los políticos, la prensa, la televisión, los amigos de Gaviria, la viuda de Galán. Sólo nos falta conocer la opinión -que por lo visto es fundamental en los temas de Estado- de la niñita María Paz.
Sin embargo nadie explica por qué la tesis que mantiene le parece buena (al margen de que resulte incomprensible, tal como va este gobierno, que alguien se enorgullezca de haber tenido arte o parte en su gestación). Nadie ha dicho por que es bueno que la Presidencia sea simplemente una chanfaina que palanquea en Bogotá un protector de pereiranos, y tampoco ha dicho nadie por qué es mejor que sea como esa papeleta ganadora que selecciona a ciegas la mano inocente de un huérfano en una rifa.
La verdad es que, en su momento, el sistema del niño podía parecer el adecuado. Porque salíamos de Virgilio Barco, escogido por descarte por un experimentado profesional de la política ("Si no es Barco ¿quien?"), y la elección había resultado tan catastrófica que valía la pena ensayar el método diametralmente opuesto: el del pequeñuelo inexperto que señala a cualquiera con su dedito, y sale ese. En un primer momento la cosa pareció funcionar. Después, lo estamos viendo, tampoco tuvo éxito. ¿Que hacer, entonces?
Porque en Colombia hemos ensayado todos los métodos conocidos por los hombres para elegir un jefe, des de la pelea a dentellada limpia de los grandes mandriles hasta la refinada complejidad de la ley d'Hont que inventó un politólogo belga; y todos nos han salido mal. Hemos designado presidentes por derecho de herencia, como se hacía en la antigua Persia; por sorteo, como los arcontes atenienses; por adopción, como los emperadores romanos, por cooptación, como la oligarquía de Cartago; y todo nos ha salido mal. Ensayamos la matanza colectiva, y ganó Laureano Gómez; el derrame cerebral, y subió Urdaneta; el golpe incruento, y vino Rojas; el cónclave de ricos, y salió Alberto Lleras; la alternancia, y tuvimos a Guillermo León; el riguroso turno, y le tocó a Carlos Lleras; la pura chiripa, y le cayó a Pastrana; la legitimidad dinastica, y se nos vino López Michelsen; el "tin marin de do pingue", y señaló a Turbay; el "a la tercera va la vencida", y quedo Belisario; el descarte, y nos hundimos en Barco; y el señalamiento a ciegas por la mano de un niño, o, si se prefiere, la recomendación de un coterraneo, y vamos en Gaviria. Con el cual cabe también otra interpretación: pues en esas elecciones del 90, con Gaviria sustituyendo al asesinado Galán y Navarro reemplazando al asesinado Pizarro, y todos los candidatos con chaleco antibalas, lo cierto es que al Presidente actual lo escogimos por el sistema de la ruleta rusa.
¿Qué hacer, entonces, para que por fin nos salga bien? Propongo un método, que es el único que no hemos probado nunca: que el Presidente de la República sea elegido por sufragio universal, libre y secreto, por todos los colombianos. Quién sabe. A lo mejor resulta.

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