Martes, 24 de enero de 2017

| 2006/11/11 00:00

Elemental, mi querido Rudy

Eduardo Plata Yidios controvierte al ex ministro de Hacienda quien cree que el aumento del salario mínimo no beneficia a los pobres.

Elemental, mi querido Rudy

Con sorpresa leí el martes, 2 de noviembre, un artículo de Rudolf Hommes publicado en el diario El Tiempo. Aunque usualmente sus comentarios me parecen acertados, en esta ocasión creo que el ex ministro convirtió lo que debía ser una denuncia en un artículo con una conclusión inapropiada.

Decía en su columna Rudolf Hommes que aumentar el salario mínimo no beneficia a los pobres; que, muy en cambio, elevarlo deriva en un aumento del número de trabajadores devengando salarios inferiores al mínimo. Concluía su columna diciendo que un aumento de la productividad y del empleo será lo único que aumentará el ingreso de los asalariados colombianos.

Comparto con el ex ministro la preocupación que expresa acerca del incumplimiento del salario mínimo que se hace en muchos lugares, sobre todo, como él lo menciona, en el campo, donde la problemática social es colosal. Sin embargo, soy de la idea de que lejos de concluir que el salario mínimo no beneficia a los asalariados de los estratos bajos, lo que debería es hacer una denuncia y un llamado para que las leyes laborales se cumplan. La solución no es abandonar la idea del salario mínimo, la solución es que el gobierno se dé a la tarea de hacer un seguimiento más cercano, a fin de detectar los abusos que se presentan en el mercado laboral, y corregirlos.

La nueva dinámica económica mundial nos está llevando a un mundo de asalariados. Las empresas grandes están devorando a las pequeñas y las medianas están fusionándose entre sí para convertirse en grandes y evitar que las devoren a ellas también. En este nuevo escenario, el crecimiento económico de una nación, o el aumento en la productividad, no tiene el mismo efecto que tenía hace un par de décadas, ahora la riqueza generada se acumula en empresas con cada vez menos dueños, y deja a la gran mayoría de la gente dependiendo del mejor o peor salario que tengan. Esto no ocurre exclusivamente en los países pobres como Colombia, pasa también en países ricos, como Estados Unidos, donde el efecto de concentración de riquezas se está presentando, ante la preocupación de muchos.

Para Colombia es mucho más conveniente un crecimiento económico entre el 2% y el 3% del PIB, que sea consecuencia de un aumento general en el poder adquisitivo de los consumidores, a un crecimiento de 5,7%; como el que tuvo Colombia, causado principalmente por las extraordinarias ganancias de empresarios y capitalistas.

Se podría argumentar que el mercado laboral se encarga de regularse a sí mismo y los salarios se nivelaran por sí solos. Eso es cierto sólo en los casos de las economías sanas, con cifras de desempleo bajas; en casos como el de Colombia, donde entre desempleo y subempleo se suma el 20% de la población, el mercado laboral no funciona. La necesidad de la gente, sencillamente, no permite que funcione. La pirámide de necesidades de Maslow ilustra cómo varían las necesidades personales; mientras un trabajador que devenga el salario mínimo está en la base de la pirámide, en una lucha por satisfacer sus necesidades básicas (alimentación, servicios públicos, vivienda), un empresario esta al tope de la pirámide, preocupado por el éxito profesional y el reconocimiento público. Obviamente, es mucho más fácil esperar varios meses para satisfacer la autorrealización, que para satisfacer las necesidades básicas. La urgencia por conseguir medios de subsistencia pone al empleado en una posición de negociación muy desfavorable frente al empleador.

No sólo no se puede dejar al mercado regular el salario mínimo en una economía con un desempleo tan elevado, se debería incluso establecer regulaciones para profesionales y técnicos. Lo que ha sucedido la última década en Colombia con los profesionales es lamentable; especialmente con los recién graduados. Las empresas han aprovechado la escasez de empleos para contratar a ingenieros, arquitectos, economistas y demás profesionales, por salarios que llegan a ser tan bajos como el salario mínimo. Esta actividad constituye un atropello contra la mano de obra calificada y un grave error estratégico para el país. El resultado ha sido una estampida de jóvenes profesionales colombianos, con alta capacitación, que han abandonado el país en busca de oportunidades más justas y de mejores perspectivas.

En lo que al empleo en el campo se refiere, la situación es funesta. Tal y como lo describe en su columna el ex ministro Hommes, en el campo la gente se emplea en lo que haya, por el salario que haya, y se acabó, no hay ningún tipo de regulación. El abandono absoluto del Estado ha producido un seudo estado feudal en el campo colombiano, en el que los trabajadores viven bajo un sistema de esclavitud moderna. Los favores y la permisividad histórica del Estado han perpetuado (o en el mejor de los casos, consentido) esta situación en el campo de Colombia. Es imperativo endurecer la conducta del Estado con agricultores y ganaderos, en aras de proteger al ciudadano colombiano del campo.

Descrita esta situación, la conclusión no puede ser la que planteó Hommes. La evasión de las normas no puede generar la idea de que es mejor no tener normas. Lo que urge es procurar el cumplimiento de la ley en toda su extensión y castigar con severidad su desobediencia; más aun cuando se trata de un tema tan sensible como lo es el salario mínimo. Y mientras los índices de desempleo y subempleo combinados cobijen a uno de cada cinco colombianos, el establecimiento de salarios “por decreto”, como menciona el ex ministro, es, no sólo conveniente sino además, absolutamente necesario para evitar la explotación y garantizar la existencia de un Estado social de derecho.

Ñapa: La decisión de hacer bilingües los colegios públicos de Bogotá, nuevamente pone a la capital a la vanguardia del país. Felicitaciones para la dirigencia de la capital que, nuevamente, pone un ejemplo digno ser copiado en todos los demás municipios y distritos de la nación.


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