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Opinión

  • | 2007/12/22 00:00

    A ELLA, EN SU CUMPLEAÑOS

    Duele el alma cuando insinúan que Íngrid merece su secuestro. Y cuando doña Yolanda Pulecio soporta insultos por no compartir las propuestas del gobierno

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Diciembre era un mes especialmente feliz para esa niña. La noche del 24 venía el niño Dios y al otro día era su cumpleaños. Pocos tenían más regalos que ella, y nadie más cariño. Tal vez el recuerdo dulce de ese tiempo le haya permitido hacer más llevaderos sus últimos seis cumpleaños.

Este 25 de diciembre y allá -donde todos los días son iguales- Íngrid Betancourt recordará que nació hace 46 años.

Ahora, cuando se siente inmensamente sola, cuando le ha dejado saber a su mamá que se le empiezan a acabar las ganas de luchar, cuando su imagen física la muestra como una sombra de la bella mujer que siempre ha sido, Íngrid está más acompañada que nunca.

Su nombre no solamente viaja en el metro de París, sino que ocupa las agendas de las cumbres internacionales. Está en el escritorio de muchos jefes de Estado. Camina por los pasillos del Capitolio en Washington. Recuerda los alcances reales de un gobierno sobrepublicitado. Molesta a muchos. Salta de boca en boca, y de idioma en idioma. Habita en las salas de redacción del mundo entero. Y se convierte en el elocuente símbolo de la barbarie de los secuestradores y -también- de la indolencia del poder frente a los secuestrados.

Lo increíble es que esa movilización global, y un diminuto pero significativo cambio en los "inamovibles" de las partes, los haya precipitado un golpe de inteligencia de esa mujer debilitada; justo cuando su caso, y el de los otros cautivos colombianos, estaba a punto de convertirse en parte del paisaje informativo.

El pasado miércoles 24 de octubre, Íngrid demostró que no hay nadie que pueda ponerle cadenas a su alma.

En unas cuantas hojas, sucias de llanto y selva, Íngrid plasmó un mensaje universal de dolor y esperanza. Es el mensaje de una hija, de una madre, y también de una dirigente -hecha y derecha- capaz de ver desde la distancia y desde su propio sufrimiento una dimensión diferente de la humanidad y de Colombia.

Curiosamente su carta ha sido mejor entendida fuera del país. Quizá porque pueden leerla lejos del ruido de los intereses locales.

Desde luego es un llamado al corazón pero también al cerebro. Un llamado para remover de sus sillas a quienes encontraron la fórmula fácil para evadir la responsabilidad de la sociedad y del gobierno. Sostienen ellos que como las Farc son las autoras exclusivas del abominable secuestro, sólo a las Farc se les debe reclamar la liberación de los secuestrados.

El argumento suena bien, pero es falso.

Es al Estado al que se le debe exigir el cumplimiento de las normas, antes que a los delincuentes. Sólo un Estado que dé ejemplo en todo tiene la autoridad moral para imponer la ley. La protección de la vida y la defensa y libertad de los ciudadanos no son concesiones generosas de los gobernantes, sino sus obligaciones principales.

Devolverles la libertad es un imperativo moral y social. No solamente un tema retórico para lograr que los países desarrollados le den palmaditas en la espalda a un Presidente ávido de reconocimiento internacional. Hay que hacer mucho más por los secuestrados, esos "leprosos que afean el baile", según la definición de Íngrid.

Ya es hora, por ejemplo, de no criminalizar más a las víctimas. Duele el alma cuando alguna gente insinúa que Íngrid merece su secuestro por estar donde estaba, pese a las advertencias. Es inaceptable, en una sociedad civilizada, que doña Yolanda Pulecio tenga que soportar insultos por no compartir las propuestas del gobierno. Tampoco es posible que algunos pretendan mostrar la solidaridad internacional con Íngrid, como una estupidez que "la valoriza" o, aun peor, como un agravio a los demás secuestrados.

En su vida política Íngrid Betancourt ha sido audaz. Ha tenido grandes virtudes y defectos. No ha sido perfecta, pero nadie le puede negar su valor, ni antes del secuestro, ni ahora.

Ojalá vuelva pronto para recuperar -incluso- la posibilidad de estar en desacuerdo con ella. n?

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