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Opinión

  • | 1988/08/15 00:00

    ELOGIO DE LOS DEPORTES

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En una de esas sabrosas crónicas que a veces escribe -con menos frecuencia de lo que quisiéramos sus lectores-, Alvaro Montoya trae a colación una estupenda anécdota de Woody Allen. Alguien le pidió al gran comediante su concepto sobre el deporte de la natación. "La natación no es un deporte -replicó Allen-. Es algo que uno aprende simplemente para no ahogarse".
A mí me parece, aplicando la misma filosofía, que el ciclismo es algo que los colombianos aprenden por variados motivos para que no los ahogue la vida: para emplearse de mensajeros en Telecom, para repartir medicinas en una farmacia, para trasladarse del campo a la escuela, para rebajar de peso los domingos, para vender pan con una canasta, para tener en qué llevar la novia al cine y, apenas en último lugar, para asombrar al mundo en las competencias deportivas.
En este país amado y sufrido, donde tantas cosas comienzan al revés y terminan al derecho, la gente empezó montando en bicicleta por necesidad y terminó haciéndolo por deporte. Ese es el sentido profundo y sabio de la expresión que dijo un día el inolvidable Alvaro Pachón: "En Colombia, la bicicleta es una herramienta de trabajo".
Me viene ahora a la cabeza la imagen de "El Barraquete", el primer ciclista que vi en mi vida, un muchacho de San Bernardo del Viento, pequeño y rollizo, cuadrado como una estatua indigena, el único habitante del pueblo que era capaz de ir y volver al puente de La Balsa en menos de media hora, montando en una cicla prehistórica, pesada como un bulldozer. "El Barraquete" era el único ser humano que podía poner en movimiento dos ruedas en las calles polvorientas de aquella aldea, donde la tierra llegaba hasta las rodillas.
La verdad es que los mejores recuerdos de mi infancia están sembrados de deportistas formidables y pobres. El primero de todos es Pascual Miranda, "La Perra", un negro flaco con una sonrisa de piano. Durante la semana se rompía el espinazo tumbando monte por los rumbos de Josemanuel de Altamira, trabajando en fincas ajenas, pero cuando llegaba el domingo se ponía su uniforme de beisbolista invencible. Era un pitcher legendario. Las gentes del vecindario jamás lo vieron perder un partido. Fueron muchas las tardes gloriosas en que lo llevaron en hombros, en medio de la algarabía de los perros asustados, hasta su rancho. Yo estaba creciendo, tenía ambiciones literarias, perdía el año en el colegio del profesor Canabal, y en el fondo de mi alma lo único que quería era llegar a convertirme en un lanzador como "La Perra", con su recta de humo, su aguaje de camaján del montículo y su insuperable curva a la esquina de afuera.
Pero, la verdad sea dicha sin miramientos, he sido eternamente una completa nulidad para el deporte. Mamá me hizo una manilla de lona para que aprendiera a jugar en los potreros, y lo único que conseguí, en mi primer partido, fue fracturarme un dedo con un pelotazo. Mi rutilante carrera en el beisbol duró menos de una hora.
A los pocos meses cambié de aspiraciones. Ahora quería ser campeón mundial de boxeo. Había en el pueblo un hombre llamado Movile Morelos que se inventó un sistema ingenioso de publicidad: cubrió postes y paredillas con unos carteles que anunciaban el combate estelar de "El Incógnito". Nadie sabía quién era.
La gallera de mi tío José Behaine estaba de bote en bote. Crecían la expectativa y el misterio. El crédito de Lorica, especialmente contratado para la ocasión, esperaba en su esquina la llegada del contendor. El cuadrilátero fue armado con cuatro cáñamos. Y, de repente, en la parte más alta de la gallera, cerca del techo, se oyó un grito estentóreo. Era "El Incógnito", vestido como los murciélagos de las tiras cómicas, con una capa negra, un pantalón de baño y un pedazo de capuchón que le cubría la cabeza y media cara.
Con el pecho henchido, abriendo las alas de la capa, como si fuera a volar, se lanzó desde lo alto rumbo al centro de la gallera, pero se enredó en los pliegues. Rodó escaños abajo. Se rompió dos costillas. Tuvieron que buscar un abrelatas y unas tijeras de cirujano para quitarle de encima semejante atuendo. Sólo entonces descubrieron que era Movile, estaba desmayado, le entablillaron el tórax con unos cartones y ahí acabó su paso por el pugilismo.
El último de mis grandes ídolos deportivos de aquellos tiempos felices fue Emiromel Guerrero. Si acaso levantaba un metro y medio del suelo, pero era capaz de atravesar el río Sinú, por la parte más honda, cuatro veces de ida y vuelta. Entonces quise ser nadador para devorar distancias y enamorar a las sirenas que me encontrara en el camino. La primera vez que me lance desde la barranca, mis primos tuvieron que tirarse a sacarme. Me estaba ahogando a la primera braceada. Duré como una semana botando agua. Era un desastre. Lo sigo siendo.
Tal vez a ello se debe la malsana envidia que me producen los deportistas. Quisiera ser como Filipides entrando jadeante a Atenas. Como Herrera que pedalea parado en los Alpes. Como el Pibe Valderrama, que ha hecho del fútbol una cosa tan fácil.
He tenido, en fin, que consolarme con la literatura deportiva. Yo, que soy un atleta frustrado, entiendo a Camus cuando dice que el único lugar de este mundo donde se sentía plenamente feliz era un estadio. Maurois decía que el fútbol es la inteligencia en movimiento. Yo todavía recuerdo a "El Barraquete", a"La Perra" Miranda, a mi compadre Charamusca, que duró bebiendo una semana seguida cuando bateó el único hit de su vida.
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