Jueves, 30 de octubre de 2014

| 2013/04/20 00:00

Embalsamemos a Maduro

Los discursos de Maduro no causan risa, sino estupor, vergüenza ajena, angustia existencial.

Embalsamemos a Maduro Foto: Guillermo Torres

La noticia de que ya no iban a embalsamar a Chávez me dio tan duro como su propia muerte: ¿cómo es posible que ya no lo disequen, me golpeaba contra las paredes, si esa habría sido su obra de gobierno más perdurable? La familia del comandante terminó con una fortuna de millones de dólares: ¿no se dan cuenta de que embalsamarlo era la única forma de conseguir que de verdad fuera incorruptible?


Soy un soñador, siempre lo he sido, y soñaba con traer el cuerpo del comandante a la costa colombiana, una región en la que los políticos son tan sensibles con los muertos que incluso les permiten votar: ese era el escenario ideal para que el líder de la revolución se reencauchara.


Y si la idea no prosperaba, al menos podían lucirlo en Caracas de cuerpo entero: me veía haciendo fila frente al fiambre de Chávez, como si estuviera en Disney. Santos prestaría la urna de cristal para tener dónde exponerlo. 

La gente creería que los vidrios eran de aumento. Y los empresarios de Bodies, la exposición de especímenes que él mismo censuró, lo ficharían para que hiciera una dupla de oro con José Galat y se fueran de gira por el mundo, incluso a Irán, incluso a Corea del Norte, destinos turísticos donde el comandante era bien recibido.


Siempre he sido partidario no solo de que embalsamen a Chávez, sino de que desembalsamen a Fidel. Y no por el interés mezquino de decorar mi estudio con la cabeza disecada de diversos dictadores tropicales, las cuales colgaría sobre la chimenea para crear un ambiente de recogimiento y lectura. No. Sino porque la preservación del cuerpo del comandante era la cuota inicial para fundar el primer museo de cera que tanto necesita América Latina: un Madame Tussauds Bolivariano superior, incluso, a las frijoladas de doña Olga Duque.


Conservar al comandante para la eternidad, además, era una manera de salvarnos de Maduro. Porque, digámoslo de una vez, Maduro es una versión de Chávez casi tan devaluada como él de Bolívar.
Siempre supe que sin Chávez no perdió el proletariado. Es más grave que eso: sin Chávez perdió el humor.

En especial el humor involuntario, materia en la cual el comandante era más gracioso, aun, que el alcalde de Yopal, quien, ante los recientes disturbios por falta de agua, decretó la ley seca. (Ahora que siguen sin resolver la crisis, debería pedir que embalsamen a Yopal: esto es, que la metan en un embalse).
Y ahora extraño al comandante porque los discursos de Maduro no causan risa, como los de él, sino estupor, vergüenza ajena, angustia existencial. 

Es una mala imitación de caudillo; una segunda parte desteñida e innecesaria de su predecesor, hagan de cuenta como El paseo II. O, incluso, como El paseo I.
Y no lo digo por aquella vez que aseguró que Chávez había intercedido ante el Espíritu Santo para que nombraran un papa argentino, porque el episodio, efectivamente, pudo suceder:


-¡Tú eres un pajarraco pitiyanqui, paloma de mierda! –agarró del cuello el comandante al Espíritu Santo–. ¡Hueles a azufre! ¡Eres de la derecha!
-No, señor: yo soy trino y uno: derecha, centro e izquierda.

-¡Qué va, avechucho fascista! ¡Nombra a un papa argentino o saco diez pelotones a la frontera y te tuerzo el pescuezo, paloma majunche, lacaya del imperio!


No lo digo por eso, retomo, sino por todo lo demás. Por haber dicho, por ejemplo, que Chávez se le había aparecido en forma de pájaro, un asunto que, más que a sus votantes, atañía a su urólogo: ¿a qué pájaro se refería? ¿En qué tipo de pájaro podía encarnar Chávez? ¿En un gallinazo, acaso? ¿Por qué no embalsamaron al pájaro, entonces?


Pero lo que realmente resulta indignante en Maduro es que carga un ejemplar mínimo de Constitución Nacional, un libro chiquitico, que, puesto en la palma de su mano, lo hace ver más ‘manilargo’ que el mismo Diosdado Cabello.


Yo intuía que la Constitución de Venezuela era de bolsillo, pero ¿no podían disimular? ¿No podían forrar en cuerolina cualquier diccionario para jurar sobre algo medianamente grueso y grande, al menos en el primer acto de posesión de Maduro? 


Cuando me enteré de la muerte del comandante, fui el primero en pedir que la desconociéramos a través de un decreto, como él habría hecho. Pero como escribir esta columna es hablarle a una pared, nadie me puso atención. Y ahora debemos padecer a Maduro como presidente de Venezuela: un hombre que se merecía el castigo de ganar las elecciones y administrar las ruinas que dejó Chávez, pero que ha resultado insoportable.


Sé que no se trata de hablar ahora con ese tono de ‘yo sabía, se los dije’ porque termino trabajando en Blu radio y esa no es la idea. Por eso, más que quedarme en recriminaciones estériles, como el pájaro de Chávez, traigo una propuesta constructiva, que es esta: embalsamar a Maduro. O al menos caramelizarlo, para que se quede quieto y a la vez se vuelva dulce.


Sería la manera de iniciar el soñado museo de cera y evitarle a Venezuela otra desgracia: porque si, ante el desabastecimiento del papel higiénico, los miembros del chavismo están acostumbrados a limpiarse con la Constitución, la de Maduro es tan chiquita que necesitará ayuda sanitaria. Y en cualquier momento el alcalde de Yopal decreta la ley seca también en Caracas.

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