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Opinión

  • | 2017/03/28 12:05

    Ember, un héroe silencioso

    Era un maestro que aunque nos exigía al máximo y nos metía en problemas si no había resultados, también nos hacía sentir especiales, nos oía con atención y nos mostraba con una frase sabia el camino de la vida.

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Uno de los problemas más profundos que tiene Colombia es, sin lugar a dudas, la desatención a nuestros niños y niñas. En este país, ellos han sufrido con más dureza las inclemencias de la guerra, el abandono, la pobreza y la falta de afecto de sus padres.

Por eso hoy quiero dedicar esta columna, en la que casi siempre hablo de política, a un maestro, a un grande de la educación, a un hombre que dedicó cada minuto de su vida a luchar por nuestros niños.

Este fin de semana, los colombianos perdimos uno de esos seres que no se repiten. Ember Esteffen Rodríguez, gerente pedagógico de la Secretaría de Educación, perdió la vida en un trágico accidente provocado por el desprendimiento de una roca en la vía Bogotá-La Mesa.

El domingo en la mañana abrí el computador y me enteré de la noticia. En ese momento, tomé el teléfono, llamé a mis padres a contarles lo que había pasado y empezamos a recordar lo importante que fue Ember en la vida de tantas familias, y a reflexionar sobre el inmenso impacto que tuvo en el futuro de los niños.

Yo fui uno de los miles de niños que tuvimos la fortuna de conocer y aprender de este maestro. En el 2004, ante la mirada algo temerosa de los estudiantes, en el colegio nos presentaron a Ember como el nuevo coordinador del área de disciplina. En ese momento a todos nos daba pánico su llegada, pues se trataba de un tipo estricto que llegaría a poner el orden que faltaba. Por cuestiones del azar, ese profesor “cuchilla” que hasta ahora aterrizaba en el colegio, fue asignado como director de grupo de mi curso.

Durante ese año, unos lo quisimos y otros varios lo veían con temor o, tal vez, con rabia. Ember era una de esas personas que siempre ponían a prueba a sus estudiantes, y con sus ingeniosas maneras nos obligaba a sacar siempre lo mejor de nosotros. A entender que podíamos dar más, que hacer algo bueno no era suficiente si se estaba en capacidad de hacer algo excelente.

En un colegio de unos 1.000 estudiantes, Ember se aprendía de memoria el nombre de cada uno, los nombres de sus papás; sabía de los problemas en las casas, de las fortalezas y limitaciones de todos. Cada vez que me llamaba a su oficina de paredes naranja, entraba muerto del susto y salía pensativo, con una reflexión profunda rondando mi cabeza.

Era un maestro que aunque nos exigía al máximo y nos metía en problemas si no había resultados, también nos hacía sentir especiales, nos oía con atención y nos mostraba con una frase sabia el camino de la vida.

Luego de su paso por el colegio, Ember emprendió uno de los retos más importantes de su vida: abandonó los pinos del Gimnasio Moderno para asumir la rectoría del Gimnasio Sabio Caldas en Ciudad Bolívar.

Su labor al frente de esa institución educativa fue ejemplar. No se limitó a ser un simple funcionario y a cumplir con lo mínimo, sino que se volvió un hombre determinante para la comunidad. Ember, quien se graduó de medicina y luego se especializó en psiquiatría, echó mano de sus conocimientos para conseguir cambiar el entorno de todo lo que pasaba a su alrededor. Se dedicó a hablar con los niños durante horas, a oírles los problemas, a aconsejarlos, a guiarlos y a hacer de sus familias un mejor entorno para crecer. No en vano logró acabar con los embarazos adolescentes durante su paso por el colegio.

Después de conseguir un cambio nunca antes visto en Ciudad Bolívar, y con la satisfacción del deber cumplido, este maestro de la vida asumió la Dirección de Infancia y Adolescencia del Bienestar Familiar.

Hoy, mientras me preparo para ir a despedirlo, pienso qué sería de Colombia si acá tuviéramos más hombres como Ember. Si existieran más personas que dedicaran su vida entera a servir a los demás, a ser la mejor versión de sí y a ayudar a otros a que lo sean. Lo que más duele de la pronta partida de Ember Esteffen es pensar en todo lo que dejó de hacer, en las cosas que habría alcanzado este guerrero incansable que tuvo como únicas armas la palabra y el ejemplo, para hacer de nuestros niños personas felices y para luchar por sus derechos.

Paz en su tumba, maestro de maestros… 

En Twitter: @Federicogomezla

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