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Opinión

  • | 2008/08/16 00:00

    Empapelamiento judicial

    Molano no ha querido retractarse. Es el gran cronista de este país arrasado por las tropelías de los notables locales

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Pregunto: ¿Por qué, cuando García Márquez escribió Los funerales de la Mama Grande, no lo demandaron por calumnia e injuria los notables de la Costa Caribe? ¿Por qué, cuando Escalona compuso El almirante Padilla, no lo denunció ante los jueces la familia Socarrás, a cuyo pariente Tite acusaba de ganarse la vida contrabandeando? Alfredo Molano publicó hace año y medio en El Espectador un artículo titulado 'Araújos et al', contando cómo se comportan los notables de provincia en este país: cómo manejan las haciendas y la política, los negocios y los reinados de belleza y también la justicia. Una columna, digamos, costumbrista. Y varios jóvenes de la familia Araujo de Valledupar, todavía no muy notables ellos mismos pero sí miembros de sangre del notablato costeño, le agregaron a la columna un colofón igualmente costumbrista poniéndole a Molano una demanda que está en curso ante el juzgado cuarto penal municipal del circuito de Bogotá. En diciembre pasado hubo una audiencia de conciliación, en la cual el periodista se negó a retractarse, pues "eso sentaría un precedente sobre la libertad de prensa" justificando la censura. Los querellantes persistieron en el caso.

Meto la cucharada en este asunto, que me parece a la vez ridículo e intolerable, porque he conocido el tema desde las dos puntas. Como periodista de opinión, y como miembro joven (en mis tiempos) de una familia del notablato local (en mi caso, de Santander y de Bogotá).

Como miembro de familia de notables he recibido críticas e insultos por hechos ocurridos hace tiempos, reales o ficticios, cometidos por o atribuidos a parientes míos ya difuntos. Y he gozado también, por lo mismo, de ventajas y privilegios considerables: se me han reprochado y permitido cosas que a otros no se les permiten ni se les censuran. Nunca se me ha ocurrido sin embargo llevar a los tribunales de justicia esas opiniones ajenas calificándolas de imputaciones deshonrosas, porque me parece tonto el vicio de judicializarlo todo. Como les parece así también, supongo, a los Araújo más maduros, que están embolatados en pleitos de mayor entidad y por eso no se han puesto ellos mismos a empapelar a Molano por pendejadas.

Y como periodista me ha tocado también aguantar pendejadas de ese estilo. En varias ocasiones han amenazado con demandarme, y han tenido el buen juicio de abandonar el tema en el camino por darse cuenta de que era una tontería. Una vez, en España, el asunto pasó a mayores y fui llevado a retractarme ante un juzgado por una columna de opinión.

La cosa fue así. Con motivo de uno de los transplantes de corazón que hacía el doctor Barnard escribí en una revista española que me parecía lógico que tales experimentos se intentaran siempre en dentistas, pues es verdad sabida que los dentistas no tienen corazón. Me demandó el Real Colegio de Odontólogos de Madrid imponiéndome la carga de la prueba: la demostración clínica de la ausencia de la víscera cardíaca en los practicantes de las disciplinas odontológicas y afines. Y me retracté, digo, porque el asunto me parecía una tontería. Mi retractación judicial no iba a alterar la convicción generalizada de que los dentistas, aunque lo tengan, no tienen corazón. La demanda no era seria, como no sería seria la de una asociación de familias de marinos contra Pablo Neruda por cuenta de su famoso verso: "Los marineros besan, y se van". O por una familia de notables costeños contra García Márquez por su famoso cuento de la Mama Grande, en el que narra cómo son, cómo viven y cómo se mandan enterrar cuando se mueren, los notables de la Costa.

Molano no ha querido retractarse de su artículo ante la embestida judicial de los jóvenes Araújo. Tiene razón. Molano es el gran cronista de este país arrasado por las tropelías de los notables locales, que ha descrito en una docena de libros y centenares de artículos de prensa. Un cronista no puede permitir que lo amordacen judicialmente cuando está describiendo literalmente, además de literariamente, la realidad que lo rodea. No se puede dejar callar, porque hablar es su esencia. Escribía Quevedo en su famosa Epístola censoria a un poderoso notable de su época, el conde-duque de Olivares, valido del rey Felipe IV:? "no he de callar, por más que con el dedo? tocando ya la boca o ya la frente? silencio avises o amenaces miedo".

Y cuatro siglos más tarde le hacía eco Albert Camus en su discurso de recepción del premio Nobel de literatura:

"El escritor no puede estar al servicio de los que hacen la historia, sino de quienes la sufren".

A Alfredo Molano lo están empapelando por ser fiel a su papel de escritor.
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