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Opinión

  • | 2014/09/22 00:00

    En Bogotá, ¿respeto o tolerancia?

    El concepto de la tolerancia se ha ampliado en el diario vivir en Bogotá. Ello ha logrado mantener servicios públicos como el Transmilenio.

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La tolerancia en un país sin educación es un concepto que conduce al sometimiento, a soportar, al desplazamiento, al silencio, a las sonrisas fingidas, en fin. Si se entiende y aplica el concepto del respeto, la tolerancia sólo sería necesaria en aquellos casos que verdaderamente lo ameritan como por ejemplo la aceptación de ideas diferentes, culturas o religiones. No debe ser doctrina en donde existe abuso, mala educación, conductas arbitrarias o caprichos.

La cultura ciudadana, la cual ha sido un mensaje de varias administraciones en Bogotá en los últimos años, hoy no debe incluir el concepto de la tolerancia. El profesor Antanas Mockus en alguna ocasión lanzó agua al doctor Horacio Serpa y ello lo justificó como una violencia simbólica que logra reemplazar a aquella que causa muertes. 

No obstante, hoy le refuto el concepto al profesor. En aquella ocasión, el doctor Serpa hizo uso de la tolerancia no obstante el hecho. El profesor Mockus con la actitud quiso dar un ejemplo de tolerancia pues pensaba, en aquella ocasión, que Bogotá necesitaba tolerancia. ¿Pero el respeto? Entramos en un dilema, qué es primero: ¿la tolerancia o el respeto? El irrespeto y la mala educación deben tener una sanción social. La tolerancia es la instancia de aceptación a la agresividad que surge de los irrespetuosos y ella tal vez se vuelve útil cuando todo está perdido porque no fue posible que existiera el respeto entre los miembros de una sociedad.

La tolerancia en estos casos puede llevar al costumbrismo y construye el camino para el todo vale. La tolerancia abre el camino a todos los incultos y caprichosos porque se apoyan en la expresión “qué falta de tolerancia”. La tolerancia abusa de la cultura y de conceptos como “dejar hacer, dejar pasar”. 

El concepto de tolerancia ha llevado a la construcción de conductas fingidas y permite el incremento de los atropellos. 

Compartir el ascensor con las mascotas de los vecinos, excrementos de mascotas en los parques, esperar que alguien se baje del carro no obstante de estar en plena vía pública con alto tránsito, tirarle el carro a otro que también va conduciendo, compartir la hora de almuerzo en medio de llamadas por celular, soportar los abusos en los restaurantes cuando el personal que presta el servicio no es amable, precios descomunales en muchos productos y ante la pregunta del por qué el precio la respuesta es “haga lo que quiera”,  atención a los usuarios en servicios como la salud y las telecomunicaciones de manera despótica y absolutista, escaso personal para atención al usuario en las cajas registradoras de los supermercados a pesar de existir filas interminables, atropellar o burlase de cierto tipo de personalidades pues no hacen parte de los irrespetuosos, bloquear un ascensor mientras se esperan otras personas, críticas o burlas porque tú usas un celular de aquellos que llaman flecha, en fin. Son estos algunos ejemplos que suceden día a día y precisamente por ello se vuelven costumbres.

El punto delicado de este tipo de conductas es que la cotidianidad permite crear barreras que blindan a todos aquellos que practican el irrespeto y ante ello se llega al extremo de existir la prohibición de llamar la atención por esos actos.

Hoy día hablar de normas de conducta social y urbanismo es considerado retrogrado. Las presiones creadas por algunos miembros de la sociedad crean constructos sociales que en cierta forma obligan que todos acojan y acepten conductas o costumbres como las descritas en el anterior párrafo. Ese tipo de personas han logrado consolidar el concepto de la tolerancia en la sociedad puesto que es aplicado sobre la gran mayoría que por su educación no logran entender la creación de un conflicto que tenga como motivo actos de mala educación o irrespeto. El origen del irrespeto es la familia.

De aquí se origina el debate con respecto a quiénes son los que están equivocados en las conductas. De aquí se origina una ola y sobre la cual se van subiendo muchos pues las presiones de grupo producidas por los que ya hacen parte del constructo buscan inculcar el concepto de las mayorías: “siendo la mayoría, ellos deben tener la razón”.

Todo esto de la tolerancia se ha ampliado en el diario vivir en Bogotá. La importancia que ha tomado en Bogotá ha llegado al punto de existir la obligación de soportar servicios públicos como el Transmilenio y desde luego convivir con la irresponsabilidad de los dueños que ofrecen el servicio; también ha logrado que se pueda soportar la irreverencia de muchos taxistas; no se quedan atrás las pleitesías que se deben rendir a las arbitrariedades de muchos de los conductores de los buses de transporte urbano; pero aceptar los conceptos amañados, las teorías jurídicas y tecnológicas del personal poco capacitado de atención al usuario de las EPS, es una obligación; peor aún, es un delito no aceptar la venta de un mismo producto con precios diferentes en las tiendas a pesar de estar ubicadas en una misma cuadra. 

Tanto ha calado el concepto del profesor Mockus hasta el punto que el constructo ha logrado conseguir utilidades económicas usando la visión de tolerancia pues un reclamo se puede entender como una conducta grosera. Si alguien es grosero, dentro de una reacción humana, no es aceptado en la sociedad. Pero sí se aceptan todos los que necesitan ciudadanos tolerantes.

*Magister en economía.
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