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Opinión

  • | 2000/10/30 00:00

    En buen romance

    Los periódicos, para que la gente no se aburra de leerlos, se esfuerzan por retorcer la realidad hasta los extremos asombrosos.

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Me cuentan que la gente está aburrida de leer mis columnas en esta revista. Parece ser que sólo escribo cosas desagradables ¿Falsas? No. Pero sí desagradables. Y no hay que decir nunca cosas desagradables, aunque sean ciertas, porque molesta. En la Antigüedad clásica se solía ejecutar al mensajero que traía malas noticias. Todavía se halla el eco de esa sana costumbre en los romances españoles del Renacimiento. Por ejemplo, en aquel que cuenta que cuando el rey moro de Granada, Boabdil el Chico, recibió cartas con la mala noticia de que su ciudad de Alhama había caído en manos de los castellanos

las cartas echó en el fuego
y al mensajero matara.


Muy comprensible, humanamente: maldito mensajero, que en vez de traer buenas noticias sólo llega con malas. Pero ¿es que las hay buenas? Lean ustedes lo que dicen los periódicos, a ver si encuentran alguna. Y eso que los periódicos colombianos, para que la gente no se aburra de leerlos (ya se aburre, ya se aburre), se esfuerzan por retorcer la realidad hasta extremos asombrosos. Viene Clinton a echarle gasolina al fuego de la guerra, y titulan: “¡Clinton bailó la pollera colorá!”. Se

reúnen los políticos para repartirse puestos, y titulan: “La presencia de los ex presidentes Turbay y Lemos garantiza la renovación del Gran Partido Liberal”. La guerrilla secuestra a 60 personas, y titulan: “La guerrilla libera a cuatro de los secuestrados”.

Podría ser peor, claro.

Y es ahí donde entro yo con mi tendencia a decir cosas desagradables, y digo: va a ser peor.

Sigue el romance contando que el rey moro, patrióticamente entristecido por la pérdida de Alhama —“¡Ay de mi

Alhama!”—, llama a toda la morisma:

Mandó tocar sus trompetas
sus añafiles de plata…


Aquí eso no podría suceder, claro: los añafiles de plata se los llevaron hace tiempos unos políticos que hoy viven en Miami. El caso es que acuden los moros y le dicen al rey:

¿Para qué nos llamas, rey?
¿A qué fue vuestra llamada?


Y él ¿qué les va a contestar? ¿Que se robaron las añafiles de plata, que la guerrilla se tomó 20 pueblos más, que Lemos y Turbay se repartieron los puestos que quedaban, que Clinton exige la cabeza de 400.000 cocaleros? No: aburriría a sus oyentes. Les plantea la cosa en clave patriótica, hablándoles de la “empresa Colombia” de la que todos somos accionistas:

Para que sepáis, amigos,
la gran pérdida de Alhama.
¡Ay de mi Alhama!


Los moros lloran todos, y alguno escribe un editorial de adhesión en el periódico diciendo que hay que rodear al rey y a las Fuerzas Armadas que perdieron Alhama —¡ay de mi Alhama!—, y otro maldice a los castellanos que la conquistaron, y otro más pide que sea ejecutado el mensajero que trajo la mala noticia. De modo que lo vuelven a ejecutar, aunque hay algún escéptico que opina que no cree que eso vaya a servir de mucho. Lapidan al escéptico, por ser un mal colombiano. Toma entonces la palabra “un viejo alfaquí / la barba vellida y cana”, y se encara con el rey:

Bien se te emplea, mal rey,
mal rey, bien se te empleara…


Y a continuación enumera las fechorías cometidas por el rey y sus secuaces —lo de los añafiles, lo de los puestos, lo de Clinton—, a causa de las cuales las cosas están tan mal como están y los enemigos se hallan a punto de tomar y destruir la ciudad. Y concluye:

Por eso mereces, rey,
una pena muy doblada:
que te pierdas tú, y el reino.
¡Y que se acabe Granada!


El romance termina ahí, sin contar qué le pasó al impertinente alfaquí que decía cosas tan desagradables, tan molestas, tan aburridas no sólo para el rey mismo sino para la morisma en su conjunto. Lo más probable es que lo lapidaran a él también, como al escéptico, o como al mensajero que dio la mala noticia, por ser un mal colombiano.

Pero lo que ocurrió después, efectivamente, es que se perdió el reino, y se acabó Granada.

El rey no se perdió porque escapó en el último helicóptero de la embajada norteamericana, pero cuentan que lloraba al ver Granada allá abajo en manos del ’Mono Jojoy’. Y su madre le decía:

—Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre.

Esto, claro, lo cuentan los vencedores. El romance de la pérdida de Alhama, sin ir más lejos, no fue compuesto en árabe, sino en castellano.
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