Martes, 24 de enero de 2017

| 1987/09/07 00:00

EN CARNE PROPIA

EN CARNE PROPIA

Hay dos formas de hacer una visita social. Una es la clásica: "Qué hay, cómo estás, cómo te va". "Bueno, un tinto, gracias". Y "adiós, está divino el niño".
La otra es más movidita. No acaban de ofrecerle a uno el tinto, cuando cuatro hombres armados de ametralladoras irrumpen en el "salón de fumar", identificándose como agentes del DAS, para, segundos más tarde, exigirles a los presentes que se tiendan en el piso.
Uno, que está acostumbrado a oír que cosas semejantes han ocurrido en esferas tan lejanas como la casa de la hermana del sobrino de fulanita o en la de los primos del cuñado de zutanito, tarda en comprender que se trata de un asalto. E incluso alcanza a pensar, con una brizna de esperanza, que quizás se trate de los hermanos de la dueña de casa, que están jugando una mala pasada. Pero no. Es un auténtico encuentro cercano del tercer tipo con una pandilla de atracadores. Y todo por haber tomado la peligrosa decisión de visitar a una amiga que tuvo bebé.
Los primeros minutos transcurren entre las palabras soeces de los asaltantes, el llanto de los niños y la absoluta impotencia de los mayores. Es, quizás, el momento en el que se siente más miedo. El hecho de que uno de los pandilleros (a quien para efectos de esta historia llamaremos ,"El Pálido") tenga el rostro descubierto y la sangre fría para apuntar a la cabeza de una niña de tres años y exigirle que se calle, hace que uno se llene de malas ideas la cabeza: ¿Acaso en las películas no matan a una persona por haberle visto la cara al criminal?
La que más grita es la señora de la casa, lo que hace pensar que esta obnubilada por el nerviosismo. Pero es todo lo contrario. Con una valentia digna de película de vaqueros, lo que esta haciendo con sus gritos es disimular el ruido del teléfono inalambrico, con el que acostada boca abajo intenta marcar el teléfono de la Policía. Y quizás el rumbo de esta historia habría cambiado si le hubieran contestado en el 12, pero varios intentos resultaron fallidos.
Puede ser consecuencia del sindrome de Estocolmo, en virtud del cual se termina encariñado con los victimarios. Pero a uno se le mete en la cabeza que hay un asaltante que parece menos malo que los otros, y a ese le solicita que deje llevar a todos los niños a un baño, para sacarlos de la mira de la ametralladora de "El Pálido".
El atraco continúa su curso. El señor de la casa asegura que no tiene una caja fuerte, y garantiza con su vida la veracidad de su afirmación. Los asaltantes desocupan violentamente los closets, asegurando que sólo vienen en busca de "objetos materiales", que son "muy fáciles de reponer". Y no pierden el tiempo en las "chucherías". Buscan Joyas, objetos de plata, electrodomésticos, cuadros y tapetes. Tienen tiempo para subir al guardarropa de la señora y sacar sus chaquetas de gamuza, y al del señor de la casa para escoger las corbatas de seda y desechar las demás. Hacia el final del asalto nos encierran a todos en el baño, incluyendo a las empleadas, que estaban encerradas en la despensa. Este apretuje parece incomodar un poco a mi pequeño hijo, quien con una fascinación masoquista nos increpa: "¡Quítense, que no me dejan ver a los malos!".
Y ya para terminar, y con la escasa cortesía verbal que lo ha caracterizado durante el asalto, "El Pálido" pide las llaves del carro de la casa, advirtiendo que si no se da aviso a la Policía, lo devolverán en pocos días. En el camino hacia la puerta toma una botella de whisky que hay sobre una mesita, y con la otra mano el triciclo de la niña.
Tan pronto se escucha el ruido del motor de los vehículos, los dueños de casa salen del baño y corren velozmente hacia el teléfono. Pero nadie recuerda las placas del carro familiar, ni el teléfono de la caseta de la portería del barrio, ni en qué fecha descubrió Colón a América. Todo, por desgracia, está consumado.
Pasado el drama, uno se despide de los dueños de casa, y les da las gracias por "todo". Pero no se puede menos que añorar la imagen del viejo y querido apartamentero que, hace 20 años, desarmado y en complicidad amorosa con la empleada del servicio, se robaba una honesta licuadora, y si corría con suerte, también la televisión. El asaltante de hoy es de "ingram", corazón de sicario y tan exigente como un lord inglés.
Pero en fin. Es que también las épocas han cambiado. Hace 20 años se hacian visitas de maternidad para saludar una nueva vida. En las que se hacen hoy uno es muy de buenas si sale con vida.

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