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Opinión

  • | 2017/04/12 09:31

    La mala educación

    Es un alivio que lo digan: ¡hay que estudiar! Siempre es bueno leer, escribir, preguntar, oír, experimentar, comparar, aprender, observar y cuestionar. Pensar.

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Tal vez por eso –por la ausencia de estudio o reflexión- es que se ha vuelto tan desgastante y poco gracioso que personas que han ido al colegio, a la universidad, que tienen conocimientos y han visto otros mundos se aferren a la estupidez de multiplicar memes o consignas cargadas de ignorancia.

Sin pedirlo, porque no ando en la movida de repartir chistes o insultos a favor o en contra del gobierno o de los políticos, hace pocos días, justo después de la tragedia de Mocoa, me aterrizó uno en el celular y francamente me superó. El meme decía que el presidente Santos había gastado millones en Cuba para mantener a las Farc y ahora pedía “limosna” para Mocoa.

Efectismo y mala leche parecen ser las dos nuevas materias del pensum nacional. Aprovechar políticamente el desastre de Mocoa para lanzar a esa gallera de las redes sociales un cuestionamiento que nada tiene que ver con la avalancha es francamente un irrespeto, pero no con Santos sino con las víctimas de la tragedia.

Similar al irrespeto de no oír a las víctimas en su día y a cambio pedir más foro y vitrina de la que ya reciben los congresistas, a quienes los medios les dan sobrado espacio no solo de réplica, sino de arenga y señalamiento para descalificar al otro. Embelesados y sin aprender la lección, los micrófonos y las cámaras transmiten con afán ese ese eco hueco.

La paradoja es que los dos temas –los costos de la mesa de negociación con las Farc y el llamado a estudiar- se tocan de una forma mucho más profunda de lo que los detractores del proceso de paz y los botafuegos del congreso alcanzan a pensar o están dispuestos a aceptar. Sin mayor sustento, los repentistas de las redes o del Elíptico sacan cifras sobre el precio de la paz, cascaritas amañadas para que caigan los incautos o los perezosos que prefieren la copialina, repetir como loras.

La discusión sobre el impacto del Acuerdo en la educación y el costo-beneficio a mediano y largo plazo para el país puede ser a la vez un campo de infinita especulación o el más importante para profundizar. Afortunadamente, entre tanta bazofia en las redes también aparece información y gente seria que contribuye a la formación básica de todos nosotros.

El más reciente Monitor del Cerac aporta elementos para la ecuación: por cuenta de las negociaciones en La Habana, al 1 de abril pasado llevábamos 1.497 días sin tomas de poblaciones por parte de las Farc (hoy ya pasamos los 1500 días), eso es cuatro años y tres meses calendario. Pensando es niños que van a estudiar en las veredas y municipios donde tenían mayor impacto las Farc, eso equivale a 5,7 años escolares (tomando como referencia 40 semanas efectivas de estudio). En resumidas: en estos poco más de 4 años calendario, los niños pudieron estudiar sin que les fuera violentado este derecho por cuenta de esta guerrilla; un menor que empezó primaria o decidió seguir a la básica secundaria en 2013, hoy bien puede tener esas etapas escolares terminadas.

A ese mejor entorno para estudiar, de acuerdo con Cerac, se suman 846 días sin retenes ilegales (poco más de dos años), un año y ocho meses sin emboscadas, y cinco meses sin combates de las Farc con la fuerza pública. Resulta fácil imaginar que los maestros pudieron llegar a sus clases y que ese clima menos agresivo logró la permanencia de muchos de ellos para darle continuidad al proceso educativo de cientos de niños de los 281 municipios donde tenían presencia las Farc.

Pero supongamos también que los profesores jamás volvieron, que en estos años los niños y jóvenes más vulnerables no han tocado un cuaderno, no tienen escuelas ni tableros. Están de “recreo”, tiempo en el que han podido jugar un poco más, desaprender el miedo a verse en medio de un enfrentamiento o a ser obligados a nutrir la “fabrica de los guerreros” a la que se refiere Óscar Sánchez. Tal vez han podido recuperar otros saberes locales o ancestrales, que también hacen parte de su formación y que son desdeñados por miles de colombianos que solo creen en el cartón.

Aquí no cabe el dilema del huevo o la gallina: ¿primero la educación o la paz? Lo que ya se sabe de experiencias similares a la del conflicto colombiano es que la educación es intrínseca a la sostenibilidad de la paz. Y además, que ir a estudiar es una de las vías para recuperar el sentido de pertenencia, un espacio para la libre expresión, para aprender nuevas maneras de relacionarse y para proteger al menor.

Claro que hay que estudiar, pero no como antídoto contra la vagancia, sino contra la manipulación; para conocer, debatir y comprender las causas de esta guerra. Se trata de pasar el curso, no de repetirlo. Debemos volver sobre ciertas materias: respetar la diferencia, cuidar el entorno, defender los derechos de todos. Para avanzar en grupo, no en manada.

Hay hechos tan obvios que no los percibimos o nos negamos a verlos. Por ejemplo, que gracias a estos Acuerdos, a los millones de dólares y al tiempo invertido en La Habana, muchos niños del país han podido ir a estudiar y las ayudas a Mocoa llegaron sin los contratiempos de la guerra; los guerrilleros de las Farc, como miles de colombianos más, hicieron su aporte y ofrecieron la mano.

Pero, además, el desastre nos dio una buena lección: los colombianos sí sabemos de solidaridad. Mocoa logró romper el hechizo de la polarización y por unos días nos permitió el reencuentro. Y un aprendizaje adicional: hizo evidente que estudiar y tener títulos no salva de la ignorancia, la mezquindad y la pésima educación a muchos congresistas y politiqueros.

@Polymarti

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