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Opinión

  • | 2017/03/20 14:11

    Cinismo

    ¿Quién le cree a un político que habla de corrupción en plena campaña electoral? Y ahí está el resultado: el tema pasó a ser búmeran. El triunfo de la corrupción es el triunfo del cinismo

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Comenzó el campeonato de pimpón. La pelota caerá cuando le toqué jugar al más débil del equipo. Por ahora, Santos se lava las manos al mejor estilo samperpizano con otra de esas frases que pasará a la historia por su cinismo. Con el “Me acabo de enterar”, la responsabilidad del ingreso de los dineros de Odebrech a la campaña presidencial pegó en la raqueta de Roberto Prieto, quien rápidamente entendió que aquello no era más que una granada de mano que había perdido el cerrojo. Antes de que explotara, la lanzó a Orlando Sardi, Consuelo Caldas y Juan Claudio Morales, los tres que desayunaron en Casa Medina con Luiz Bueno, entonces presidente de Odebrecht en Colombia. ¿Quién será el Santiago Medina de Santos? Por ahora Prieto se percibe como su Fernando Botero.

Uribe, en tanto, se sacó esta semana otra carta al proponer como candidata a María del Rosario Guerra luego de haberle dado la espalda a Zuluaga (un amigo cercano afirma que en Colombia no hay cortinas de humo sino una cipote humareda en la que todos buscan ocultar lo suyo). ¿En quién creer? Más allá del proceso de paz, que hay que seguir salvándolo a toda costa, lo cierto es que Uribe, Santos, Ordoñez y los demás rostros de la política actual representan exactamente lo mismo: náuseas y una profunda desazón. 

¿Qué es esta mierda de país? La culpa no es solo de ellos. Lo primero es dejar de ser hipócrita y de rasgarse las vestiduras con cada nuevo escándalo cuando la corrupta es Colombia. Luego hay que reconocer que a los políticos se les tiene como una especie de dioses, no por su buen ejemplo moral y ético sino porque son dadores de puestos y contratos. Decir algo en contra de ellos es perder la oportunidad el denunciante de robar él mismo. La corrupción carece de sanción social porque está demasiado generalizada la idea de que solo robándole al Estado se puede hacer plata y de que a quien roba no le pasa nada, pues así vaya a la cárcel sigue viviendo con lujos y comodidades. “Como todos son lo mismo, hay que seguir en las mismas”, se justifican con tal de hacerse a un contrato.

La mejor manera de destruir a un enemigo político es adueñándose de su argumento y repitiéndolo hasta el cansancio hasta banalizarlo, tal cual está sucediendo: el debate sobre la corrupción en Colombia, el cáncer más maligno y enquistado que padece el país, se está banalizando al punto de que muy pronto la palabra se convertirá en sinónimo de tantas otras que dicen absolutamente nada. Y todo esto por haberla traído al debate electoral. O mejor, por no haber sabido debatirla desde el principio. Les quedó grande el tema a quienes inicialmente pretendieron apropiarse de ella, anunciándose a sí mismos como faros de moral.

¿Quién le cree a un político que habla de corrupción en plena campaña electoral? Y ahí está el resultado: el tema pasó a ser búmeran. El triunfo de la corrupción es el triunfo del cinismo. En Colombia hemos redefinido la palabra corrupción. Aquí corruptos son todos esos actos que transgreden los códigos cometidos por aquellos a quienes no invitaron a participar de la tajada. En otras palabras, para cualquier político, sea del partido que fuere, “Si me hubieran invitado, ya no sería corrupción”.

 

 

@sanchezbaute

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