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Opinión

  • | 2017/03/27 09:11

    El pollo farsante

    De la corrupción chupan muchos, no se trata solamente de acuerdos entre élites sino de verdaderos flujos de circulación de dinero que atraviesan todos los estamentos de la burocracia y la sociedad.

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Basta medio arañar en el tierrero de la política electoral y la administración pública, para ver cómo se acomoda el interés por mantener sepultada bajo tierra a la corrupción: a la señal de un ministro se mueve el secretario que sabe qué hacer con el jefe de contratación, que señala lo que toca esconder en el área jurídica, para hacer invisible la movida a los ojos de los contables, auditores, supervisores y asustadurías: Contraloría, Procuraduría y Fiscalía General de la Nación.

Para una casta, si se le puede llamar así, de contratistas que prestan sus servicios al Estado, lo que tendría que ser un honor es en realidad una gran oportunidad de enriquecimiento ilícito, mayor en ganancias cuanto más grande sea el porcentaje total del contrato que va directo a su bolsillo.

Ganarse los contratos no es tan barato, se deben quejar los odebrechts, nules y especies de esa misma calaña, brillantes empresarios que critican la ineptitud del Estado mientras maman de su teta: firmas de ingenieros, sindicatos de maestros, administradores de recursos de la salud, publicistas, centrales de medios y un gigantesco etcétera de profesionales que en el mejor de los casos hacen a medias lo que se comprometen a hacer, y en el peor se embolsillan desde el anticipo todo el billete y no realizan nada de lo contratado. Cuando el Estado les revoca el contrato por incumplimiento, ellos saben cómo poner las cosas en su lugar: en los bufetes de abogados, sanguijuelas de las sanguijuelas, que argumentando violación a los derechos de su cliente demandan por sumas multimillonarias al Estado. Y ganan.

Lo mínimo en un hecho de corrupción es que la empresa contratista al menos se halle en el área profesional contratada, tenga por lo menos en papel una razón para haber sido escogida para recibir esos recursos del Estado. Pero la realidad desborda cualquier cálculo. Por ejemplo, el Contralor General Edgardo Maya denunció que en el departamento del Cauca los recursos provenientes de regalías que tenían como destino las Tecnologías de la Información y Comunicaciones (TIC), fueron a parar a un asadero de pollos y un spa.

Por más que lo pienso, no alcanzo a entender los argumentos que pueden haber justificado ante el ente administrador de estos recursos (¿Gobernación? ¿Universidad del Cauca?) que una venta de pollo asado podía y debía ser adjudicataria de recursos TIC. ¿Innovación en el método del asado? ¿domicilios eficientes y a un click?¿pollos robóticos?

De la corrupción chupan muchos, no se trata solamente de acuerdos entre élites sino de verdaderos flujos de circulación de dinero que atraviesan todos los estamentos de la burocracia y la sociedad. Del pollo farsante de Popayán a Odebrecht en Latinoamérica no hay más diferencia que su dimensión y alcance, porque hacen parte del mismo continuo circular de los recursos públicos entre quienes gozan del acceso privilegiado al robo en el gobierno nacional, departamental o municipal de turno, para disfrute del empresario avivato del momento, a cambio del pago de una coima.

Romper estas dinámicas es resorte de la justicia, que para el caso cojea y nunca llega pues, cuando algo hace, se limita a intentar reducir la corrupción a sus justas proporciones, como nos enseñó el preclaro ex presidente Turbay Ayala. Reformar las leyes, ponerle dientes al Estado para que erradique la corrupción que lleva dentro, es inútil; el Congreso ha engavetado cada proyecto de ley anticorrupción que se ha radicado. Pero hablar en contra de la corrupción da réditos, que lo digan si no los corruptos, sancionados, investigados y sindicados de corrupción que, para convocar a la marcha del 1º de abril, dicen que es para manifestarse en contra de la corrupción, de su propia esencia corrupta. Cosas que hay que ver.

Mientras, en el otro extremo, Claudia López puso a rodar una consulta popular anticorrupción, iniciativa que ya completó su primer millón de firmas y aspira a recoger 5 millones hasta julio de este año, para obligar por esta vía al Congreso, a que adopte medidas contundentes para erradicar las rutas de la corrupción. Así que hoy, además de quejarnos, tenemos a la mano dos opciones: hacer como el pollo farsante, de idiotas útiles en una marcha de corruptos; o utilizar una herramienta de poder ciudadano que nos convierte en protagonistas de esta lucha dispareja contra el monstruo traga recursos. Para saber cómo recolectar y entregar formularios y firmas, consulte aquí

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