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Opinión

  • | 1988/10/31 00:00

    EN DEFENSA DE LA NOSTALGIA

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Parece que por estas tierras se está poniendo de moda el repudio a la nostalgia, burlarse de ella, compararla con lo ridículo, e, incluso, llegar al extremo de considerarla vergonzosa. El primero en hendirle el pecho a la nostalgia con esta piedra de honda --como exclamaba Zalamea el Grande--fue el ex presidente Alfonso López Michelsen, en su prólogo al excelente libro de Consuelo Araújo, que acaba de salir, sobre la vida y la obra de Escalona.

Y, como el doctor López disfruta merecida fama de ser un pensador original, y dicen que tiene la extraña virtud de poner a meditar a la gente, en un país amaestrado intelectualmente, de inmediato le han salido lugartenientes, romeros y seguidores en esta oleada de nostalgiofobia que él desató. Algunos de ellos ya empezaron a disparar el fuego graneado de su artillería en las páginas literarias de los suplementos dominicales.

Curioso fenómeno, vea usted: los lopólogos adoran a su ídolo porque es él quien expresa las ideas originales que ellos repiten.
Retruécano filosófico, sin duda, porque es el caso de un hombre talentoso, cuya originalidad se niega a si misma a través de sus imitadores y de sus altavoces. La vieja historia, para qué repetirlo, del alacrán que se muerde su propia cola. Un amigo mio, que era lopista, experto consumado en el arte de interpretar a este Diderot nuestro, sostiene que ya él pasó de lopólogo a lopólatra, que es la categoria más alta, el último estadio, la condición ideal de quienes son capaces de saber si el doctor López amaneció de buen humor con sólo mirarle el nudo de la corbata. La masonería del grado 33, en pocas palabras.

Tengo el presentimiento de que el hombre dijo lo que dijo sobre la nostalgia con el ánimo de alborotar el avispero, lo cual suele provocarle, en política o en literatura, un placer lúdico. Es obvio que todo sentimiento humano tiene valor literario, y él lo sabe.
El resto depende, ni más faltaba, del talento. La escatología necesita el toque genial de Villón. El lumpen es otra cosa si Víctor Hugolo convierte en arte.

Las letras no podrán renunciar jamás, mientras quede una gota de agua en el océano, al marinero de Conrad que reconstruye sus viejos recuerdos entre el ron mezclado con pólvora, en la taberna del puerto.

Y, para seguir con los ejemplos que huelen a salitre, ¿dónde ponemos al viejo pescador de Hemingway, rumiando su nostalgia, mientras atesa el currican del aparejo?
Negar el valor literario de la nostalgia es negar a Proust, nada menos, señor presidente López.
Y, alargándole el pescuezo al argumento, es negarse a usted mismo, si me lo permite. El mejor texto que ha escrito un hombre impredecible como usted es su crónica, formidable y conmovedora acerada y al mismo tiempo tierna, sobre los recuerdos que usted tiene de las últimas horas de su padre, entre la niebla de Londres, lejos de su tierra. Aparece publicada en su libro "Esbozos y atisbos".
Lo que pasa, si hay que decirlo con franqueza, es que la lopolatría colombiana, que ama al doctor López aunque no vote por él, está haciendo circular la historia de que el hombre, además de todo, de inteligente y perspicaz, de constitucionalista y culto, de avezado en materias económicas y políticas, es también buen escritor. Discrepo. Distingo, como dicen los jesuitas, porque me parece que eso es discutible.

Guardadas todas las proporciones del caso, y hechas las salvedades que son menester, pienso ahora en Ortega y Gasset. Don Miguel de Unamuno, que tenía el mismo sentido escéptico de la vida que distingue al doctor López, comentó alguna vez que Ortega era un buen pensador pero un escritor regular. Lo que pasa con López es que en él, sin duda, ha pesado mas el abogado que el literato. No es gratuito ahora que anda de companero jefe de las nuevas huestes de nostalgiófobos, recordar que él mismo ha dicho varias veces que lo seduce el Derecho, precisamente, por su carácter práctico y positivo. Lo contrario de la poesía, en fin. La imaginación no es cartesiana.

Me asalta, finalmente, el temor de que el doctor López se nos convierta en el primer autor de prólogos de Colombia, porque ese es un arte menor, indigno de su talento, ya que consiste en sa lir del paso con quienes le piden el favor. Todo el que decide publicar una obra por estos lares, buena o mala, sobre astronomía o petróleo, le hace el envión olímpico al ex presidente para que escriba la introducción.

Me preocupa, digo, que eso siga sucediendo, porque entonces sus admiradores lopólogos van a tener que convertirse, también, en prolólogos. Y se verán forzados a pasar de lopólatras a prologólatras. Son muchos compromisos juntos para un pobre ser humano. --
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