Martes, 17 de enero de 2017

| 1984/11/26 00:00

EN DEFENSA DEL 90-60-90

EN DEFENSA DEL 90-60-90

El colombiano no ha logrado mostrarse indiferente ante el reinado nacional de la belleza.
Cincuenta años de historia lo demuestran. Hay quienes lo viven apasionadamente cada año, o quienes simplemente lo desprecian por frívolo. Pero existe un tercer grupo. El de los que lo transcendalizan de una manera abominable, llegando a diseñar tésis tan pesadas como aquélla que insiste en la semajanza de un reinado de belleza con una feria de ganado.
Pero si sólo fueran estos tres tipos de reacciones los que despertara periódicamente el evento de Cartagena vaya y pase. El asunto se complica, y se forna un poco ridículo, cuando hasta los funcionarios públicos --léase gobernadores--, empiezan a comportarse como si en Colombia rigiera una monarquía y no un régimen republicano, trenzándose con las reinas en agrias discusiones que admirablemente logran la hazaña de que la política y lo reinados caminen de gancho por la zona del hazme reir nacional.
De los tres grupos anteriormente citados, quizá son más los que disfrutan el concurso de Cartagena que aquéllos a los que el evento les alborota el sentido del ridículo o el de la trascendentalidad. El problema de estos últimos es la absurda creencia de que la frivolidad es solamente para los frívolos, cuando la verdad es que quienes más gozan de la frivolidad son aquéllos que se pasan la mayor parte de su tiempo siendo inteligentes.
La belleza es, por encima de todas las cosas, el más hermoso de los temas frivolos. Y quienes cada año se dejan arrastrar con entusiasmo por docenas de pares de esculturales piernas femeninas estarán de acuerdo conmigo en que la convención 90-60-90 es a la frivolidad lo que la fórmula E = mc2 a la ley de la relatividad de Einstein
Uno está en libertad, desde luego de aburrirse con los detalles del reinado de belleza de Cartagena. Lo que no puede hacer es culparlo de la miseria del mundo, de la opresión de la mujer o del triunfo de Ronald Reagan. No obstante, existen quienes lo practican como hobby cuando se cansan de acusar al pato Donald de imperialista. Pero ni el dichoso pato dejará de meterse en ellos ni las mujeres dejarán de nacer bonitas, y mientras ninguna de estas dos cosas suceda la frivolidad, por fortuna, podrá seguir contando con los comics y con los reinados de belleza.
Lo único más ridículo que un intelectual despotricando contra el concurso de Cartagena es un gobernador "agarrado" con una reina de belleza.
En Meta y Boyacá los respectivos jefes seccionales desautorizaron la semana pasada por prensa, radio y televisión, la participación de dos candidatas que supuestamente no les consultaron su nombramiento, y a quienes de paso negaron cualquier apoyo económico para ir a Cartagena.
El problema es que el reinado de belleza no se ha "destetado" todavla del Estado colombiano. Y si, como lo dije anteriormente, uno debe defender el concurso por lo que éste es, un espectáculo y un negocio, también es cierto que debe atacarlo por lo que también es y no debe ser. O sea, un evento en el que el Estado ande vetando candidatas o invirtiéndoles partidas presupuestales.
Si un ciclista puede montarse en su bicicleta llevando dibujada una pila en la camiseta, no hay razón para que una candidata a reina no pueda subirse a la pasarela patrocinada por una conocida marca de cosméticos, de ropa o de jabones. Ese es el capitalismo. Y del bueno.
Por el contrario, que los gobernadores ejerzan como función la de darles el visto bueno a las candidatas y la de destinar de sus exiguos presupuestos departamentales dinero para sufragarles disfraces de avestruz de 500 mil pesos, eso es provincialismo. Y del clásico.
De manera que el reinado de belleza de Cartagena debe salir cuanto antes de la órbita del Estado, fuera de la cual sus críticos no encontrarán argumentos distintos para atacarlo que los provenientes de su propia intransigencia espiritual.
Pero inclusive si nos obligan a ponernos trascendentales, los reinados de belleza podrían utilizarse como una herramienta de análisis político, casi tan efectiva como lo es el materialismo histórico para el marxismo. Y la razón consiste en que la política colombiana está llena de patrocinadores, de comitivas, de disfraces de maquillaje, y de candidatos que más que a Presidentes, querrían mejor llegar a reyes.
Los candidatos a Presidentes, como las candidatas a reinas, empiezan por aprender a caminar, a vestirse y a desfilar. Tanto aquéllas como éstos escogen un "slogan" de batalla, que en el caso de las primeras casi siempre es el de "trabajar por la niñez desamparada", y en el de los segundos "defender las instituciones y fortalecer la democracia". A ellas y a ellos les enseñan a disimular sus puntos débiles que, por lo general, en el caso de las candiaatas, se solucionan no mostrando algunas zonas, y en el de los candidatos no tocando algunos temas. Pero mientras aún no se ha producido el caso de una candidata que desfile por la pasarela completamente tapada, si se ha dado el de un candidato que desfila por las plazas públicas completamente callado. Pero es que tampoco podía esperarse que entre la política y los reinados no existiera, caramba, alguna diferencia.
Sin embargo, ni observando los reinados de belleza ciesde un punto de vista trascendental, resulta posible negar que el principal atractivo que ellos ofrecen es precisamente el de su intrascendentalidad. Así es que a las candidatas a reinas no les pidamos nada distinto a la belleza. Y dejemos más bien que sea la vida, más adelante, la que les exija inteligencia. -

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